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Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Estoy en la calle. Vengo de Leioa camino de Valladolid. Llueve, hace frío, el calor ahoga y el sol tuesta la piel magullada por la vida comida a dentelladas. La calle, la puta calle, cada vez se parece más a un jardín de infancia o a un patio de residencia de ancianos. Me refiero a lo que vemos en la calle con marchamo de teatro. ¿O quieren decir circo? ¿O quieren decir danza? ¿O se trata ahora mismo de fundir y confundir realidad con lo performativo más chato y primario?

No hagamos un conflicto de lo que parece ser algo estacional y coyuntural, sin más vocación que la supervivencia. Vaya, lo quiero arreglar y me vuelvo conflictivo. Escucho voces que me reclaman: ¿por qué no admites capullo que ya se ha pasado el tiempo del teatro del calle como intervención urbana? Ahora estamos en al calle porque no nos dejan estar en las salas. O sí nos dejan pero a tiempo parcial. Y si sacamos unos bolos en la calle, aunque sea en detrimento de nuestro espectáculo, ¿a ti qué mierda te importa? Tienen razón, estamos en la demagogia de las cantidades, de lo populista, de las hordas consumistas que ocupan espacio y salen en las fotos. El contenido de las obras se queda en las buenas intenciones. Las formas no importan.

Pero Juan Carlos Pérez de la Fuente ya es historia del Teatro Español y sale despotricando de una manera muy fea, partidista y barata con los actuales (i)responsables de los asuntos culturales del ayuntamiento de Madrid. Sin darse cuenta, estas últimas declaraciones les da la razón a los que le destituyen. Su nombramiento fue controvertido. Y su salida más. Yo apoyo el cumplimiento de los compromisos contractuales. Si se hacen una convocatoria pública se debe aguantar el nombramiento, aunque no guste. No es de recibo que cada vez que llega alguien a la mayoría política de una institución cambie todo en los puestos de decisión en asuntos culturales.

Abogo, declaro, me rompo la camisa por la Cultura como un valor estratégico, troncal de una ciudad, una región, un país una humanidad. Pero lo que dice el señor Pérez de la Fuente es un resentimiento político frentista. Si le despiden porque han perdido su confianza en él, es feo, muy feo, no me gusta nada pero es legítimo. Porque se tarta de un cargo de confianza fuera de normativa sindical. Y eso no es dictadura, amigo. Dictadura es otras cosas que lo deberías saber porque no hace tanto hiciste un espectáculo con una obra de Ignacio Amestoy sobre Ridruejo y allí se daban pistas. ¿O no te enteraste?

Peor yo vivo en otro conflicto que me afecta más aunque suceda a varios miles de kilómetros, en Colombia, en Bogotá, donde está aflorando una situación económica, de mala gestión, de arbitrariedades tanto en su Festival Iberoamericano, como en la Fundación Teatro Nacional. Y afecta a personas a las que admiro y quiero. Me debato en la contradicción de sentirme tomando partido instantáneo, peor queriendo saber mucho más. Y me encanta la solidaridad profesional y política que se ha producido con Daniel Álvarez Mikey, hasta ahora el arbitrariamente desposeído de su vinculación orgánica y contractual, que ha sido el que ha destapado la olla. Y vamos viendo día a día que existía mucha miseria, mucha ocultación, muchas ambiciones personales camufladas y puede ser que hasta aparezcan rasgos de corrupción.

No quiero ser oportunista, pero quienes me escuchan y me leen saben que llevo años diciendo que el FIT de Bogotá era inabarcable. Lo mismo que le empieza a suceder a Santiago a Mil. Y aquí paro con los ejemplos, porque no es una postura conflictiva proclamar, reclamar que se debe volver a pensar qué son los festivales, para qué se hacen, con qué objetivos dentro de una planificación general. Hacer una reflexión de manera global, universal y después buscar salidas locales. En esas debíamos estar, lo mismo que pensando qué hacemos con las instituciones culturales y teatrales emblemáticas en el Estado español. Pero seguimos hablando de la incultura de los (i)responsables políticos de estas instituciones. Desde luego en Madrid, la cagada es constante y perpetua, pero en Barcelona a punto han estado de entrara en una situación peor, poner al zorro a cuidar de las gallinas. No hay solución. No se trata de voluntad, ni amigos, ni buen rollo. Hay que ir a cara de perro, con el cuchillo en los dientes, hay que pelear y conquistar estadios de libertad democrática a base de reflexionar, pensar y ejecutar planes para nuestros nietos. O dejarse morir en esta iniquidad, con tantos gestos sin otra explicación que la falta de criterios.

Buena semana.