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Papaioannou en su tinta

Un chorro de agua atraviesa la negrura del escenario, de derecha a izquierda, como una ráfaga de tinta blanca, por los efectos de la luz. Su sonido es tan hipnótico como su imagen. Un hombre vestido de negro, Dimitris Papaioannou, controla y ordena, cual demiurgo, ese entorno de materialidad ostensible, para transformarlo en espacio fantástico propicio al mito.

El mito aquí es un poema visual en el que ciertos elementos iconográficos, de rentabilidad simbólica, nos remiten al universo marino y a la capacidad humana para engendrar ficciones que nos interpelan.

La tinta natural de los pulpos y de los calamares es un mecanismo de defensa. La tinta con la que pinta Papaioannou, no solo en su labor de dibujante – que podemos admirar en las publicaciones de sus redes sociales – sino, sobre todo, la tinta con la que pinta, metafóricamente, acciones escénicas, crea mundos artificiales, como quien inventa una leyenda o un mito. Y a mí se me ocurre pensar en la raíz mediterránea y en las islas griegas, en su tierra de pescadores, filósofos y artistas, en la cuna del teatro, de la mitología y de la cultura occidental. Sus espectáculos, de éxito internacional, los que he podido ver (‘Still Life’ 2014, ‘The Great Tamer’ 2017, ‘Since She’ 2018, ‘Transverse Orientation’ 2021, ‘Ink’ 2023), siempre me remiten a una cultura concreta y a una matriz arcaica, muy pegada a la tierra, al mar. Por ejemplo, en elementos escénicos reales de materialidad poderosa, como puede ser el agua, o las espigas, la madera, la cuerda, la escayola, y en este caso, en ‘INK’, las mangueras de goma, las láminas enormes de metacrilato o algo semejante, los plásticos o lonas que, en media luna, envuelven el escenario, etc. También se pueden detectar recurrencias simbólico-temáticas, relacionadas con la belleza clásica del cuerpo humano desnudo, la estatuaria, el génesis, la construcción, la destrucción, la transformación, el orden y el caos, lo natural y lo domesticado o domado (naturaleza y artificio, lo salvaje, instintivo y dionisíaco frente a lo ordenado y lo apolíneo), lo erótico y lo tanático…

El Teatro Municipal do Porto (Portugal), en su Grande Auditorio del Rivoli, en el último día de noviembre y los dos primeros de diciembre de 2023, nos ofreció la posibilidad de entrar en el asombro y en la delicia estética que Dimitris Papaioannou nos presenta en ‘INK’. Yo lo fui a ver el sábado 2 de diciembre.

En el escenario un dúo humano, formado por el “Hombre vestido”: Dimitris y el “Hombre desnudo”: Šuka Horn, bailarín de danza urbana, con una fisionomía dentro del canon de belleza clásico occidental. La actuación implica, sobre todo en el caso de Dimitris, una gestualidad práctica, vinculada a lo laboral, al trabajo de mover objetos, como la pecera esférica o la bola de espejos, las mangueras o las láminas translúcidas, la mesa o el trípode en el que se sujeta la fuente de agua, las cuerdas y poleas ancladas a otros dispositivos, como la pared de plástico, la manipulación de la salida de agua y la colocación de diferentes aspersores, etc. Sin embargo, esa gestualidad práctica y laboral es de un virtuosismo y una precisión poemáticos y, por tanto, bella. Al mismo tiempo, aunque nos pueda recordar, en algunos momentos, al trabajo de un pescador o de alguien que está en una embarcación, como se trata de operaciones que no somos capaces de reconocer, suscitan una intriga y un interés que no son narrativos – en el sentido de la intriga de una historia – sino, más bien, la curiosidad factual, por lo que está haciendo y por cómo esas actividades transforman y dan lugar a imágenes escénicas extraordinarias. En esas transformaciones interviene el bailarín Šuka Horn, y lo hace como objeto artístico y también como sujeto actor, que se rebela, que accede o rechaza. Sus apariciones y desapariciones son siempre sorprendentes y mágicas, como si emergiese de las aguas, casi como un ser mitológico, fantástico y, a la vez, muy carnal.

Papaioannou, por la acción, es el demiurgo, el artista que pesca o caza, que crea, cría y amamanta, que pare imágenes y seres con su cabeza, con su imaginación, con sus manos, con su movimiento. La implicación es total, crear es moverse y accionar.
Aparece, con un punto paródico, la figura del domador, mientras el bailarín asume la de la fiera domada. El pescador tira las redes, en realidad es una cuerda, y en ella viene enganchado un ser semejante en el que mirarse y que también le mira. El domador o el cazador captura su presa, la eleva y danza con ella. La metáfora es clara, aunque el ambiente parezca oscuro o tenebroso.

La poética de los objetos y su manipulación los eleva también al rango de actores. Así, por ejemplo, las láminas translúcidas sirven para velar la imagen del cuerpo desnudo y, al mismo tiempo, como elemento inédito de búsqueda, de lucha, como herramienta para encontrar poesía, arte. La pecera circular es instrumento mágico que contiene y expulsa, que gira como una peonza o como un planeta, que danza y hace música. Eso mismo acontece con los diferentes chorros de agua, más o menos pulverizada y dependiendo de su trayectoria y orientación. Todo es real y suena, , por obra y gracia del demiurgo, para volverse fantástico y generar una ficción que resuena a muchos niveles simbólicos.

Lo que más me fascina de Papaioannou es su trabajo con los objetos y con los cuerpos como objetos artísticos, incluyéndose él mismo dentro del juego. La manera en la que explora calidades cinéticas, visuales y sonoras, hasta en los detalles de las texturas, los colores, los timbres. La tensión entre las evocaciones y reminiscencias culturales, artísticas y míticas, que hunden sus raíces en el tesoro de la Grecia clásica, lo contemporáneo y lo inédito y sorprendente. Me fascina su manera de inventar trucos ópticos, sin ocultar la artesanía teatral, casi como un guiño con el que, sutilmente, nos está diciendo que no nos quiere engañar o simplemente entretenernos, sino establecer una complicidad sobre la gracia deífica que, como humanos, poseemos, pese a ser, al mismo tiempo, vulnerables y desgraciados.

En ‘INK’, Papaioannou parece hablarnos, con imágenes en acción, de esa fuerza creadora y sensual, del erotismo de la creación, de la lucha, de los sueños, de la necesidad de ser valientes para valorar nuestros sueños y darle rienda suelta a nuestra imaginación.
El peligro está, quizás, en confundir toda esta belleza con una postal inocua o quedarnos con el efecto por el efecto, porque aquí, contrariamente, la emoción estética puede rascar o perturbar. Velahí, por citar solo un ejemplo, la imagen de Dimitris dándole el pecho a un bebé-muñeco, de cuya cabeza se alimentará en otro cuadro, igual que comía peces, juguete y alimento a la vez. Porque el pescador, el cazador, el domador, el artista, también pueden ser devoradores, depredadores, francotiradores. La belleza, en grado sumo, derriba compartimentos estancos, libera y desmanda.

P.S. – Artículos relacionados:

«La duración de las imágenes como acción en Dimitris Papaioannou», publicado el 21 de marzo de 2016.

«Ver para creer. Dimitris Papaioannou The Great Tamer», publicado el 1 de abril de 2018.

«Dimitris Papaioannou y su dimensión de la belleza», publicado el 20 de diciembre de 2021.

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