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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

En medio de la noche alguien busca algo bajo la luz de una farola. Otro alguien se le acerca, un vecino suyo tal vez, y pone voz a la pregunta obvia: "¿Qué buscas?". Sin levantar los ojos del suelo, se escucha la respuesta: "Las llaves del coche. Se me cayeron al abrir la puerta del coche". El vecino se extraña, pues sólo ve un coche alrededor, y éste se encuentra a unos veinte metros. Vuelve a poner voz a otra pregunta igual de obvia: "¿Pero qué haces buscando aquí si el coche lo tienes allá?". Sin levantar la cabeza responde: "Lo sé, pero aquí es el único sitio donde hay luz".

Esta historia o una similar, pues tiro de memoria y la memoria fabula por su cuenta, se la oí a un científico ya muy entrado en años, con casi todos los pasos dados y el siguiente camino del retiro, cuando explicaba a un grupo de jóvenes investigadores algunos de los problemas que se iban encontrar. Según decía, uno de los más grandes es precisamente buscar sólo allí donde los métodos funcionen, y hacer de esa búsqueda parcial una explicación global. Dicho de otro modo, lo que no detectas no significa que no exista. O siguiendo la historia que abre la columna, que busques bajo la luz de la farola no significa que vayas a encontrar ahí lo más interesante que esté a tu alcance. El comentario lleva el filo cortante, en particular para cierta parte de la comunidad científica, que hace muy suya la tendencia de aplicar un único prisma a las cosas y tratar de reducir nuestra existencia a todo lo que queda dentro del cristal, desechando el resto que se ha quedado fuera por inmedible, o peor, por incomprensible.

Me vino a la cabeza este tema cuando hace unas semanas cacé un curioso discurso sobre cómo funcionan los buscadores en Internet, algo que ya apunté en algún otro escrito. Resulta que si dos de ustedes teclean "Siria" en alguno de estos buscadores, lo más probable es que los resultados no coincidan. Así, por ejemplo, si uno tiene ciertas inquietudes sociopolíticas, en la primera página del buscador aparecerán seguramente noticias relacionadas con las últimas revueltas, y si el otro se interesa más por los viajes y la buena vida, esa primera página será ocupada por agencias de viaje o rutas turísticas. La cuestión, a priori, puede parecer un avance. El slogan, al menos, tiene gancho: información individualizada en un mundo global. Sin embargo, en el fondo, este supuesto progreso hace que nos alimentemos constantemente de la misma información. Si usted tiene una ideología de izquierdas, su buscador, muy astuto él, lo percibirá y, en consecuencia, cada búsqueda dará unos resultados con un determinado tono político. Lo mismo pero a la inversa sucederá si usted se inclina por ramas derechistas. Y así, como sin querer, como haciéndonos el favor, se nos incita a perpetrar nuestras creencias por inercia, limitando la posibilidad de reflexión y de cambio. Volviendo al discurso del inicio podríamos decir que los buscadores, tan altruistas e inocentes en apariencia, ponen farolas que nos incitan a encontrar unas cosas y no otras, disfrazando de libertad lo que en realidad es un adiestramiento sutil y silencioso.

A vueltas con la cuestión, como mi mente tiene la dirección desviada, pronto me puse a pensar en las Artes Escénicas. Quienes nos dedicamos al arte escénico, ¿no estaremos acaso alimentándonos siempre de los mismos estímulos? ¿No estaremos poniendo siempre las farolas en los mismos sitios? ¿Dónde esta la verdadera indagación en el Arte Escénico? ¿Allí donde hay lumbre? ¿O precisamente allí donde no la hay, en medio de una oscuridad que diluye conceptos como producto, éxito o fracaso? Pienso también en quienes gestionan la cultura, pues su oficio en cierto sentido consiste en poner farolas, en ofrecer lugares para que la gente explore y encuentre. Me pregunto entonces si el buen gestor no es aquel capaz de mover sutilmente la farola de vez cuando para descubrir a sus espectadores amplios y diversos espacios de búsqueda. Alguien que fomenta el encuentro con lo habitual pero también con lo más impredecible, permitiendo que a través de la experiencia de ese tipo de encuentros el espectador forme su propio criterio.

El pensamiento que sólo piensa, sin una práctica que le frene el vuelo, enseguida se vuelve utópico e idealista. Y es entonces cuando divago en posibilidades que puedan equilibrar los dos extremos, el de la búsqueda con lumbre y sin lumbre, con farola y sin farola. Pues la luz y la oscuridad en exceso tienen la misma consecuencia: la ceguera.