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Jue, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

La crisis económica globalizada parece que se fundamentó en productos financieros que tenían mucha imaginación, o mucho morro, y muy poco aval. Conversando con amigos dedicados a la bolsa hablaban con frecuencia insistente de “comprar futuros”, que era una espléndida metáfora con la que los inversionistas se dedicaban a pagar sobre el supuesto valor que tendrían las cosas a doce meses o tres años vista. Se jugaba con las cartas marcadas, pero se movían expectativas, se generaba un aire de optimismo y, como se ha visto, caían los pardillos con sus ahorros mientras los especuladores, los manteros de las finanzas se enriquecían hasta poderse comprar, auténticamente, su futuro a costa del de los demás. Y en esas explotó la burbuja.

Hemos dicho en otras ocasiones que se podía hacer un parangón entre la burbuja inmobiliaria y la teatral, que se vivía por encima de las posibilidades objetivas, que se inflacionó toda la cadena y ahora estamos en los ajustes duros que llegan por los cuatro costados. Por lo tanto, situados en el centro geométrico de esta situación, como los pistoleros en las películas del oeste, quisiéramos vislumbrar la mejor manera para que los futuros no se compren, sino que sean posibles. Es decir, ¿cómo se regenera el tejido productivo, cómo se consolidan las programaciones y qué necesita actualmente el teatro o la danza, para encontrar a sus públicos que les ayuden a sostenerse?

Como no vendemos humos, ni tenemos respuestas, nos limitaremos a transmitir sensaciones. Estuvimos en Bogotá en VIA, que es el Gran Mercado para las posibles transacciones entre los creadores y productores latinoamericanos y los promotores y programadores latinoamericanos y norteamericanos. Estamos hablando de una sección dentro de un festival como el Iberoamericano de Bogotá, con una programación exuberante, fantástica, espléndida, que tiene una proyección ciudadana innegable, dando una imagen de ciudad y de país, realmente gratificante. Esta contextualización viene a cuento porque además de la pura exposición que es la programación del festival, con grandes montajes internacionales, en los días de Mercado, las entrevistas de mayor frecuencia eran con productores colombianos, algunos de los cuales tenían sus espectáculos en la programación, pero otros muchos no, y hasta se ofrecían los showcase que es otra modalidad efectiva, aunque peligrosa al hacerse partes de espectáculos desgajados, lo que pueden confundir.

Por lo tanto, y hasta donde podemos conocer, los programadores de teatros o festivales españoles, se vieron citados por decenas de vendedores, y su callada labor fue la de atenderlos con educación y dispensar palabras esperanzadoras, recopilar folletos, y aplazar decisiones que, por cierto, ya estaban tomadas en muchos casos, ya que parece más que lógico que para hacer una buena programación o para gestionar festivales de relevancia, las decisiones y el conocimiento de los espectáculos deba ser por otras vías, además de estas citas. Y estas citas, como VIA, como las Ferias, como todas las plataformas que existen, son necesarias, nadie lo pone en duda, lo que quizás sí podríamos es cuestionar su auténtica eficiencia. Estadística y emocionalmente.

Son necesarias, a mi entender, porque en todos los estamentos hay diferentes niveles de poder adquisitivo, de profesionalización, de posibilidades de contratación, de disposición de personal y un largo etcétera de factores. Y estos encuentros, en primer lugar, generan ilusiones, expectativas, esperanzas que ayudan a crecer. Otra cosa es que la asimetría entre lo ofertado (demasiado), y lo que se puede adquirir en términos absolutos, en términos de dinero (muy poco), está muy distanciado. Los presupuestos que actualmente circulan para la contratación probablemente no podrían absorber ni un diez por ciento de las producciones colocadas en el mercado. Este es un gran problema. Un grave problema porque esta desmesura no es buena para el sistema, ya que los factores que intervienen en una selección de espectáculos para una programación se contaminan por circunstancias ajenas a la propia dialéctica de la programación, es decir del encuentro entre las obras y sus espectadores desde una mirada estrictamente cultural, artística, teatral y suelen pesar bastante más todos los condicionantes económicos, sociales o de paisanaje.

Así las impresiones sacadas en Bogotá, las vividas en Albacete, las que arrastramos de otros eventos en donde el objetivo final es la compra-venta de esos futuros, de esas esperanzas, el cruce entre la oferta y la demanda, o como quiera llamarse esta parte del negocio, nos deja, una vez más, con la amargura de saber que es imposible que todo lo que gusta, se entiende tiene valor artístico, pueda sobrevivir en las condiciones adecuadas para su desarrollo y crecimiento. Que nos tememos que la cuerda se romperá por el mismo sitio, la auto explotación de los únicos que viven con ilusiones más allá del pragmatismo contable: los actores, autores, directores jóvenes o veteranos, que van a seguir con sus montajes, sus producciones, malviviendo, malvendiendo, pero con la esperanza de que están invirtiendo en su futuro y de que su presente, al menos, tiene el valor añadido de la dignidad y la vocación mantenida más allá de las adversas circunstancias.

Estos valores no cotizan en bolsa, pero son imprescindibles para que la maquinaria funcione. Sin estos utopistas, enajenados, queridos artistas, se bloquearía el sistema. ¿Nadie se ha dado cuenta? Creo que sí, pero siguen jugando con las cartas marcadas y como hasta la fecha se han inmolado económicamente suficientes grandes actrices y directores, se ha quemado productoras, compañías y grupos, y sigue aumentando la nómina de los vendedores, de los que están dispuestos a volver a empezar cada día, se ha creado una convicción nefasta y a nadie le preocupa demasiado, están convencidos que jamás se producirá la rebelión de los teatroheridos. Ellos son imprescindibles, los irreductibles, a los que hay que defender y proteger de las especulaciones y los tiburones.