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Clásicas deshechas. Rosalía y Sor Juana Inés

Entre la leyenda y el mito parecen situarse los clásicos. A veces el concepto puede ser ambiguo en su aplicación: ¿quién o qué? ¿William Shakespeare, el dramaturgo, o su obra? ¿Toda su obra, en su conjunto, o solo algunas de ellas? Cuando la historia de las vidas es enigmática y sorprendente, por sus vicisitudes, estas pasan, a veces, a tener más relevancia que las propias obras artísticas. La persona se convierte en personaje arquetipo protagonista de una historia que nos atrae e impresiona y que, en alguno de sus aspectos, nos resulta ejemplar. Podemos, incluso, considerar que el artista o la artista y su biografía son un mito de mayor repercusión y alcance que sus propias obras. Pienso, por ejemplo, en Marilyn Monroe o en James Dean, personajes arquetipo de la mujer víctima de su propia belleza y feminidad, en el primer caso, y del rebelde sin causa, en el segundo. Tienen en común ser actores de fama internacional y unas vidas tormentosas con un final trágico prematuro. Pero también son creadores, una actriz no es una simple reproductora o imitadora de caracteres, es, sobre todo, una creadora. Evidentemente, sus obras forman parte del repertorio mítico y de clásicos del cine de Hollywood, pero sus vidas y sus historias, quizás, aún han tenido mayor fuerza de irradiación, convirtiéndolas en obras.

Remontándonos en el tiempo podemos también pensar en Sor Juana Inés de la Cruz y en Rosalía de Castro, dos mujeres de vidas impresionantes, que fueron las pioneras de las literaturas mexicana y gallega. Decimos, así, en lenguaje común, que Mozart es un clásico. También lo podemos decir de Rosalía de Castro o de Sor Juana Inés de la Cruz.

Desde hace unos pocos años, las Residencias Artísticas en el Gaiás (REGA) de la Cidade da Cultura de Galicia, en coproducción con el Centro Dramático Galego (CDG), organizan un ciclo muy estimulante y curioso titulado “Clásicas desfeitas” (Clásicas deshechas), que parece consistir en ofrecerle equipos artísticos multidisciplinares, en el ámbito de las artes escénicas, jugar con textos, personajes y autorías clásicas.

Este año, por primera vez, el viernes 24 de marzo, he podido asistir a los volúmenes 7 y 8 de este ciclo, con el foco en Rosalía de Castro y Sor Juana Inés de la Cruz, en un díptico espectacular titulado ‘Canta máis luz, máis sombra’ (Cuanta más luz, más sombra). Una propuesta teatral que ha juntado a la Compañía Nacional de Teatro de México (CNT) y a su directora artística, Aurora Cano, y al CDG y su director Fran Núñez.

El lugar escogido han sido dos aulas de cristal del último edificio construido en la Cidade da Cultura, el Edificio Fontán, que ya no es obra del genial Eisenman, autor del ya también mítico conjunto arquitectónico del monte Gaiás, en Compostela. El público dispuesto en un pasillo amplio entre esas dos aulas de cristal, una frente a la otra. En una de ellas, primero Rosalía de Castro, con actuación gallega y dirección mexicana, uniendo los dos lados del Atlántico. En la de enfrente, después, la de Sor Juana Inés de la Cruz, con actuación mexicana y dirección gallega. Y el público, como el océano, en medio, uniendo en nuestros imaginarios y con nuestra capacidad de juego, estimulada por este espectáculo que transcurre a dos bandas, primero en una y después en la otra, ese engranaje de espejos y paralelismos. Dos mujeres rebeldes, que se atrevieron a pensar, a escribir, a salir del rol tradicional de la mujer al que estaban condenadas. Dos escritoras clarividentes que no solo fueron poetas sublimes, sino también filósofas y pensadoras. Dos mujeres que escribieron desde los márgenes y desde la marginalidad. En el caso de Rosalía, a las trabas por ser mujer, se sumaba el hecho de escribir en una lengua históricamente castigada y prohibida, al menos desde los Reyes Católicos, estigma y marginalidad que, lamentablemente, continúa activa a día de hoy.

Aurora Cano y Fran Núñez componen un díptico teatral en el que una pieza se refleja en la otra, en la que Rosalía de Castro, su vida y su obra, y Sor Juana Inés de la Cruz, su vida y su obra, producen ecos que se complementan y enriquecen.

