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Sáb, Jul

Y no es coña | Carlos Gil

Acudir a ciertos estrenos o a eventos de frecuencia anual nos proporciona algunas emociones que conforme avanzamos en edad empiezan a convertirse en un chiste de club de jubilados. Repasar a los amigos muertos. Cuando en los Premios Max, pasaron ese listado con los que nos habían dejado el año anterior, sin ir más lejos, sufrimos varios rebotes de la angustia. La memoria selectiva, ver escrito el nombre de alguien que no recordabas que se había muerto, o pensar que a otra persona la incluyen en los desaparecidos en los últimos meses, cuando para nosotros hace bastante más tiempo que se fue a ese otro estado.  

Si se añade la circunstancia de que uno mismo ha estado siete meses entre batas blancas, quirófanos, sustos y diagnósticos variables con sus cambios de medicación, el tema se vuelve recurrente. Y la verdad que es muy agradable confesar que han acertado los galenos, que te han ajustado los parámetros del marcapasos y que has superado la fase de ficus doliente y empiezas a ser una persona con energía, ganas, esperanzas y deseos. Pero inmediatamente debes preguntar, ¿y tú cómo estás? Y ahí comienza otra retahíla de dolencias, biopsias, pruebas y resultados. Y la verdad, es que no pasa nada. Porque hasta que pasa, nunca pasa nada. 

Y cuando ya hemos puesto en común nuestro currículum médico empieza la otra parte del sainete, preguntar sobre los amigos y colegas comunes de los que hace tiempo no sabemos nada. Y vuelta a empezar con los partes médicos. Las circunstancias. Y es que se nos olvida que hemos vivido. En ocasiones hemos vivido bien, a tope, sin privarnos de casi ningún exceso, un buen número de años. Y por una lógica aplicada, entendiendo que la obsolescencia programada no forma parte de nuestra capacidad de resistencia y de supervivencia, somos unos jóvenes maduros que vemos con atención cómo funciona este mundo de las Artes Escénicas, que sin apenas darnos cuenta ha ido pasando a manos de generaciones más jóvenes y que la incorporación de las mujeres, todavía en deseable crecimiento, van imprimiendo otro carácter a todo lo que nos rodea.

Hay una vieja teoría que nos informa de manera triste de que es difícil encontrar sobre los escenarios a actrices y actores de más de cuarenta años. Es una edad en donde se deben tomar decisiones. Y muchas personas si no consiguen tener una estabilidad en cine o televisión, se lo plantean y acaban sus carreras o ejercen de lo que habían estudiado en paralelo a su entrega vocacional al teatro. Actrices y actores de más de sesenta años, hay más. Las edades críticas son en la madurez, de los 35 a los 55 años, por señalar algo de manera ligera.

Porque debo indicar una vez más, algo que siempre me deja conmocionado. Saber de grandes creadoras y creadores teatrales, que te confiesan sus dificultades para llegar a fin de mes. La constatación de manera general de que son muy pocos los profesionales que pueden vivir dignamente solamente del teatro. Y se verbaliza, se expresa, se asiente, y lo malo, es que no pasa nada. Se admite. Se considera una fatalidad trágica, irremediable. Nadie puede escapar de ello, excepto los elegidos. Y me rebelo.

Una vez consensuado el Estatuto del Artista, en general, desde los ministerios que se sientan concernidos, hay que emprender acciones positivas ya, es decir, ayer, para cambiar este estado de indefensión, de entrega voluntaria. Se debe vivir con la dignidad de un operario de taller de automóviles, de un médico o de un abogado, si se está preparado para hacer Teatro. Y eso es el mejor estatuto para el futuro. Se trata de cambiar de arriba abajo y de este a oeste el paradigma actual. Si se estudia con rango universitario, se debe tener salida profesional, y no solamente para trabajar en parques temáticos japoneses. Para hacer Teatro del de Verdad, del Bueno, no solamente productos comerciales alienantes. Y con continuidad y estabilidad. Un pequeño ejemplo: en las unidades de producción son fijos los administrativos, los técnicos. No los artistas, con excepción de los ballets, con unas condiciones impresentables, y eso es una incongruencia.

Los viejos, a veces, hablamos de estas cosas, de aquello por lo que peleamos cuando todo parecía imposible porque el dictador no pasaba de unas tromboflebitis livianas. Conseguimos dar unos pasos con la llegada de las libertades, pero nos paramos de golpe porque nos engañaron y hasta nos traicionaron algunos compañeros de viaje. Hoy, fuera del mercado, podemos reclamar estos asuntos con mayor fuerza y con el bagaje histórico. Sin necesidad de masterizarnos de manera barata para engordar currículums, sólo con nuestra experiencia y la comparación con otras realidades europeas y americanas. 

Aquí estamos, a la fresca, bebiendo del botijo de la realidad. Contando fantasmas. Relamiéndonos en la memoria de aquellos años efervescentes. Y nos da la impresión de que casi todo lo de hoy, se fraguó ayer. Pero se debe renovar, todo o casi todo. Y sí pasa, si no se hace pronto.

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