Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

¿Tres cerebros en uno?

¿Quién no ha oído eso de que el cerebro tiene tres partes o que existen tres cerebros como consecuencia de la etapa evolutiva? Pues yo creo que lo hemos oído/leído todos, y es normal porque se dice/lee con frecuencia. Desde que a mediados del siglo XX Paul MacLean hablase de un cerebro estructurado por capas, este concepto inexacto ha calado tanto en el inconsciente social que está costando horrores hacer entender lo erróneo del planteamiento. Es normal. Se trata de un concepto intuitivo y, por tanto, fácil de aplicar. Su aceptación, por ejemplo, lleva a asociar comportamientos no racionales a quien no dispone de la supuesta última etapa evolutiva cerebral, el neocórtex, nada más lejos de la realidad.

Se lleva décadas hablando del primer cerebro o cerebro reptiliano como aquel responsable de los valores instintivos o de supervivencia, de la segunda capa conocida como cerebro límbico, donde residen las respuestas emocionales y de la tercera capa y más evolucionada por ser el último en la escala evolutiva, conocida como el neocórtex donde reside la respuesta racional. No pretendo presentar aquí teorías que desde la biología y, sobre todo, desde la genética molecular, demuestran que todo tipo de cerebro de reptiles y mamíferos no humanos, tienen el mismo tipo de neuronas que los humanos, pero así es, créame, puede consultarlo en internet. La consecuencia lógica es asumir que la evolución no añade capas a la anatomía cerebral como si fuesen los anillos del tronco de un árbol, otra cosa es que existan estructuras corticales y subcorticales en las que se revela una activación mayor que en otras como consecuencia de determinados procesos cognitivos o afectivos. 

Lisa Feldmann comenta en su magnífico “Seven and a half lessons about the brain” que el cerebro de todos los mamíferos se desarrolla siguiendo el mismo plan, lo que cambia es la duración más o menos larga de su desarrollo. Por ejemplo, en el hombre, como especie, es más larga que en una rata, pero no necesariamente más evolucionada, vaya que las ratas también piensan. Sucede con las especies y con el tiempo, esto es, todo cerebro tiene el mismo tipo de neuronas con independencia de la época temprana o moderna que le haya tocado vivir en la evolución. ¿Y a cuento de qué viene esto? Para afirmar que no existe una batalla interna entre la emoción y la razón: las dos están presentes. No existe un cerebro más racional u otra más pasional. No debería existir, en definitiva, una construcción de personaje desde la razón o la emoción, la construcción del personaje por parte del intérprete usa de todos sus recursos cognitivos y emocionales.

Una regla de oro de la escritura recomienda no explicar al lector lo que les pasa a los personajes o qué sucede a lo largo de la narración; lo que debe de hacerse es dar al lector los elementos necesarios para que lo entienda por sí mismo. Lo mismo le sucede al trabajo de un intérprete. Este no debería trabajar para que el espectador entienda lo que dice, el, mal entendido, concepto de trabajar para su neocórtex asumiendo que será esa parte de su cerebro la capaz de procesar la lógica de sus argumentos. De igual manera no trabaja para que el espectador perciba alejado de la racionalidad por más que el postmodernismo de su trabajo le aleje de ella. Sencillamente, es un error hablar de un cerebro que entiende y otro que percibe por lo que el intérprete no debe caer en el error de trabajar condicionado por este binomio.

Acercándonos más al mundo de la interpretación, como actor formado, he estudiado el dualismo cartesiano. El dualismo de la naturaleza humana es un tema central en el pensamiento de Descartes quien separa las sustancias explicando la relación de los procesos mentales con los procesos físicos (el llamado problema cuerpo-mente).  Este problema que se ha exportado a la formación y práctica teatral, el de explicar la relación entre dos instancias diferentes y separadas, cuerpo-mente, razón-pasión, no tiene un soporte biológico que lo valide. El trabajo del intérprete está más cerca de los postulados teóricos de Humberto Maturana y Francisco Varela a quienes insto a leer. El intérprete debe conocer la neurofenomenología, corriente científico-filosófica que apadrinaron el siglo pasado apoyada en la convicción de que no tenemos nada que se asemeje a una mente o a una capacidad mental sin que esté totalmente encarnada o incorporada corporalmente, envuelta en el mundo. Y como no hay una mente separada de un cuerpo, no hay una razón separada de una percepción. El cuerpo de un intérprete que es activo, que se mueve y que interactúa con sus compañeros en escena, enacciona, o lo que es lo mismo, describe y define sus propios dominios cognitivos con todo su cerebro y su cuerpo, y sus estructuras cognitivas emergen de la articulación recurrente entre el cuerpo, el sistema nervioso y su entorno. Esto es lo que recibe el espectador, una percepción no condicionada por la razón o la emoción. 

Todos tenemos un cerebro, no tres que nos hagan entender una cosa por un lado y otra por otro. Sencillamente nuestro organismo no funciona así. Intérprete, no tienes tres cerebros. El espectador tampoco, así que piensa si es licito seguir hablando de trabajo emocional o corporal o dar el salto a la creación holística, dominio del cerebro no tripartito. 

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