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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

El cerebro, como la política, se ha dividido tradicionalmente en dos mitades teóricamente bien diferenciadas, pero cuya división no siempre se ha visto trasladada a la práctica. Según esta partición del cerebro, el hemisferio izquierdo estaría ligado a un pensamiento racional y lógico, mientras que el derecho guardaría funciones relativas a la imaginación o la intuición. De esta división cerebral pronto se pasó a clasificar a las personas en función de cuál de las dos mitades predominaba. Si en la hipotética balanza la parte izquierda pesaba más, nos encontrábamos ante personas de pensamiento rectilíneo, herméticas, con tendencia a imponer la razón y la lógica sobre los instintos. Si, por el contrario, la parte derecha era la de mayor peso, ello significaba que la persona era alguien capaz de moverse con eficacia a golpe de instinto y de hacer volar su imaginación sobre la aparente banalidad de las cosas. Con esta simplona perspectiva, el estereotipo para la personalidad del artista estaba hecho: quien poesía un don artístico era alguien con una suerte de hipertrofia del hemisferio derecho, dotado de una capacidad creativa innata y que, debido a esa misma naturaleza, funcionaba a brotes de genialidad, sin organigrama preestablecido. Por defecto, los adjetivos para este estereotipo de artista cayeron como piezas de dominó. El artista era necesariamente alguien extravagante, ciclotímico, indisciplinado, irracional, alguien incapaz de aprobar matemáticas en el colegio cuando era niño, y que de adulto considera que madrugar es levantarse a las 10 de la mañana.

En la actualidad esta división que asocia las dos mitades del cerebro con funciones y habilidades concretas se ha puesto en entredicho por gran parte de los estudiosos de la mente. La explicación, aplicando la razón o la intuición, es obvia: aunque a simple vista (y teóricamente) podamos dividir con claridad ambos hemisferios, en realidad los dos trabajan de forma coordinada, lo que impide deducir de forma taxativa qué funciones específicas realiza cada uno. Lo cual se puede decir de otro modo: cada función cerebral, sea lógica o intuitiva, concreta o abstracta, matemática o metafórica, aunque aparentemente esté localizada en uno de los hemisferios, es muy probable que necesite de la colaboración del otro hemisferio para poder llevarse a cabo. Concluir que cada mitad del cerebro y la forma en que ambas se equilibran nos conduce a determinadas conductas de pensamiento, no responde pues a un análisis riguroso del funcionamiento cerebral, sino más bien a la tendencia tan antigua y tan propia de Occidente de pensar la realidad en pares opuestos, para ordenarla y comprenderla mejor.

Esa perspectiva del cerebro según la cual el pensamiento artístico viene determinado por el hemisferio derecho, y en consecuencia, por el predominio del instinto sobre la lógica, es pues un mito sin fundamento. Y en realidad, si echamos un vistazo a la historia, esta relación entre el pensamiento creativo y racional tiene más convergencias que enfrentamientos.

En el Renacimiento, en una de las grandes eclosiones artísticas de todos los tiempos, cualquier creador de prestigio se veía obligado a integrar dentro de su proceso creativo los últimos conocimientos de la ciencia. Pensamos en Leonardo da Vinci y no sabemos si estamos ante un artista con alma científica, o viceversa. Pensamos en otro pintor de otro lugar y tiempo, como Goya, y también intuimos que en él instinto y raciocinio se conjugaban de forma muy particular. ¿Cómo explicar si no esa doble vida que le llevó a ser pintor respetado de la corte, y al mismo tiempo autor de esos arrebatos grotescos y perturbadores que son sus pinturas negras? Encontramos ejemplos también en otras artes. La música, al parecer, está estrechamente relacionada con las matemáticas, y de hecho se ha demostrado que matemáticos y músicos expertos utilizan los mismos circuitos cerebrales cuando trabajan en su oficio. Vemos una película de John Ford y no podemos evitar pensar que cada encuadre, cada movimiento de cámara obedece a una geometría cuidadosamente estudiada. En teatro, gran parte de las vanguardias del siglo pasado evolucionaron gracias a que muchos creadores aplicaron a la escena una perspectiva racional, casi científica. Ahí están Appia, Meyerhold, Brecht, Barba... Incluso Artaud, un visionario aparentemente irracional, dijo que su teatro requería de una organización matemática de los elementos escénicos para ser eficaz.

Como ven, la teoría de los hemisferios no permite aclarar por qué una persona es artista y otra no lo es. Pero no se preocupen, seguramente hay (y habrá) más teorías que traten de descifrar los secretos que se esconden detrás de una mente creativa. A mí me da la sensación, sin embargo, de que cuanto más intentamos explicarlo, más lejos estamos de entenderlo.