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Lun, Sep

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Huele a verano, huele a versos sueltos, a propuestas que nos encaminen por pueblos y ciudades a estrujar la alegría de vivir, las paradojas de la vida. Calles, plazas, espacios públicos convertidos en platós de televisión, perdón, en escenarios para repetir las tendencias escénicas más sencillas y simples, pero en su versión simplona. Estamos en un fase en la que el discurso se coloca siempre en la parte mercantil o personal olvidándose de su función social, colectiva, artística. Es una sensación pre-veraniega fruto de un desbloqueo de mis prejuicios. Los dejo sueltos porque me estaban provocando una inflamación.

Así, liberado de algunos de mis preventivos diques blandos prefabricados con un compuesto de buen rollismo, compasión y condescendencia, digo otra vez que el panorama visto desde la torre de marfil en la que habitamos los que no estamos en las listas de bodas ni en almoneda, es lamentable. Existen proyectos solventes, obras que funcionan, estructuras institucionales que protegen, medios de comunicación que bailan las aguas del que pone la publicidad o la puede poner, pero la verdad, dicho sin acritud, es que no hay futuro, porque los públicos ahora mismo tiene un gran debate, si ir este fin de semana al mar o a la montaña. Y perdonen la tontería lunática.

No parece que exista en nuestras carteleras, en nuestras programaciones, en nuestros festivales nada inspirador, todo es rutinario, de mercado, de oferta y demanda de perfil bajo. No hay ni ideas fuerza, ni movimiento estético, ni apuesta socio-político más allá de la coyuntura externa. Nadie lidera, nadie es el Gran Maestro, no tenemos a la Gran Autora a la que imitar, todo es un mundo mediocre fantástico, desmotivado y desmotivador. Porque los jóvenes vienen con lo digital en el código genético y hasta hoy el teatro es analógico y no puede dejar de serlo sin convertirse en otra cosa.

Y lo más desolador es que en la campaña electoral que estamos sufriendo todo lo que se intuye en estos rubros es patético. No tienen ni idea, se asesoran de los más oportunistas, de los que están buscando un puestecito para seguir medrando, nadie ha escrito una línea que diga con claridad que van a hacer con los edificios teatrales, sus casas de cultura de manera específica, sin generalidades, no con un eslogan barato de supermercado. Es decir, no se ve nada nuevo en el futuro inmediato. Como mucho cmabiarán a alguien de un puesto de responsabilidad y si tenemos suerte tendrá una mejor sensibilidad, no hay que esperar mucho más. Que sea un colega y nos reciba y nos dé una palmadita en la espalda, porque sus intereses son otros y porque su visión del teatro, de la cutura, es algo secreto, que consiste en ver cómo se llenan plateas de consumidores y se despueblan de ciudadanos y aficionados críticos.

Así que nos quedamos solos, somos muy pocos los que estamos en otra idea, en otro tiempo, en otra visión. Nos reconocemos, podemos acabar siendo la secta de los amargos, de los que pinchan los globos o apagan el tocadiscos en los guateques, pero alguien tendrá que decir que el rey va desnudo, que el teatro en el Estado español está, globalmente, mal, tirando a muy mal, con un pulso al borde del colapso.

–Quita el párrafo anterior, ¿por qué te empeñas en generarte más enemistades, no ves que todos están tan contentos en esta situación?

–No te escucho conciencia líquida y menestral, hoy me dejaré llevar por el espíritu de la transición de la estulticia a la fase material moldeable.

–¿Qué has dicho?

–Que me acuerdo de mi abuelo que me decía, "Carlitos, no hay más remedio que labrar con estos bueyes"

Lo tengo decidido: iré a un lugar de monte junto al mar.

Voy a intentar colocarme en una burbuja que me proteja del ruido electoral. En Lleida, convertida de nuevo como hace ya tres décadas en una huerta poblada por mágicos personajes que crecen de la tierra, vienen del aire y se sustentan en la imaginación de miles de niños y niñas acompañados por sus tutores incitadores, la calle estaba repleta de personal, los que iban y venían de los espacios donde se programaba la Fira de Titelles y los que ocupaban su ciudad como otro sábado cualquiera para ir de compras, y en esa fusión de cuerpos moviéndose por las calles uno encuentra los motivos de divagación sobre la real importancia de nuestras artes mayores o menores, y de quienes lo pueden hacer.

Y estoy notando algo que seguramente es fruto de un complejo de fin de partida. Es decir, cuando uno nota que por delante tiene unos años de vida en los que los planes se deben tasar con mucha precisión, cree que poco de lo hecho se sostiene, que el pasado o lo magnificamos o los fundimos en un presente que parece no venir de ningún lugar. No estoy hablando de la vejez, de la decrepitud, sino de algo peor, del adanismo cultural, teatral, que tiene que ver con una tradición no valorada como es la transmisión de la experiencia, de la maestría, el aprendizaje. A día de hoy, la juventud parece ser un valor totalitario. Matizamos.

