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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Hay una contracorriente que pretende rescatar al individuo de tanta uniformidad que nos rodea.

Introducimos una palabra en un buscador de Internet y los resultados que aparecen no son para todos igual. El buscador ha sido confeccionado para que el orden de las páginas resultantes se adecue a nuestros intereses. Incluso las noticias que aparecen en algunas páginas web se filtran en función de lo que el buscador entiende que son nuestras tendencias ideológicas. Es cierto que esta sigilosa forma de seleccionar la información es controvertida, puesto que nuestro conocimiento tiende a menguar si se alimenta sólo de lo que aparentemente nos interesa, pero, a falta de que se perfeccione, tiene sus indudables ventajas. Así, por ejemplo, si tecleo "nuevo libro" en el buscador de mi ordenador probablemente aparezcan primero aquellos nuevos libros relacionados con las Artes Escénicas, y si ocurre algún suceso relevante en el mundo del arte, seguramente no tarde en aparecer en las noticias de las páginas web que visito.

En medicina la última gran revolución es la individualización en el tratamiento de las enfermedades. Después de haberse descubierto el código genético, ha quedado claro que no todos respondemos de igual forma a las mismas terapias. Lo que para un individuo puede ser beneficioso tal vez no lo sea para otro. El futuro, según dicen, es optimizar la terapia en función de las especificidades genéticas de la persona. En unos años no será extraño si nos hacen un análisis de nuestros genes antes de recetarnos ningún fármaco.

Hay más ejemplos en otros flancos. Conozco una pastelería cuyos productos son todos diferentes. No hay un pastel igual que otro, de tal manera que degustar uno de ellos es sin duda una experiencia irrepetible, única e intransferible. Hay empresas que se han especializado en la elaboración de regalos personalizados con fotografías. Se envía una foto y con ella hacen camisetas, tazas, bolígrafos y hasta cojines. Quienes desarrollan dietas de adelgazamiento presumen cuando hacen un seguimiento personalizado del cliente. Y en los gimnasios se ofrecen entrenadores personales para ponerse en forma. De todo ello se deduce que individualizar la oferta es un valor en alza en un mundo cada vez más globalizado.

En este sentido el arte tiene una capacidad especial para relacionarse con lo colectivo y lo específico, para comunicarse de manera simultánea con todos en general y con cada uno en particular. Cuando una obra de arte cautiva, se tiene la ilusoria sensación de que el autor creó aquello expresamente para uno, para que nos cuente algo crucial que necesitamos saber en ese preciso momento. El libro bueno tiene la asombrosa capacidad de hacerte sentir en la mejor compañía aún sabiendo que estás solo, al tiempo que te susurra al oído historias con la delicadeza con la que se cuentan secretos inconfesables. Ante un gran espectáculo sucede un hechizo similar. En medio del patio de butacas uno siente una placentera soledad, como si por un momento el resto de los espectadores hubiese desaparecido, como si uno fuese el único testigo del evento que tiene enfrente, el privilegiado que asiste a un extraño sueño hasta que los aplausos le despiertan. Parece una experiencia un tanto abstracta y tal vez difícil de conseguir. Pero en ocasiones sucede. Mi última vez fue hace un par de meses viendo un espectáculo de la compañía Teatro delle Ariette.

Con el miedo de diluirnos en una marabunta que avanza ciegamente hacia no se sabe dónde, sacar la cabeza entre tanta igualdad impuesta se vuelve un instinto de supervivencia. En unos tiempos donde sólo lo material y lo contable parece tener derecho a la existencia, lugares donde se nos mire a los ojos, donde lo general no difumine al individuo, donde los diálogos no sean monólogos intercalados y la escucha sea la antesala de la reflexión, son espacios en extinción. La escena, en sus múltiples expresiones, es uno de esos espacios en extinción pero que, a pesar de la precariedad, amenaza con mantenerse perpetuamente, pues su presencia resulta más necesaria a medida que el entorno se vuelve más impersonal y estandarizado. Con esa gustosa contradicción en mente seguiremos trabajando en la escena también el año que viene.

Desde aquí ya sólo me queda desearte un feliz año nuevo. Sí, sí. Especialmente a ti.