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Sáb, Dic

La fuerza de la raíz

Sé de una higuera que talaron y volvió a brotar. Nadie supo quién la plantó hace muchos años, pero varias generaciones de niños crecieron a su sombra y subieron a sus ramas para coger los sabrosos frutos. Creció junto a un pozo que estuvo a punto de secarse por las raíces del árbol. Decidieron cortarlo, el pozo volvió a dar agua en abundancia y, al cabo de un tiempo otra higuera o quizás la misma comenzó a crecer en el mismo lugar.

Nadie sabe cómo los humanos tenemos cierta atracción hacia el lugar donde crecimos, por más que las circunstancias de nuestra vida nos alejaran de donde renegábamos y prometimos que nunca volveríamos a pisar. Los antropólogos sí lo saben explicar. Es una cuestión de identidad que las personas llevamos en nuestro ADN aunque hayamos sentido desarraigo y aversión. Pareciera que cada individuo llevara un circuito impreso en su cerebro donde se ubica la memoria que, aunque le haya querido desconectar –salvo por cuestiones traumáticas– ese circuito se reactivara automáticamente cuando recibe ciertos estímulos externos. La raíz enraizada hace que el árbol vuelva a crecer.

Ésta parece ser la tesis de Gustavo del Río, autor de “Castrapo”, un texto que describe la historia de un joven que regresa a su Galicia natal después de haber encontrado el desarrollo personal y el éxito en la ciudad de Madrid.

La obra narra el viaje del protagonista Daniel en tren desde Madrid hasta A Coruña junto a una pasajera que una y otra vez –casi hasta la impertinencia- le evoca las bondades de su tierra gallega: el pulpo, los mejillones, los cachelos, el albariño, el ribeiro, las múltiples “feiras” donde abundan las viandas copiosas, la música y la confraternización.

Daniel, después de haber perdido el manuscrito de su nuevo libro “Castrapo” –término que él define como el uso del castellano y el gallego mal hablados– viaja junto a Rosa, una gallega parlanchina y simpática que mezcla las dos lenguas con desparpajo. Hay una sutil metáfora en esa pérdida porque es el inicio para retomar la búsqueda de la identidad.

La obra transcurre de forma lineal. Sin embargo, a modo de técnica cinematográfica, se intercalan escenas en las que el protagonista evoca su infancia junto a su padre en la aldea; asimismo, hay escenas donde Daniel relata recuerdos de la separación de sus padres y contrapone la vida de su madre en la ciudad de A Coruña –otra metáfora de la modernidad– con la de su padre en el mundo rural.

La pieza, que muestra desde el comienzo un rechazo, disgusto y contrariedad hacia todo lo gallego, hacia la tradición, por parte de Daniel, traza un progresivo acercamiento –no solo físico– y aceptación por lo que parecía perdido y odiado hasta llegar a la reintegración en la cultura gallega. Los recuerdos musicales, la amabilidad de Rosa que maternalmente le cubre con su anorak para evitarle el frío, el sueño de Daniel, las imágenes de la infancia con una maqueta que su padre había construido con sus manos, hay un conjunto de estímulos que reactivan el ADN identitario de Daniel.

La puesta en escena dirigida por el mismo autor e intérprete del texto posee, ante todo, cierto cariño hacia la patria de origen y mucha honestidad escénica. Muestra dos espacios bien diferenciados: el tren y la vivienda de la infancia; y en la parte trasera de esta escenografía poética se ubica una mujer que, con una voz espléndida y magnífica entonación, canta canciones, y se acompaña de una pandereta con sonajas, del folclore tradicional.

Con todo lo dicho, en ningún momento parece que el espectáculo hablara de morriña o nostalgia; no, hay una propuesta intelectual de recuperación sicológica y cultural. Es un trabajo que apuesta por recuperar la memoria individual y colectiva desde una perspectiva antropológica. Por supuesto, también hay cierto cariño y emoción en la propuesta; pero en “Castrapo” se aprecia un texto integrador que, alejado de añoranzas, permite reflexionar y confluir el pasado con la modernidad.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: Castrapo. Autor: Gustavo del Río. Escenografía: María Luisa de Laiglesia. Vestuario: Fernando Cayazzo. Iluminación: Esther Ajo. Dirección: Gustavo del Río. Compañía Os Náufragos Teatro. Sala Cuarta Pared de Madrid. En gira.

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