Y hay que apoyar a la juventud, sin dudas, pero para que existan ferias, hoy, otros, desde muchos ámbitos, pelearon, pactaron, buscaron complicidades para empezar con la primera, en ocasiones con todo en contra y que se cometieron muchos errores, algunos los hemos señalado, creemos que se debe repensar todo, volverse a plantear nuestro sistema cultura, el entramado jurídico institucional y buscar objetivos socio-culturales más claros, progresistas, adecuados a nuestro siglo. Pero no desde cero. Porque es imposible y porque uno siente que los que parecen empezar de cero, empiezan de menos mil criterios éticos, políticos, culturales, y solamente se atienen a su circunstancias sin mirar más allá.

Vengo de estar rodeado de esperanzas de teatro de objetos, de creaciones muy sugestivas y también mucha inercia, mucha reiteración, un eterno retorno, quizás sea por el momento actual de incertidumbre, porque los públicos más menudos van muy dirigidos a los teatros, pero he notado eso, o es muy bueno, o es muy vulgar, sin muchos valores artísticos ni técnicos, ni estéticos. Quizás sea mi mirada, mi selección, pero salgo con esa rara sensación.

Y algo más, hay renovación. Hay gente nueva en las instituciones, en las compañías. Hay una especie de recambio, de renovación. No quisiera ahondar en las posibles motivaciones de esta situación. Es muy cansado a ciertas edades seguir haciendo seiscientos kilómetros para cada actuación, los viejos creadores dejan el primer plano, se dedican, en el mejor de los casos, a mantener su creación previa, no su ejecución, y en esta renovación uno siente ese dolor profundo de que se trata no de una acción prevista y planificada sino una manera de subsistir. Sucede en todos los ámbitos, en el periodismo se despiden o jubilan anticipadamente a los periodistas de mayor enjundia, con muchos quinquenios y cuando se busca el recambio, que no es siempre, se busca a alguien tierno, en formación y en reivindicación, muy maleable, que no tiene más memoria que su consulta a Google. Me temo que en las artes escénicas pueda pasar algo parecido, si no es que está pasando o ya ha pasado y se instaurada esa misma política de desgaste y descapitalización.

Y hablando del otro teatro, del que se hace en la oscuridad, en las salas, para públicos adultos, de drama, o comedia, ahí también ha llegado esa juventud, esas caras y cuerpos nuevos, pero además con una paradoja añadida, o al menos uno así la siente, en los escenarios hay mucha juventud, televisiva, guapa, de portadas de revista, pero es las plateas pintamos demasiadas canas. Hay una distancia generacional entre quienes hacen teatro y quienes lo disfrutan. Y eso también necesita atención. Y creo que de manera urgente. A no ser, que también es posible, que sea una simple alucinación de este cronista vegetativo.

En Albacete se nos convocó desde Cofae (Coordinadora de Ferias de Artes Escénicas) a varios representantes de la prensa especializada en asuntos de artes escénicas con la intención, fundamentalmente, de saber cómo mejorar, las ferias, individual y colectivamente, su comunicación. Hay una obsesión con la comunicación. Es un vocablo de moda. Sirve para demasiadas cosas a la vez. Lo gobiernos, los partidos, cuando van mal en encuestas o resultados electorales, aseguran que no han sabido comunicar sus logros. Problemas de comunicación. Y se quedan tan anchos.

Pero esto que está bien, que tiene una parte de verdad, que es importante, encierra algún truco. La información veraz, clara, objetiva, dedicada a los sectores de sociedad elegidos, es el mejor sistema de comunicación. O dicho de otro modo, donde no hay mata, no hay patata. Porque no se trata de crear artificios de comunicación, presiones comunicativas por tierra, mar y redes, sino que cuando existe un acción concreta, importante y se sabe y se puede explicar de manera sencilla, acaba siendo la mejor forma de comunicación. Y en la exhibición de las artes escénicas, en todos sus rangos, eso está reflejado en la programación elegida. Cuanto mejor y más elaborada y contextualizada, mejor se comunica por sí misma.

Porque la comunicación se mide de muy diferentes maneras. O utilizamos la misma voz para referirnos a cuestiones muy diferentes. ¿Puede un periódico de estas características, sí, donde me están leyendo ahora, generar un flujo de público en algún lugar del planeta hacia un espectáculo concreto? Tengo serias dudas. Y no sabría cómo medirlo. Pero es lo que subyace en todo cuanto se refiere a la comunicación, se entiende como una manera de decir publicidad, propaganda, crear públicos y otros fenómenos que nunca se estudian con las herramientas adecuadas, el de la medida de su valor artístico y de su repercusión social.

Siempre es mucho mejor charlar, verter nociones sobre la comunicación, la información, el funcionamiento de los medios, con los responsables de las ferias, que hacerlo a través de los silencios o los gabinetes de prensa, por muy especializados que estén, y tenemos más de uno que hacen su labor de manera excelente, por encima de lo que transmiten. Mis reticencias vienen de que considero que se debe partir de una idea, de una proyecto, de un menaje nítido. Un festival, una feria, una programación son pura ideología. No se pueden tratar todas de igual manera. La ciudadanía interesada es limitada y generalmente muy atenta a lo que sucede, el problema de comunicación y de eficacia en el ámbito de las artes escénicas es cómo interesar a más ciudadanos por lo que se hace o programa.

