Y no es coña | Carlos Gil

El punto y seguido

Escribo un día 15 de agosto que es pleno verano aquí, donde ahora estoy, Madrid, hemisferio norte y pleno invierno allí, en el cono sur, donde podría estar. ¿Es diferente la percepción del mundo con 40 grados a la sombra o con 7 al sol? ¿Influye la temperatura ambiente, la estación para que el teatro sea visto de una manera u otra? Si sigo con tantas preguntas retóricas acabaré dando un máster o escribiendo un libro de autoayuda teatral que es de lo que más abunda últimamente. Pero tener dudas es mantenerse alerta, porque si uno mira la programación que se nos ofrece en toda la península ibérica, resulta que es el espacio abierto, los monumentos romanos, las lazas de los pueblos y hasta los marcos incomparables los lugares elegidos para hacer las artes escénicas en unas condiciones técnicas y de comodidad que no son siempre las mejores ni para realizar el montaje al cien por cien, ni para disfrutar sin molestias lumbares y culares si eres espectadora.
Yo estoy siempre con Augusto Boal cuando dice que el teatro se puede hacer en cualquier lugar, incluso en los teatros, pero a la vez introduzco una variante del diletante amoroso que ayuda a distanciarse del optimismo de pensar que estas acciones son “populares” por empaquetar dentro de las vacaciones unas sesiones de carácter cultural, ya sea música jazz, conciertos pop, o temporadas de teatro clásico, como si fuera una expresión de normalidad, un logro, una muestra del éxito de las políticas institucionales en todos los estamentos concurrentes, gobierno, comunidad autónoma, diputación y ayuntamientos, de difusión de las artes escénicas. Desde que se confunde turismo y cultura al servicio del mismo objetivo, la discrepancia técnica aumenta.
Muchos de esos festivales se realizan en localidades de pequeña población, diseminadas por diferentes puntos, regiones y autonomías y que concentran en quince días, tres semanas, un mes o dos una programación exhaustiva, con una promoción en medios deslumbrante en muchas ocasiones y que concitan un numeroso público que acude de manera fiel desde muchos puntos diferentes al lugar de los hechos. Aquí tengo que hilar muy fino para diferenciar lo que es una tradición que se enmarca en una idea específica, o los casos que han ido creciendo de manera más mimética. En cualquier caso, al aire libre, con entradas de precios asequibles, contextualizado todo en un género, una idea y una población, sería magnífico saber qué porcentaje de paisanos acuden a estas representaciones. Porque cuando uno ha asistido a estas representaciones, ya sean las mayoritarias o las más reducidas de aforo, la sensación es que los públicos son de veraneantes, de amantes del teatro que acuden de las capitales para ver algo que se estrena o que es singular (que también sucede) y que ese es precisamente el objetivo final de estos eventos.
Pero como las contradicciones nos hacen mantener el cutis estirado diré que estos festivales son un mercado excelente para el mantenimiento de compañías, montajes y técnicos. Que la inversión pública, en muchas ocasiones con demasiada dependencia a la infraestructura, se convierte en excepcional y eso se debe aplaudir. Además ,se crea un circuito, se disemina por toda la geografía festivales y opciones varias para que uno públicos no habituales puedan disfrutar de obras de teatro y todo ello, redondeando, es positivo, al menos para parte de la profesión.
Pero no está mal analizar algunos de su defectos: crean una sensación de ligereza, de excepcionalidad del hecho teatral. No queda claro que cree espectadores, que en esas localidades a lo largo del año exista una programación adecuada para mantener el espíritu de necesidad de ver lo ofrecido. Tengo la sensación contrastada con los hechos, de que, en Mérida, de festival a festival, su vida común en artes escénicas no es muy importante. Y pongo este ejemplo, pero podría ser cualquiera, Olite, Almagro, San Javier y ese largo etcétera que todos conocemos. Lo cual me hace insistir en mi obsesión. Es necesario atender el presente, pero hay que pensar en el mañana. Y lo hay que hacer desde la generosidad, el conocimiento y los planes consensuados de manera positiva. Los que incidimos tanto en el asunto de la edad media de los espectadores, pediríamos acudir a estos festivales y mirar. O si me hacen caso hacer encuestas. Las programaciones son la miel a la que acuden las moscas, los públicos, y esas programaciones están pensadas para atender a una franja concreta de la población, la que tiene capacidad para pagar esas entradas, costumbre de acudir y se sienten concernidas por lo que se ofrece. Y ahí es donde insistiré siempre.
Porque he estado en Cerdeña en un festival que se hacia en el centro de la isla, en lugares singulares, pero dentro de unas poblaciones rurales. Y saqué una impresión sesgada, pese a que la dirección me convenció de algunos de los objetivos y su repercusión. He dio antes y voy a ir a otros festivales y experiencias rurales que han resultado bastante sugerentes y alguno se han consolidado. ¿Es una manera de señalar la desatención cultural en la España vaciada? Yo me apunto a pensar sobre ello. ¿Hay una España vaciada cultural y teatralmente? Preguntar no es ofender. Punto y seguido.

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