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Dom, Ene

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

En mi afán por vivir lo más tranquilo posible, un anhelo supongo mayoritario, siempre traté de estar bien con Dios y con el Diablo, por lo que algunas veces fui santificado y otras tantas, demonizado. En definitiva, ojalá más temprano que tarde, todos terminamos dándonos cuenta que para vivir en paz, nos vemos forzados a pelear algunas guerras. La vida está hecha de algunos triunfos y muchas derrotas.

 

En este periplo solemos jactarnos de nuestros triunfos como logros absolutamente personales y culpar a otros, incluso al universo de nuestras derrotas, incluso las más insignificantes.

Algo hay de eso, pero no podemos negar cómo gran parte de nuestro devenir es propiciado por nosotros mismos, por nuestro propio actuar o manera de enfrentar las situaciones.

Si se han visto diablos vendiendo cruces, por qué no han de existir dioses vendiendo vicios. Todos hemos sido en algún momento de nuestras vidas vendedores, y en otras, compradores.

Ya se le ha dado como bombo en fiesta a la pedofilia dentro de la Iglesia y también a narcotraficantes supliendo el rol benefactor del Estado frente a los más desposeídos, por lo que no vale la pena seguir en lo mismo, aunque un cambio radical es necesario de forma inmediata.

Blanco y negro, el ying y el yang, la eterna lucha entre el bien y el mal, la ley de los opuestos, así como es arriba es abajo...

Nadie, nadie puede librarse de esta dualidad de contrarios. En cada uno de nosotros existe la lucha eterna entre el bien y el mal. Nadie podría negar como en más de alguna oportunidad hemos insistido acaloradamente sobre nuestra posición, incluso a sabiendas de estar equivocados.

¿Por qué?

Simplemente porque no nos gusta perder, a nadie le gusta perder. Tal vez es por eso que evitamos nuestras guerras, porque, aunque si estamos en lo correcto, el riesgo de perder siempre existirá y no queremos arriesgarnos.

Si no nos atrevemos a luchar por el riesgo a perder, entonces también estaremos limitándonos, e incluso anulándonos en nuestra posibilidad de ganar.

Quien no se arriesga no cruza el río, y aunque no sepamos nadar, debemos encontrar el medio para llegar al otro lado donde todo puede ser mejor.

Aunque no tengamos las armas necesarias, el intelecto humano siempre ha salido airoso al inventar nuevas vías de solución para los problemas de siempre.

No se puede estar siempre bien con Dios y con el Diablo, lo que nos llevará a múltiples batallas, ya sea con el uno o con el otro. Lo importante es ser consecuentes con nosotros mismos para, en definitiva, estar en paz con nuestro ser interior, esa es la verdadera paz, no la que se consigue acicalando las alas de un ángel para tener acceso un trozo de paraíso, ni sobándole la cola a satanás para tener el pedazo menos caliente del infierno.

La historia lo ha comprobado hasta el cansancio; cuando uno gana, alguien pierde y no hay victoria valedera si ésta se yergue sobre la derrota de otro.

¿No pelear? ¿Aceptar sumiso cualquier situación por muy negativa que ésta sea?

Equilibrio, moverse con cautela sin jamás caer en los extremos de derrotar para ganar, aunque esto signifique enemistarse de vez en cuando con Dios, y otras veces con el Diablo.