Ese es el gran dilema, la gran disfunción, y no se soluciona solo con más presencia en Facebook, Twitter o Instagram, ni que salga más veces de manera superficial en la prensa local o la especializada. La cuestión es crear ciudadanos interesados por la cultura y las artes escénicas, no buscar desesperadamente clientela, consumidores puntuales de productos prefabricados. Y esta es la tarea a largo plazo, que no se puede solucionar desde el final de la cadena, desde la exhibición y el contacto con los públicos.

Pero claro, es importante hablar entre nosotros, saber las deficiencias, intentar, al menos, desde la especialización cumplir lo mejor posible con los aficionados más pertinaces y los profesionales. Algo que me temo se ha ido perdiendo también en el deterioro general de los conceptos de comunicación y de profesión y nos conformamos con tener unos centenares de amigos o followers que creemos nos atienden, mientras nosotros miramos de soslayo o por encima la información puntual de todo lo que sucede como si no nos interesara .

Es una labor importante la que se plantea en este campo. Saber con mayor exactitud cómo se enteran los público de las actividades, qué valor social tienen las artes escénicas, cómo las tratan los medios de comunicación de masas generalistas, y así, entre unos y otros, podremos ir afinando en nuestros servicios, en nuestros objetivos, en nuestra eficacia.

Se están creando módulos estancos generacionales, territoriales, pertenecientes a una escuela, a una idea, a una necesidad o circunstancia. Una atomización que se intenta camuflar en organizaciones gremiales, asociación, redes, virtualidades. Esta reflexión me llega de las conversaciones que se producen entre los que aman el teatro y lo miran con una intención de continuidad y trascendencia. No como una urgencia profesional, sindical, de subsistencia, sino como una manera de vivir, de explicar las vivencias, de crear, de relacionarse con los otros, con los públicos.

En una conversación de sobremesa en una bella tarde primaveral madrileña hemos llegado a considerar oportuno replantearse cosas tan poco aceptables como es la vuelta al concepto de meritoriaje. Alguna voz retumbó diciendo que no tenía sentido porque ya no queda nadie sobre los escenarios de quien aprender. Una visión rotunda, quizás amarga, pero optimista a mi entender, ya que reclamar esa falta de exigencia nos coloca ante una alarma mayor, el desahucio de rigor, calidad, importancia que han sufrido nuestros escenarios.

Y esta circunstancia es horizontal. No es que suceda en los emergentes, en los recién egresados, en los vocacionales, sino que llega a producciones institucionales, al teatro comercial al uso, en todas las circunstancias y categorías. Lo que es algo que tiene muy difícil solución si no se toman medidas estructurales, no parches coyunturales. Si no se empieza a hablar de las cosas fundamentales de toda actividad que tiene algún componente de creación artística. Aunque sea desde el lugar más humilde, pero imprescindible, de lo artesano. No puede quedar todo en un lugar de transacción, de sueldo o tarifa, de dietas, de reparto casual, de valores añadidas por la presencia televisiva, de desembarco insultante de oportunistas, banales en ocasiones, que juegan a dirigir o escribir para la escena haciendo una mala televisión, y un no-teatro.

Se me amontonan dos palabras, dos ideas básicas, la memoria, la transmisión de conocimientos y la regeneración. No existen corrientes mayores de un teatro mayor, todo es pequeño, menor, coyuntural, sin proyección, a años luz de las estéticas europeas contemporáneas, sin una base teórica predominante, ni una manera de concepción espacial. De lo que se habla es de producción, de porcentajes de ocupación, de venta de entradas. Y con justicia, los sindicatos, de convenios, de dignidad salarial. Pues todo está bajo la dictadura del productor, del oligopolio, de la más absurda de al casuística de un mercado controlado de manera asfixiante. Hasta que no vuelvan a mandar las ideas, las estéticas, la ambición artística y no la inmobiliaria, seguiremos en esta, para algunos, decadencia que crece dentro de la más suicida de las indiferencias de los afectados.

Estamos perdiendo eslabones evolutivos. Hubo un impulso socio-político-cultural en los ochenta y noventa que elevó el nivel general. Desde entonces navegamos en calma chicha, o en una burbuja enloquecida, o en esta anemia actual. Y no existe comunicación, no valen los mayores, ni los jóvenes, todo van en órbitas diferentes que casi nunca coinciden ni se cruzan. Y sería bueno recuperar papeles de hace años, ideas, personas, conceptos y ponerlos al día, confrontarlos no con las hojas Excel de la contabilidad o la programación mecánica, sino con las posibilidades existentes en el modelo cultural y teatral europeo. No se puede estar empezando cada día o inventando la sopa de ajo teatral.

