Críticas de espectáculos

Dignidad de mujer

El año pasado, la dramaturga Kata Wéber y el director Kornél Mundruczó causaron sensación en el teatro Valle-Inclán presentando Imitation of Life, perturbador drama de personajes en el que teatro, cine y efectos de la más alta tecnología (dudo que nadie que haya visto girar aquella escenografía 360º pueda olvidarlo) convivían en perfecta armonía para uno de los espectáculos más deslumbrantes que se hayan visto en Madrid en 2021. Ahora, regresan (esta vez al María Guerrero, siempre dentro de la programación del Centro Dramático Nacional) con Pieces of a Woman, obra teatral que crearon a partir de una experiencia personal y que se convirtió en una película del mismo título que, desde su estreno en 2020 estuvo repleta de críticas favorables (y le valió a Vanessa Kirby una nominación al Oscar a la Mejor Actriz).

La obra original replantea las coordenadas y condensa el conflicto en la casa familiar, al más puro estilo de Chéjov o de algunos dramas americanos (O’Neill, Williams, Letts…); pero también del cine de Bergman. Todo ello sin perder de vista el diálogo de disciplinas que ya asomaba en su anterior espectáculo. El resultado es una función extensa (dos horas y media sin intermedio) en código hiperrealista, que no teme cocinarse a fuego lento. Una de esas veladas familiares en las que parece que nada va a ocurrir, pero que marcará un punto de inflexión para los personajes.

Varsovia, en la actualidad. Una extensa filmación nos muestra a Maja (una joven en avanzadísimo estado de gestación) y Lars en su apartamento de clase media-baja. Cuando ella rompe aguas insiste en no ir al hospital y dar a luz en casa. La partera prevista es sustituida por una joven nerviosa ante su primer parto asistido. El larguísimo plano secuencia se torna más y más angustioso, casi agónico, conforme entendemos que las cosas pueden torcerse en cualquier momento; al mismo tiempo que la filmación convive con los actores en escena (entran y salen de la pantalla para dejar claro que lo que vemos es filmación en tiempo real). La parsimonia con la que se presenta esta secuencia fundamental para el desarrollo del relato y los primeros planos crean una temperatura inquietante y dan una idea de la verosimilitud con la que se desarrollará la función: los actores lo dan todo y los creadores no esconden, no permiten que apartemos la mirada ni en los momentos más íntimos y conflictivos.

Seis meses después, nos trasladamos (ya en escena) a la casa de la matriarca familiar, reproducida con todo lujo de detalles y en plena reforma. Ella acaba de recibir un diagnóstico de Alzheimer. Ese mismo día invita a toda su familia a comer un pato que tarda lo indecible en terminar de cocinarse. Volvemos a ver a Maja y Lars (con la relación deteriorada por el tiempo y los acontecimientos) y conocemos a la hermana de Maja (determinada pero frustrada por un pasado que pudo haber sido y no fue y porque lucha por ser una mujer hecha a sí misma aunque se sienta la última mona de la familia) a su esposo (un rockero que vivió tiempos mejores) y a la prima Zuzanna, invitada con un propósito muy concreto. Desde el inicio, la tensión se corta con un cuchillo: ya sea por cuestiones religiosas, por el contraste racial entre Lars (noruego) y su cuñado o por las constantes tensiones de Maja con su madre, que comienzan con la elección de un marido que es algo más que un pieza (le da al alcohol, a las sustancias y anda metido en asuntos turbios) y terminan con un evento traumático que la protagonista lucha por gestionar pero al que la familia (con la matriarca a la cabeza) no sabe ni cómo acercarse.

Se abre entonces un incómodo melón: ¿Cómo debe afrontar una mujer la que tal vez sea la catástrofe personal más íntima que le pueda ocurrir? ¿Cómo se sigue adelante? ¿Tienen derecho los demás a decidir por ella? Este debate es lo más interesante de una obra que explora el trauma y la depresión desde la normalización y la dignidad: como Maja, una persona puede estar golpeada y decidir seguir adelante. ¿Quién es nadie para impedírselo? El debate no es ni fácil ni cómodo; pero el punto de vista desde el que lo plantean los autores fascina por la dignidad extrema que otorgan en todo momento a su protagonista. El monólogo en el que Maja lucha por mantener no solo su propia dignidad sino también la dignidad de los que ya no están es, sin duda, una de las escenas del año.

