Y no es coña | Carlos Gil

Sobre lo que pudo haber sido

En una semana apretada de emociones, donde he visto de cerca alguna de las rupturas internas que la práctica de la interpretación puede ocasionar, como es ver a una persona cercana, actuar desencajada en una presentación en Madrid, sabiendo que su madre había entrado en un estado de salud muy delicado, decidirse a viajar hasta su ciudad natal tras la actuación y tener la noticia del fallecimiento de su ser querido en pleno viaje, con lo que tiene toda la circunstancia de trágica.
De tal manera que disparó en mi memoria las situaciones propias y en compañías o grupos donde he vivido este tipo de desgarros, que me hizo entrar en un estado de gran duda, sobre si a ciertas generaciones de actores, o gentes de teatro, nos enseñaron unos valores exagerados, en donde prevalece el acto, la función que no debe parar, asunto que algunos hemos llevado hasta las últimas consecuencias, diciendo en nuestras clases, con un extraño orgullo, que una función solamente se puede suspender por la muerte propia.
Hoy digo, de manera serena, que eso no es humano. Esa actitud no aporta valor artístico al acto de hacer teatro, no es una condición necesaria, es un manera de explicar internamente lo imprescindible que es cada uno, de lo que tiene de pertenencia a una especia de religión terminalista. Hoy, insisto, abogo por la Humanidad, por las relaciones emocionales más tendentes a acercarse a lo que cada persona, cada actor o actriz, sienta, necesite. Y debo añadir un detalle importante. Si un proceso de esta características sucede en el lugar de residencia, es decir, si se puede actuar, con mucho dolor, y después y antes ir a acompañar a la persona querida que está en proceso grave, es una cosa bastante soprotable, pero sufrir eso a cientos de kilómetros, es una agonía superior. Humanidad, poner la Vida, es decir todo lo que ello conlleva, por delante de todas las retóricas y actitudes legendarias que no aportan casi nada más, que un dolor añadido. Cada persona es un mundo, cada uno suele reaccionar como puede. Y tan válido y merece igual nuestro apoyo quien se quede y aguante, como quien necesite estar cerca de sus seres queridos.
Me ha sobresaltado este asunto por varias razones. Ayer estuve viendo en el Teatro de la Abadía un espectáculo interpretado por cuatro excelentes actrices catalanes, con las que hace muchos quinquenios trabajé, con algunas soñé mundos teatrales mejores, a otras las he visto crecer encima de las tablas, hemos pertenecido al mismo núcleo. Y al verlas actuar, de manera espléndida, iba repasando parte de mi vida teatral, de mis primeros años, de la escuela, el Institut, de los primeros grupos de finales de los sesenta cuando nos llamábamos independientes y experimentales. Cuatro mujeres, actrices, directoras de gran recorrido. Muy reconocidas, haciendo un trabajo meticuloso, con personajes adecuados a sus edades, demostrando que sí existen textos para actrices de todas las edades, porque aportan mucha calidad, matices, y en esta ocasión con un buen texto, una mirada vitriólica de lo que es la realidad social y política actual.
Curiosamente con las cuatro actrices coincidí, sin saber que estaban, por la mañana en otra sala madrileña, viendo una representación de un monólogo de alguien conocido como dramaturgo y adaptador, que me pareció bastante sugerente, muy viene estructurado, muy cargado de ironía y que hablaba del teatro y la política. Es decir, que venía a cuento de lo que nos preocupa como profesionales interesados por lo que puede o debe ser esto del teatro. Y resulta que esas cuatro actrices, que tuvieron función la noche anterior y la tenían esa misma tarde, estaban allí, viendo a un compañero actuar. Y sentí mi pertenencia a esa manera de entender la profesión, la inquietud constante, el conocer lo que se hace como manera de ser.
Y sucedía, además, un día después de la presentación del último número de la revista primer Acto en la librería Yorick, donde viví una circunstancia anecdótica, pero importante, un señor de una edad parecida a la mía, que es vecino del edificio, me preguntó que pasaba porque había mucha gente, y al decirle el motivo, me preguntó, ¿todavía existe Primer Acto? Y sí, existe. Este hombre entró, escuchó y de repente salió, subió a su casa, bajó con dinero y se compró un ejemplar.
Para muchos, como tantas veces he contado, Primer Acto, y durante un tiempo mucho más corto, la revista Yorick que se editaba en Barcelona, fueron nuestras fuentes de información, de formación, el lugar donde conocíamos algo de lo que pasaba en el mundo. Hoy ha variado mucho todo, el mundo en general, la información o su simulacro en particular, pero ver cómo Primer Acto proporciona dos veces al año un conjunto de informaciones, temas, opiniones y textos, sobre las artes escénicas, me hace confiar en el conjunto de los hacedores de las artes escénicas, especialmente en quienes se dedican además de a hacer, a pensar y analizar, dentro de sus posibilidades. Por cierto, y perdonen las anécdotas, una de las actrices de la obra señalada acudió a la librería a comprar un libro y se encontró con la presentación. Y la disfrutó.
No quisiera despedirme sin señalar una nueva muestra de la inutilidad (creo que rozando lo delictivo) del INAEM. Se van a perder una serie de subvenciones europeas para la danza porque no han sido capaces los aparatos funcionariales de ese ente fantasma de cumplimentarlas en plazo. Desde dentro el funcionariado denuncia la falta de personal, la prohibición de reposición de las plazas que se van jubilando. Patético. No tengo palabras. He agotado los adjetivos. El descaro de este equipo ministerial es de aurora boreal. Quizás sea la evidencia de lo que pudo haber sido y no es. Pero siguen haciéndose fotos, que es lo que les importa.

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