Hay un movimiento político y social que está reclamando la adecuación de los horarios en todos los órdenes, empezando por los laborales, de todas las actividades para emprender un camino hacia otra concepción de nuestra vida y nuestras relaciones. Por ejemplo el huso horario que usamos lo estableció el dictador Francisco Franco para congraciarse con su admirado Hitler. Tenemos el mismo que Alemania, cuando deberíamos tener el mismo que Inglaterra, Portugal o las Islas Canarias según la ciencia. Este pequeño detalle, parece ser, nos causa muchas molestias para cosas tan puestas en valor actualmente como es la conciliación familiar, el rendimiento en la producción en fábricas y oficinas y la capacidad de aprendizaje de nuestros vástagos.

Creo que es un asunto que en varias ocasiones me he parado a analizar o simplemente comentar porque uno que tiene varios quinquenios a sus espaldas recuerda los horarios en el teatro en Barcelona, Madrid, y en las giras veraniegas por todos los nortes y sures de la península y lo cierto es que, además de ser muy estresante para los actores, estaba de acuerdo con las costumbres sociales de al época. Había funciones a las seis y media de la tarde o las siete y posteriormente otra segunda a las diez o diez y media de la noche. Y si era en verano se podía empezar la segunda función, en las ferias y fiestas patronales, sobre las once o más tarde, tras los fuegos artificiales. Y en ocasiones sin apenas descanso para los artistas entre función y función.

Pero de repente, nos hicimos europeos y en nuestro ámbito, tras instaurarse la lógica y deseable función única, se puso un horario de las funciones que podríamos llamar continental. No creo que nadie lo hiciera de mala fe. Pero creo que tampoco nadie lo estudió. Fueron muchos los factores los que llevaron a poner esos horarios, entre ellos alguna legislación sobre la restauración. Y digo en plural porque no parece que exista una normalización absoluta. Lo digo muchas veces, por los mismos motivos expresados por los programadores, a saber: es el horario que mejor va en mi pueblo, se hacen funciones a las ocho, las ocho y media, las nueve, las diez, las diez y cuarto o las diez y media. Y todo en apenas un radio de cuarenta kilómetros. Y todas las funciones apelotonadas en dos días, viernes y sábado, y se debe dilucidar si antes o después de la cena. O sea, esto es un asunto a resolver. No creo que sea nada sencillo, pero se debe pensar bien.

Porque los horarios son otra manera de exclusión de parte de nuestros posibles espectadores. Si te dedicas al comercio no puedes ir nunca en días de labor. Y si trabajas en oficinas, con mucho cuidado y estrés. Solamente los funcionarios con horario no partido tienen todas las posibilidades. Y muchos más, claro está, pero algo no acaba de cuadrar. Pongo el mismo ejemplo, cuando me dirijo al teatro en el sur de Francia, las representaciones empiezan sobre las nueve de la noche, que es un horario nocturno, con muchas horas desde que se acabaron las clases, se cerraron los comercios y las oficinas. Por eso llegan bien arreglados y relajados al acontecimiento teatral.

En esos movimientos para armonizar los horarios de una manera más racional, se habla con insistencia del adelanto del horario de cierre de los comercios, y algo que m deja siempre muy enganchado: adelantar el prime times de la televisión. Y además de ello, acortar su duración, porque ahora mismo hay canales en los que sus series duran cerca de dos horas con sus cortes y su minutaje excesivo. Todo va en la búsqueda de un fin que no percibo muy claramente, pero que debemos atender porque en lo nuestro, las artes escénicas sí tiene mucha incidencia. Además de unas doscientas cosas anteriores o paralelas, pero esto de los horarios de las funciones me viene preocupando con intensidad variable desde los años ochenta hasta hoy, es algo que comento con asiduidad con los interesados pero no acaba de ser tratado como pienso se merece la cuestión.

Y debo reconocer que se han ido haciendo variaciones sutiles, pero que van demostrando como las funciones de la noche en muchas salas funcionan muy bien. Y otros detalles que deberán colocarse sobre una mesa y estudiarlos, porque si cambian los horarios de todas las actividades, la nuestra, tan dependiente de los demás, deberá estar al tanto para adaptarse lo mejor posible y no ponerle ningún impedimento a ningún posible espectador. Además me parece que estas propuestas sobre los cambios de costumbres horarios pueden ser una pequeña revolución social en los próximos años.

Leo entrevistas con dramaturgas, actrices, directores, escenógrafos en diversos medios y me sorprende que a los entrevistadores les preocupa con insistencia casi relojera cómo fue el primer contacto de los entrevistados con el teatro o las artes escénicas. Desde hace tiempo es una constante que me deja perplejo porque pensaba que era algo que no aportaba nada al perfil del entrevistado, pero ahora me parece que, seguramente por otras razones, forma parte esencial para entender algo de lo que nos pasa en estos tiempos con las vocaciones, el acceso al disfrute como público, como agente activo o pasivo de las artes escénicas.

