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Mar, Abr

Y no es coña | Carlos Gil

En mi larga experiencia como informador y crítico en las Artes Escénicas, he vivido con estupefacción la obsesión estructural y de promoción de los estrenos. También en mi relación con la producción y la dirección he vivido en mis carnes y, sobre todo, en mis neuronas, la mitología de los estrenos. Si ustedes se fijan en la publicidad subcutánea, se indica en los carteles, las notas de prensa y en otros instrumentos de incomunicación varias categorías. Voy a ver si soy capaz de señalarlas: estreno mundial; estreno absoluto; estreno; estreno en Europa; estreno en España; estreno en Euskadi (coloquen aquí la autonomía que quieran); estreno en Loja (lo mismo que antes). Hay más, porque pueden existir estrenos en español, en euskera, catalán o gallego. Y cosas algo más metafísicas como preestreno y reestreno.

 

Seguro hay variantes mucho más sutiles que ahora no me vienen a las yemas de los dedos. Pero si a esto se añade la coproducción con, supongamos, varios teatros o festivales, entonces se produce una sorda lucha previa, donde entran en juego la cantidad de dinero aportado, la paternidad identitaria, la oportunidad, las fechas y pongamos que hasta la razón. Porque se pongan como se pongan los posmodernos y los neoliberales de la programación, en las artes escénicas, solamente hay, de verdad, de verdad, un estreno. Lo demás son estrategias de producción, de venta y promoción. Y comprendo de una manera total y absoluta lo que en algunas ocasiones se puede realizar: tener la obra unos días o semanas, haciendo funciones, con público, pero para ir ajustando. En estos casos deberíamos matizar tanto, que prefiero dejarlo al libre albedrío de cada uno de ustedes. Para mí, una vez se hace una representación con público de pago, sin interrupciones, es un estreno. Lo demás es otra cosa. El estreno oficial, no es otra cosa que una propuesta de promoción.

Cuando acudo a ferias y veo estrenos absolutos, tiemblo. Yo mismo he cometido ese gran error, el de estrenar en una feria, cosa que en un principio es algo bueno para los contratantes y para la producción, pero que es jugar al póker ciego. Lo más normal es que se produzca un desastre. O un desencuentro por desajustes. Un riesgo asumido, por la necesidad, en demasiadas ocasiones. Y todos los profesionales sabemos entender que estamos viendo algo en construcción, que mejorará, que se ajustará, que tomará el ritmo adecuado con unas cuantas funciones. Lo que sucede habitualmente es que para muchos esta posibilidad, este beneficio de la duda, no se conoce, ni se utiliza porque deben programar cosas ya testadas, avaladas y que no les creen vicisitudes teóricas ni técnicas.

Por eso titulo esta entrega con lo de "una recomendación absurda", y es que a los estrenos no se invite a los críticos, ni a los programadores, ni siquiera a los familiares y amigos. Solamente que lo vean aficionados, públicos desprejuiciados, que hayan pagado su entrada, que no produzcan en la sala esos ambientes negativos por crear unas energías absorbentes, que agotan y reproducen la envidia, la decepción y en ocasiones la estupefacción. Por eso mi recomendación es cuidar los estrenos, protegerlos, trabajar a favor de la obra y dejarse de esas mentiras absolutas que son los actos con políticos, figurones, supuestos amigos y jauría de cuervos y alimañas desinformadas.

Mi actitud es no ir a los estrenos de cartelera, si es que puedo eludirlos. No me gustan. Sufro. Me vuelvo más irascible, menos comunicativo de lo habitual. Me cansan los saludos forzados, las frases hechas, el que cada actriz invitada quiera ser la protagonista, que cada director se ponga circunspecto y diga tres imbecilidades, que los críticos se conviertan en agentes de propaganda y venta o en destructores paleolíticos. Intento ir a la segunda o tercera función, con públicos normales, donde la energía es saludable, donde las risas, los aplausos o los silencios son fiables. En estos días amo el teatro por encima de todas las cosas. Aunque me decepcione o no llegue el trabajo a cumplir mis expectativas. Lo siento algo vivo. Pero en los estrenos me revuelvo en mis incapacidades, en mis actitudes idiotas, como es sufrir por un fallo menor, un traspiés, una luz mal apagada. No, mejor ir a disfrutar y a utilizar las neuronas para lo visto sin condicionamientos externos.

A veces, acudo a estrenos. Claro que sí. En mi historia personal hay una larga historia de estrenos de La Zaranda. París, Bayona, Toulouse, entre otras localidades. Y siempre con Rosana Torres, compartiendo experiencia, cena, ilusión. Pues se repitió el pasado viernes en Zaragoza. Y fue un estreno, estreno, es decir, la primera función frente a espectadores en el teatro. Y disfruté. Y sufrí. Y me contradecía. Y me mordía los pensamientos, me subía por las emociones. Sí vimos “El desguace de las musas”, y hay un aparente giro estético, pero con la misma profundidad, con la mirada sobre los seres humanos que, desde el patetismo, desborda humanismo.

Hablando con algunos de los miembros de La Zaranda al día siguiente, se sentían muy satisfechos, ya no tanto por el espectáculo en sí, que eso es lo normal, sabiendo que hay que ir ajustándolo, sino por estar acompañados por amigos llegados de diferentes lugares. Y eso sí que es bueno, porque no es un foco de lucha de vanidades, sino de ver quién es más amigo, quién conoce mejor a los artistas, cosa que forma parte de otra mitología, pero que no produce un cortocircuito en la sala, sino que amplifica lo tratado en el escenario de manera positiva.

Sí, propongo suprimir los estrenos públicos, hacerlos secretos, no un acontecimiento, sino una necesidad ineludible, rutinario, objetivo. Solamente hay un estreno, que es el día del Estreno. Lo demás es mercadotecnia, folklore y mamarrachadas.