La obra original es más íntima (todo transcurre en la esfera de lo familiar) y nos sitúa en un entorno más pobre y más árido. Lo que se nos ofrece no solo es la radiografía de una familia que se desmembra; sino también toda una fotografía de la sociedad polaca del presente, con conflictos que transcurren allí y ahora. Estos personajes se enfrentan tanto a sus propios fantasmas como a la presión de la religión, del racismo o de una sociedad más deprimida en la que algunos pillastres (como Lars, el marido de la protagonista) están dispuestos a todo por intentar salir adelante.
Sorprende (y es un acierto) comprobar cómo Kata Wéber y Kornél Mundruczó han sabido no cargar las tintas, sin perder de vista que estamos ante un drama. Nada es excesivo, todo fluye con naturalidad e incluso esta familia caída en la desgracia y en el fatalismo tiene posos de ironía y hasta de carcajada (esa improbable pero oportuna escena con una coreografía completa de Felicitá) que ayuda a relajar una tensión creciente. Porque, por mucha tiniebla que tengan encima, después de todo, son familia… Y, en las familias, se permite casi todo ¿No? El tono es uno de los grandes aciertos de una propuesta que, aún en código hiperrealista, juega constantemente con tintes surrealistas (esa iluminación amenazante) que aquí no llegan a concretarse del todo (como sí ocurría en Imitation of Life) pero aportan interesantes momentos de extrañeza que mantienen alerta al público, al tiempo que enfatizan el verdadero estado de Maja. Solo la omnipresente cortinilla musical (es mucha, demasiado cargante y no aporta nada a una tensión que se crea sola) es un elemento discutible de un montaje por lo demás muy cuidado y logrado.

Las interpretaciones son de primer nivel. Mundruczó opta por un código a medio camino entre el naturalismo y el hiperrealismo, en el que todo tiene gran verosimilitud y el reparto respira verdad, incluso en la tranquilidad con la que se van cocinando algunas situaciones. Justyna Wasilewska carga sobre sus hombros con el peso de Maja, un papel largo y difícil que debe evolucionar desde la tensa filmación inicial (pura adrenalina) hasta la mujer deprimida que lucha contra sus fantasmas y por mantener su propia dignidad contra todo y contra todos: dignidad es la palabra que mejor define su rotunda interpretación; y desde luego que es muy convincente en lo expresivo. Está de premio. Magdalena Kuta es la matriarca familiar, personaje ambivalente que enfrenta el reto de afrontar su enfermedad al mismo tiempo que debe mantenerse como la mujer recta que es: quiere lo mejor para sus hijas, pero es incapaz de demostrar afecto; lo interpreta con una contención admirable que pone de relieve toda la doble cara del personaje.

Comparar al Lars de la filmación con el que se presenta en la casa seis meses después debería bastar para entender cómo Dobromir Dymecki sabe dibujar la caída al vacío de un hombre que es puro exceso porque no tiene nada que perder: ya lo ha perdido todo… Es fascinante observar su degradación progresiva, y el cara a cara con la matriarca es uno de los momentos de la función. Se retroalimenta del cuñado que interpreta Sebastian Pawlak, un borrachuzo que parece que vive en un pasado que no salió del todo bien. Agnieszka Żulewska es la hermana en la sombra, parece que no está, pero encuentra dos momentos de gran lucimiento personal: aquel en el que rememora un pasado feliz con Maja y el momento en que (¡por fin!) explota para darse su lugar. En fin, hay algo en el pragmatismo de la prima que interpreta Marta Ścisłowicz que nos sugiere que no ha venido para nada bueno… Con un giro interesante en un momento en el que, contra todo pronóstico, parece que va a soltarse la melena.

Las casi dos horas y media de espectáculo transcurren en un suspiro por el buen diálogo entre técnicas por la cantidad de melones que abre el propio texto y, sobre todo, por el fenomenal desempeño actoral. Es, desde luego, un tipo de espectáculo muy difícil de ver en España. Debería bastar con ver Pieces of a Woman para darse cuenta por qué es tan necesario que este género se haga en nuestro país. Mientras, es una suerte ver propuestas tan profundas y bien hechas como esta.

Hugo Álvarez Domínguez

Pieces of a woman. Texto y dramaturgia: Kata Wéber. Dirección: Kornél Mundruczó. Reparto: Dobromir Dymecki, Monika Frajczyk, Magdalena Kuta, Sebastian Pawlak, Marta Ścisłowicz, Justyna Wasilewska y Agnieszka Żulewska. Escenografía y vestuario: Monika Pormale. Iluminación: Paulina Góral. Música: Asher Goldschmidt. Ayudante de dramaturgia:Soma Boronkay. Ayudante de dirección: Karolina Gębska. Ayudante de escenografía: Karolina Pająk-Sieczkowska. Ayudante de vestuario: Małgorzata Nowakowska. Asesores de idioma noruego: Andreas Jönsson y Sindre Sandemo. Fotografía: Natalia Kabanow. Producción: TR Warszawa. Teatro María Guerrero, 15 de diciembre.

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