Claro, siempre hay una primera vez, pero ¿de verdad que usted que me está leyendo se acuerda con precisión de esa obra, ese instante en el que se sintió irremediablemente tocado por la musa o las musas? Si yo fuera un entrevistado y me hacen esa misma pregunta podría contestar, dependiendo del día, la hora y la estación meteorológica de una u otra manera. Lo único cierto es que, en mi caso, sin antecedentes directos familiares, fue una cuestión de contacto constante inconsciente. Donde nací en Barcelona, a cincuenta metros de mi casa había un centro social y cultural donde había juegos de cartas, de ajedrez, se cantaba en coral, se representaba en su propio teatro desde zarzuelas al repertorio catalán o las comedias en boga de Alfonso Paso.

Es decir, no hubo un día en el que descubrí el teatro, sino que conviví con él, haciendo de pastorcillo, saliendo de bulto, viendo mucho y, sobre todo, jugando entre cajas, en el patio de butacas al escondite. Cosas así no son transportables ni puede ser motivo de una tesis, pero a mi entender si no tienes noción, contacto con asiduidad, si nadie te lleva de la mano a ver teatro, si no compartes con un núcleo familiar, de amigos esa necesidad es difícil que se despierte una vocación. Y vuelvo a recordar una realidad, en Catalunya, en los años sesenta y setenta, desde Paco Martínez Soria, a Nuria Espert, pasando por Comediants, el Lliure y todo el teatro más importante, venía del teatro aficionado, de los centros sociales de todo lugar como el que indico o desde las diferentes pasiones después convertidas en reclamo turístico.

O sea, esa primera vez puede en ocasiones convertirse en ese recuerdo emocional en que por circunstancias personales, por amor, por deslumbrarse uno decide dedicarse a ello, con afición y poco a poco, conociendo, estudiando, teniendo suerte de encontrase con maestros, profesores, compañeros, críticos, movimientos donde se va desarrollando un ambiente propicio al crecimiento de personalidades teatrales con talento y circunstancias para desarrollarlo. Recuerdo que durante un tiempo hubo una serie de actrices, actores y directores que decían que se habían decidido dedicarse al teatro al ver Antaviana de Dagoll-Dagom, aquellos maravilloso cuentos de Pere Calders convertidos en magia escénica. Otros aseguran que cuando vieron a La Zaranda se olvidaron de su carrera de arquitectura. O aquellas que viendo un Calderón decidieron compaginar las clases de enfermería con las del taller de teatro de su barrio. Son múltiples las variables y circunstancias, pero siempre debe existir la posibilidad de ese enganche. Me parece raro que sin conocer el teatro alguien se quiera dedicar a ello. A no ser, como yo he comprobado, que haya cientos de jóvenes que se apuntan a clases de teatro, dicen teatro y quieren decir tele. O fama. U otras cosas.

Por eso algunos consideramos tan importante el crear células de contagio, bacterias teatrales expandidas por todos los rincones. Para que muchos seres humanos, conciudadanos nuestros puedan encontrar su primera vez o su vez apropiada. Si no hay teatro, teatro bueno, teatro popular, teatro al alcance de todos, clásico, contemporáneo, escuelas, talleres, se puede colapsar todo y convertir todo en un negocio, en otra cosa, una industria subsidiaria de lo audiovisual. Estoy hablando del Teatro, no de la profesionalidad, ni la tabla salarial, ni los circuitos, ni los gestores. Sino de ese estado ingenuo, puro, casi infantil, de hacer teatro por gusto, por placer. No por obligación. Quizás la pregunta adecuada sea, ¿cuándo ha sido la última vez?

Unos ingenieros de caminos han creado una web cuyo nombre es "Nación Rotonda" donde se visualiza el crecimiento de esos inventos del maligno que pueblan carreteras, caminos, vías circundantes, interurbanas y que simbolizan de alguna manera el legado histórico de la burbuja inmobiliaria. Rotondas con escultura incorporada es la culminación del desastre.

Yo diría que crecieron las rotondas a la misma velocidad que los espacios públicos denominados teatros o casas de cultura con salón multiusos o auditorios o toda esa nomenclatura de edificios construidos al calor de la comisión y que hoy representan un patrimonio mal utilizado. No saben si ponerlo en el activo o en el pasivo. No saben si es una inversión o un gasto. No saben, porque nunca se construyeron sabiendo nada más que debían construirse, poner grúas, hacer contratas, inaugurar y a ser posible más grande que el del pueblo de al lado a tres kilómetros. Su uso era lo de menos.

