Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Peter Brook en El espacio vacío

Domingo, 3 de julio. Amanece nublado y la ría de Vigo muda a un gris losa. Me he despertado tarde, porque ayer también me acosté tarde. Fui a ver O porco de pé (El puerco de pie), la divertida y poderosa adaptación teatral que ha hecho Quico Cadaval del texto del patriarca literario gallego Vicente Risco. Un espectáculo que parece seguir el manual Pequeño Órganon de Bertolt Brecht. Fue en la 39 MITCF de Cangas do Morrazo.
Llueve, como suele llover en el verano, de manera tormentosa. Me llega un Whatsapp del estimado Manuel Vieites con una foto de una rosa rosa muy generosa. Una rosa de los rosales que cultiva Manuel en el huerto de su casa. En el pie de la imagen escribe “Una rosa para Brook”. Me quedo contento de recibir los mensajes de Vieites. Le respondo con unos versos de Claves líricas de Valle-Inclán, sobre la “¡Rosa Métrica do Sol!”. Me quedo también intrigado con el pie de foto. Recuerdo la foto que tenía Vieites con Brook en el despacho de dirección de la ESAD de Galicia. Pienso que era de una entrevista que le hizo en 1998, cuando el maestro británico presentó en Compostela Je suis un phenomène e Oh les beaux jours de Samuel Beckett. Espectáculos que también pude ver, aquel mismo año, en Barcelona. Poco después, otros colegas de la ESAD y de la erregueté envían mensajes con la noticia periodística sobre la muerte, hoy, de Peter Brook.
Delante del ordenador en el que escribo hay casi un estante entero lleno de libros de Peter Brook y sobre Peter Brook y su extensa carrera artística. Nace en Londres en 1925, fue director de la Royal Opera House y de la Royal Shakespeare Company, se trasladó a Francia donde fundó, en París, el teatro Bouffes du Nord y recorrió el mundo entero, en un régimen muy distinto al del turismo. Quizás de esas inmersiones viajeras sale su contacto con las enseñanzas de Gurdjieff, que también se conectan notablemente con Grotowski, o el mítico Mahabharata a mediados de los ochenta.
Mi aprendizaje teatral, igual que la de muchas personas de mi generación y de generaciones anteriores y posteriores, está marcado por las reflexiones y enseñanzas que publicó Peter Brook en sus libros, pero también por la experiencia aportada por sus espectáculos. En mi época de estudios y trabajo en Barcelona, desde 1996 hasta 2006 y en las visitas posteriores, casi cada año traían alguna de las creaciones de Peter Brook, dentro de la programación del festival GREC, de la del Centre Dramàtic de la Generalitat, sito en el Teatre Romea y luego convertido por Josep Maria Flotats en el Teatre Nacional de Catalunya. También en el Mercat del les Flors, en la época de Joan Maria Gual, quien, a finales de los ochenta, había inaugurado el edificio del Mercat de les Flors, en aquellos almacenes municipales, para albergar el Mahabharata de Brook, con Maria Aurèlia Capmany como regidora de cultura del Ajuntament de Barcelona. Lugar donde también trajo el teatro de Tadeusz Kantor y de Ariane Mnouchkine.
Después también, en Porto, en el Teatro Carlos Alberto del Teatro Nacional São João, recuerdo su versión de la ópera A frauta máxica de Mozart, en 2011, cuando su concepción teatral comenzaba a ser aún más depurada y aparentemente sencilla de lo que ya lo había sido anteriormente. En 2008, fuimos Dani Salgado, Alberte Bello y yo hasta Salamanca, al Festival Internacional de las Artes de Castilla y León, ver Warum Warum. Un dúo entre la actriz Miriam Goldschmidt y el músico Francesco Agnello, en el que la actriz parecía una mujer con súper poderes, de la que salían voces y gesticulaciones inesperadas, como si estuviese poseída por algo más que personajes teatrales. Aquel ya era un trabajo escénico que semejaba estar basado en el menos es más y que, no obstante, igual que otros en esa onda, poseía una rotundidad y una magia impresionantes.
En 1996, en el ITAE de Asturies, en el trabajo final, de cuarto curso de Interpretación, con la pieza La doma de la furia de Shakespeare, el director Santiago Sánchez (de L’Om-Imprebís. Valencia), utilizaba como una especie de guía La puerta abierta de Peter Brook y seguía algunas de las indicaciones y reflexiones que el maestro británico nos brinda en ese esclarecedor y útil volumen. Luego, me he encontrado, varias veces, tiempo después, con Santiago Sánchez en los teatros de Barcelona en espectáculos de Peter Brook. Sin duda, un lugar de encuentro que nos reconfortaba y nos reforzaba en nuestro amor por las artes escénicas y sus valores más excelsos.
Recuerdo, también, los ejercicios que nos ponía Joan Abellán, en su interesantísima e iluminadora asignatura de Llenguatge Escènic (Lenguaje escénico), en el Institut del Teatre, con el análisis, en vídeo, de la versión de la ópera de Bizet Carmen en La tragédie de Carmen, o Le Cérisaie (El jardín de los cerezos) de Antón Chéjov, que aún utilizo yo en mis clases de dramaturgia. Hay algo que atraviesa la forma teatral de época y que se conecta, ciertamente, con aquello que Valle-Inclán señala en el poema “Rosa Gnóstica”:

“Nada será que no haya sido antes.
Nada será para no ser mañana.
Eternidad son todos los instantes,
Que mide el grano que el reloj desgrana.
[…]Guarda el Tiempo el enigma de las Formas,
Como un dragón sobre los mundos vela.
Y el Todo y la Unidad, supremas normas,
Tejen el infinito de su estela.
[…]¡Todo es Eternidad! ¡Todo fue antes!
¡Y todo lo que es hoy será después,
En el Instante que abre los instantes,
Y el hoyo de la muerte a nuestros pies!”

Quizás lo que nos ha ofrecido Peter Brook, a quien le sentimos como un referente y un faro para orientarnos, va a continuar y ser después, de diferentes modos. Por eso, quizás, pese a lo efímero de todo cuanto existe y vive, como el teatro, es Eternidad.
El espacio vacío, aquel texto del que tanto aprendimos, nunca estuvo tan lleno, gracias a la intercesión de su autor, en esa concepción en la que el teatro puede ser cuando hay conexión de energías, pensamientos, imaginaciones y emociones. Un juego que nos expresa y que expresa las inquietudes que nos habitan. El espacio vacío de ruidos y adobíos innecesarios que no permiten la concentración y el florecer de la acción, como entidad humana, en colaboración, que abre cuestiones en la inalcanzable búsqueda del sentido. Pero ni ésta ni la energía se crean ni se destruyen, por eso las que ha abierto Peter Brook continúan.

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