Rosalía de Castro, interpretada por Diana Sieira, establece un diálogo con su Sombra, manifiesta a través de la voz de Germán Gundín, acompañada por el músico Xosé Lois Romero (percusión y acordeón). Ese diálogo, que Diana interpreta de manera sorprendente, porque lo hace desde una sensibilidad muy actual en las actitudes y emociones, en el sentido lógico de las entonaciones, amalgamando esa sensibilidad contemporánea y ese sentido verosímil en la dicción, con una expresión, por veces, surreal y fantástica, como si estuviésemos ante un ser sobrenatural, ante una meiga o un hada. A ello contribuye, de manera sobresaliente, la puesta en escena en esa especie de hornacina barroca, como si estuviese dentro de una instalación plástica o de una “vanitas”, un escaparate o una vidriera. En ese cubículo en el que se amontonan lámparas, candelabros, muebles viejos con una melancolía señorial y, al mismo tiempo, popular, un molinillo de café, utensilios decimonónicos de cocina, ramas de laurel, una merluza fresca, carne picada para hacer “zorza”… En esa especie de cuadro escultórico o pictórico, Rosalía, con un vestido negro muy elegante, habita el más allá de la inmortalidad y la gloria. Pero ella se siente condenada a ello, se resiste al endiosamiento, busca bajar de los pedestales a los que la subieron. Aurora Cano nos muestra a una Rosalía de Castro en un contexto de realismo mágico y Diana Sieira, como actriz, consigue articular simultáneamente esas dos vías, la dicción, la intención y la expresión verosímiles, próximas, reales, y el movimiento coreográfico, las posiciones corporales, incluso alguna desaparición y aparición, dentro de un estilo fantástico.

Por su parte, Fran Núñez, también transita una doble vía con Sor Juana Inés de la Cruz, interpretada por la actriz mexicana Shadé Ríos y por el actor y músico mexicano Yurief Nieves. En la vidriera de enfrente, suelo con moqueta y alfombras rojas, diferentes bancos rústicos de madera llenos de cirios y velones, que pueden evocar un espacio conventual o una cocina antigua. El cristal del fondo ahumado y teñido por la luz, de colores lilas, verdes, azules, rojos, fucsia e incandescentes, llevando la evocación espacial hacia una abstracción celestial. En esa atmósfera, que también remite al más allá, la actuación de Shadé y Yurief juega al contraste. Unas veces nos ofrecen un show musical, en el que nos presentan, desde ellos, desde el ahora, la vida de Sor Juana Inés, incluso con un sketch en el que parodian un concurso televisivo, para poner a prueba la genialidad de la niña Inés. Shadé nos habla de su personaje como de una “rockstar” y nos rapea algunas letras de sus poemas. Otras veces, nos ofrecen a Sor Juana Inés en sus lances más sobrios, pero siempre desde la perspectiva de una luchadora, de una mujer con profundas convicciones, que nunca se rindió ante las dificultades o amenazas.

En ambos casos, Rosalía de Castro y Sor Juana Inés, estamos ante mujeres fuertes y valientes, que, al mismo tiempo, nos hacen ver el poder y la necesidad de aspectos tradicionalmente asociados a la mujer y a lo femenino. Tan importante puede ser una prosa o un poema como una taza de “caldo de gloria”, como el que describe Rosalía en su poema “Miña casiña, meu lar” (Mi casita, mi hogar), o como una taza de chocolate, como a la que nos invita Sor Juana Inés, quien supo, en sus escritos sobre cocina, trascender la reclusión y el castigo que le infligieron, condenándola a trabajar en los fogones, para que tuviese menos tiempo dedicado al estudio y al pensamiento. Como si en la confección de un plato no hubiese espacio para el pensar.

En ambos casos, también, el cristal que las separa del público es un límite casi invisible, que se deja sentir y que actúa, además, como metáfora abierta a múltiples lecturas. Ese cristal que las aísla y contra el que, en algunas ocasiones, parecen luchar, como si quisiesen traspasarlo. De hecho, Shadé Ríos, la actriz, se escapará del cubículo acristalado, seguida del Yurief Nieves, para comunicarse directamente con el público, para romper unas distancias, las del mito, las del clásico, que ya en el propio personaje de Sor Juana Inés difuminó en muchos momentos de desenfadada actuación. Y con un pintalabios carmín escribir en el cristal una reivindicación final: “Saber no puede ser lujo”.

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