Estamos en plena campaña electoral para elegir a los responsables políticos de los municipios y algunas comunidades autonómicas, que son los propietarios de la inmensa mayoría de esos espacios que conforman las redes de espacios públicos que forman parte de los restos de unas políticas descabezadas y que a lo mejor se puede, todavía salvar los muebles, darles ahora algún sentido. Por reglamento o ley, imposible a fecha de hoy. Todo lo referente a los teatros, salas, auditorios, programaciones, actividades diversas son competencias impropias, es decir que los municipios las prestan porque les da la gana o les da votos o tiene sensibilidad cultural. No tiene obligación. Pero lo terrible es que no lo tiene ni el municipio, ni la Diputación, ni el gobierno autónomo, ni siquiera el del Estado, ni Europa, ni Google, ni mi teléfono más inteligente que yo. Es decir estamos asilvestrados, en manos del capricho, la sensibilidad, o la conciencia cultural y sobre las artes escénicas de cada individuo con cargo.

Ya sé que los que me leen con asiduidad conocen el asunto, pero hay que recordarlo porque uno siente que son asuntos que no se toman en serio, que las gentes del teatro, la danza, la música, andamos funcionando con un exceso de energía proveniente del pensamiento mágico, de intuiciones, de bohemia, y creo que es necesario que todo eso forme parte del cóctel para la creación, pero ahora nos toca hablar de lo concreto, de lo estructural, de cómo hacemos para que esas intuiciones se puedan plasmar, qué medidas son posibles y necesarias tomar ya, para empezar a sentar las pautas necesarias para un desarrollo sostenible de la actividad cultural, en general y en concreto de las Artes Escénicas, pensando, además, que es cultura de exhibición, que requiere de la presencia del otro, del público, de los públicos.

Uno no está en edad de merecer, ni tiene pretensiones de ser tomado en consideración, ni mucho menos de enredar en círculos o cuadrados de las nuevas perspectivas políticas y además la circunstancias personales me ha varado algo los últimos meses, pero sí quisiera gritar desde ese escondite que hay otras maneras de organización, que no hay que inventar mucho, sino que se deben tomar decisiones políticas para encuadrar la solución a corto, medio y, sobre todo, a largo plazo. Los políticos, en sus ayuntamientos, pueden aportar voluntad de arreglo de acuerdo con los técnicos, con los gremios, con los propios ciudadanos. Pero deben escuchar todas las posibilidades. No es cierto que la única manera es la que dice Faeteda. Ni la que no propone el INAEM, una institución a mi entender que se debe reformar, redefinir, cerrar o dotarle de funciones claras.

Hay que pensar, confrontar ideas y ver si es necesario como pienso yo que se debe cambiar el paradigma, no hay que preocuparse solamente de hoy y mañana y de nuestros ombligos, sino ser generosos, ambiciosos y asentar las bases del futuro. Desde la legislación, sí, creo que una Ley sería más que bueno, imprescindible, a los sistemas formativos tan obsoletos, caducos y rutinarios. Todo está en estado precario y hay que ir consolidando algo, no todo a la vez, pero sí algo. Yo propongo desde hace dos o tres siglos, que esos teatros diseminados por todo el estado español, deben pasar de ser exclusivamente unos almacenes para convertirse en fomentadores de la actividad de base, local, comarcal, y deben dedicarse a la formación básica y la producción y coproducción.

Y en las capitales y ciudades mayores deben existir teatros públicos con compañías estables. Veremos en qué condiciones y cómo. Y crear otra red bien distinta, diseñar un nuevo mapa teatral en unos diez años, porque es una aberración económica, cultural, artística, social, política el hacer bolo a bolo la amortización de las obras. Que cueste más el transporte que la propia representación. Redefinir todo, de principio a fin. Probablemente para dejar muchas cosas como están porque no encontremos una mejor solución, pero intentan do construir un nuevo panorama, unas nuevas ilusiones, una nueva relación de las artes escénicas con su sociedad.

En fin, amigos, entro en una fase personal muy especial. Cuando algunos lean esto, estaré en un quirófano para una intervención menor. Cuando me recupere me he propuesto ir con mis dos ideas a llamar a tosas las puertas donde me quieran escuchar. Y para yo escuchar más y aprender de los otros. Insisto, hay muchas otras maneras de organizarse. Y por lo visto históricamente, bastante más eficaces y fructíferas. Se trata de decisiones políticas. No solamente de los políticos junto a sus interesados asesores, sino de todos los concernidos para que se establezcan prioridades, planes y se doten de presupuestos. Y se puede; claro que se puede. Aunque solamente sea para sacar a la cultura de las rotondas.

Perdonen el desencanto, pero donde estoy nieva. Donde quisiera estar llueve. Donde habito mentalmente sale el sol con nubarrones. Y es que ya hemos pasada la primera sesión de elecciones de este año que en el Estado español nos quedan, cuando menos, tres citas electorales que nos conciernen directamente, más otra puesta entre medias que condiciona bastante el panorama general. Y la cultura se resiente de tantas tensiones, promesas incumplidas, subidas y bajadas de impuestos que son utilizados de manera banal y que son el cebo de los pardillos, esos pajaritos que se cazan poniendo pegamento en un alambre.

Pero de mis reflexiones post elecciones andaluzas, las de contenido político estricto me las reservo porque la distancia me hace extremar la prudencia, destaco una que para mí es simbólica. Y quisiera que no se confundiera para nada mis expresiones. Resulta que la profesión teatral sevillana y andaluza se está movilizando para evitar el desahucio de una sala de teatro, de un teatro precioso, que tengo el honor de conocer desde sus inicios, el Teatro Salvador Távora, que es el legado del gran artista sevillano después de décadas de recorrer el mundo con La Cuadra.

Pues bien, me apuesto doble contra sencillo, que en la noche electoral del pasado domingo 22 de marzo, ese teatro se vio más minutos en toda la cobertura televisiva española que en los restantes años de existencia. Y todo porque, insisto en lo simbólico, era la sede donde se asentaron los de Podemos para ir asimilando los resultados electorales. La elección de los miembros de este partido político me imagino no fue casual, sino muy intencionada. Mucho. Porque se trataba de poner el valor un teatro que puede convertirse en breve en una lonja, en un almacén, porque tiene problemas para pagar las hipotecas.

Y tiene todavía más simbología cuando se vio al que da nombre al teatro, a mi admirado y querido Salvador Távora, arropando junto a otros artistas, la candidatura de IU, la colación que es la gran damnificada de estas elecciones. Y sabiendo, que una hija de Salvador, artista singular del audiovisual, Pilar Távora está trabajando activamente en el Partido Andalucista, y creo que hasta puede ser cabecera de cartel en las municipales. O sea, el arte y la política, la política y el teatro. El artista y el ciudadano, que son uno mismo, no una personalidad bipolar. El compromiso estético y el compromiso social y participativo. Uno quisiera hacer un discurso ahora sobre coherencia, designios, coyunturas y tactismos, caras conocidas para el oportunismo electoral, pero solamente me viene a la cabeza que precisamente lo que estoy relatando, la presencia en el Teatro del sevillano barrio del Cerro del Águila de Podemos y conociendo como se las gastan algunos dirigentes políticos y sobre todo sus asesores, me temo que condena más al cierre, porque la Junta que ya se había desentendido del asunto, ahora lo hará con mayor gozo y como venganza fría.

Pasan las elecciones, se acumulan ilusiones y decepciones, y solamente nos queda una actitud posible: seguir luchando, seguir reclamando el cambio de las estructuras que nos han matado, el saneamiento de todos los entramados institucionales y sus connivencias asquerosas con la oligarquía teatral, todo eso que nos ha llevado además de a la ruina económica a la ruina ética, estética, artística. Lo demás, son eslóganes, actitudes de gregarismo, oportunismo y falta de solvencia moral, profesional y con objetivos mercantiles inmediatos, es decir lo contrario de lo que necesitamos.

Un abrazo a Salvador Távora, un apoyo incondicional, y te recuerdo "Gaizka" una buena anécdota cuando hicimos "Pasionaria, no pasará" en el Teatro Lope de Vega, unas señoras muy señoronas te decían que ellas estaban en contra del comunismo, pero que les había gustado mucho el montaje. Esas cosas me hacen pensar mucho. Como para rogar que despierte la profesión en todos los puntos de la piel de toro, que siguen los mismos problemas, pero agravados por la estulticia y la corrupción en las estructuras culturales de la manera más triste, cutre y soez: desde la ignorancia. Y muchas, demasiadas, complicidades

Salir del bucle. Entrar definitivamente en un lugar sin gravedad administrativa ni institucional ni política. Escapar de la rutina del quejido y de la absolución de los pecados por tres gestos de indignación. Estas son algunas de mis promesas electorales. No puedo permitirme perder más el tiempo en lo adjetivo. Uno siente un mordisco en las cervicales que le impele a seguir sin volver la vista atrás, casi sin mirar a los lados, ni siquiera por el retrovisor. Se nos va la pascua mozas, y no hay que rezar más, sino actuar.

Quisiera poder proclamarme un ser autárquico, independiente de todos los gobiernos, gobiernillos, concejalías, diputaciones, promotores, sociedades de gestión, agrupaciones gremiales, asociaciones de vecinos, flautistas o cazadores de gambusinos. Pero algo me lo impide. Falta de coraje, adscripción patológica a cumplir las leyes de los humanos, las divinas hace tiempo que me las fumé, y por ello choco siempre con una maldita realidad. Hay que ir al médico, viajar, estudiar, hacer la compra cada día, y eso necesita un ordenamiento que por norma, choca con tus libertades más primarias.

Y volvemos a empezar, soltar amarras, hacer una hoja de ruta, decidir de lo que uno hace, lo que es fundamental, lo que uno desea hacer para distinguirlo de lo que hace o por necesidad económica o por compromiso contractual, moral, vital, ideológico. Y en ese choque de campos magnéticos van pasando los días, los diagnósticos se acumulan, las esperanzas reverdecen para inmediatamente ponerse moradas y al fondo, solamente queda ese leve hilo de la vida que nos lleva hacia un estadio diferente de la conciencia y la percepción de la realidad, del mundo que nos rodea, de nuestra profesión o profesiones, de las posibilidades de sobrevivir al cambio que se anuncia y no llegará.

En lo específico de los asuntos de las artes escénicas que es lo que más o menos uno conoce, detecto desde esta lejanía que me hace mirar con microscopio lo que está sucediendo, un sistema que ahoga, que no es propicio para la creación libre, sino que está todo tan estabulado, todo tan reglado, tan controlado y en manos de decisiones subsidiarias de los políticos, que es necesario reventarlo de una vez. Hay que soltar mucho lastre para que vuelva a tener una posibilidad de operatividad. Y me temo que nadie está por esta labor, todos por una continuidad suicida, peor que les solucione el arreglo de la grifería de su casa.

Dicho esto desde la marginalidad, al estar fuera del negocio impropio se detecta la base de una sintomatología criminal, que se puede comprobar desde la estadística o desde la pragmática, pero que nos hace sentir un ambiente asfixiante pese a la buena voluntad, a la incesante capacidad de tantos amantes de las artes escénicas que se dedican a ellas con ilusión, acaso con talento, muchos con formación, pero sin futuro. Hacen y hacen, perdón el verbo es producir, producen y producen, y se arruinan y siguen arruinándose, entran en parámetros de miseria, pero al lado, justo en la misma cera de la calle, los hay que se enriquece, con los presupuestos públicos a base de copar un mercado casi mafioso.

Bueno, amigos y amigas, buenos días, buena semana, que en Andalucía crezcan los geranios, que viene semana santa y todo lo cura y que este que les escribe cada lunes siga pudiendo mirar al horizonte, porque intuye que detrás hay algo que le espera.

La otra tarde en La Fundición de Bilbao, asistí a una sesión de lo que llaman Taller de Espectadores, una versión muy sui generis de lo que ha convertido en algo sobrenatural el Mesías Jorge Armando Dubatti, que sí tiene una Escuela de Espectadores en Buenos Aires en la que he tenido la oportunidad de asistir a alguna de sus sesiones y comprobar que se trata de otra dimensión, de algo que está perfectamente incardinado dentro de la cadena de valor del teatro, desde la parte más filosófica a la comercial.

Desde esa formulación sistematizada, desde todas las veces que es invitado en todas las partes del mundo para hacer algo semejante a esa Escuela de Espectadores, recientemente el propio Dubatti inuaguró una franquicia en Barcelona, y los que vamos por Iberoamérica con asiduidad sabemos de los focos existentes con esta intención que en un principio fue una iniciativa que cualquiera puede aplaudir ya que se trata de crear focos de opinión, lugares en los que se va creando un pensamiento crítico de la mano no solamente de los hacedores de manera objetiva, sino de quienes lo completan y le dan sentido, los espectadores.

Vaya por delante mi postura: es bueno para todos que se creen lugares donde divagar, discutir, tal vez pensar, sobre las artes escénicas. Ya sean tertulias alrededor de una paella, ya sean encuentros al calor de un asadito, con un refresco de horchata o simplemente en los propios teatros y salas donde después de la función se organizan encuentros, para intercambiar impresiones con los artistas. Todo lo que sea darle continuidad al hecho de acontecimiento, al espectáculo, y se vaya canalizando en ampliar conocimientos mutuos, en descubrir parte de esos secretos inherentes a todo proceso creativo y de producción será positivo.

Dicho lo cual, deberíamos entrar en los matices: los objetivos de cada iniciativa, la capacidad de conducción del quienes lo proponen, la disposición de esa otra parte no nominativa a la que llamamos público, públicos, espectadores. Y sobre todo hay que moderar las expectativas, definir mejor lo que se busca con estas propuestas, ya que aunque sea una crítica facilona, llamar Escuela o Taller, parece que se trata de formar espectadores, algo que uno pone en duda positiva. Sí, los espectadores se forman. Los lectores se forman. Los melómanos se forman e incrementan sus capacidades de recepción a base de acumulación de experiencias y de otros factores como son lecturas, conocimientos variables y en estas sesiones, si están bien pensadas, pueden ayudar a profundizar en algunos de los aspectos fundamentales.

El teatro sale de la sociedad y de ella se nutre, por lo tanto, estas iniciativas se deben cualificar en sus contextos. Por eso, la iniciativa con la que comienzo esta divagación urgente, tiene un valor esencial, casi militante y no se puede empezar a cuantificar sin más. Que vayan más de una veintena de personas una noche de jueves para hablar sobre una obra, un grupo o escuchen la motivaciones de un programador o director artístico de un teatro público es un éxito. De la composición de los asistentes podemos sacar otras conclusiones, ya que un porcentaje grande éramos personas interesadas directamente, profesionales en distintos estamentos de la cadena de producción y sí, había personas que eran sin más, espectadores, mejor dicho espectadoras. Un detalle más. Yo advierto de una manera reiterativa: estas iniciativas no crean espectadores, si acaso, los consolidan y los hacen más y quizás mejores amantes de las artes escénicas. Misión bastante importante por cierto. Seguiremos en este tema que puede tener mucho desarrollo en los próximos meses.

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