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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Empecemos por unos obituarios sentidos, el hermano Carlos de Jaime Chabaud, el de Gustavo Tambascio, un hombre de largo recorrido en el teatro. Debería seguir con algo que me dejó satisfecho, la mención de sus antecedentes teatrales de varios de los premiados en esa mala gala de los Goya. El de actor revelación, Eneko Sagardoy mencionó a quién le metió el veneno del teatro, la interpretación, y resulta que murió antes de ayer, José Martin Urrutia, que desde la ikastola de Durango iba creando cantera, inoculando el teatro a la población escolar, que después los más tocados podían canalizar en el grupo amateur Karrikan Antzerki Taldea. Está bien reconocer los orígenes. Está bien saber que son esas personas que trabajan en la base las que hacen verdaderamente que existan  amantes del teatro del futuro. Mi homenaje a todos y todas quienes dedican su vida a estos menesteres. Y bueno es que alguno como Eneko, reconozca que sin ese teatro de niño, esas furgonetas de joven, muchos no podrían alquilar el traje de la gala de ayer. Bueno, se acabó la melancolía y empieza la dialéctica.

Estos días se ha comentado universalmente un asunto que al venir de unos titulares de prensa que, como viene ser desgraciadamente habitual, no cuentan todo, se nos dijo que un museo en Manchester retiraba el cuadro Hylas y las ninfas de John William Waterhouse, donde se ve a un joven varón, rodeado de unas cuantas jóvenes mujeres en un lago con los pechos descubiertos y que formaba parte de una exposición sobre la belleza en el siglo XIX. Se indicó que formaba parte de la campaña de #Metoo, y lo cierto es que se trataba de algo parecido a una performance donde en ese espacio vacío los visitantes podían dejar sus postit con comentarios precisamente sobre la cosificación del cuerpo de la mujer en el arte. Es decir no se trata de algo irreversible, ni de un acto de puritanismo, sino de un debate en donde la contextualización es importante. El cuadro volverá a su sitio.

Y ahí me siento concernido porque es obvio que el contexto histórico es muy importante. Que lo que se entendía hace veinte años sobre lo que era correcto en el lenguaje sobre la mujer, sobre el acoso, sobre la homosexualidad es muy diferente hoy, y mucho más diferentes cien años atrás y más trescientos años. En un cuadro, que a mi entender es un hecho artístico cerrado, terminado, codificado, ese estudio contextual, se debe aplicar como una parte adjunta. Pero yo digo que en algo tan vivo como es el teatro, el texto dramático, el montaje, ese contexto se modifica, porque una cosa es en el momento de su escritura, y otro es el momento de su montaje. Las obras de teatro se hacen siempre en el contexto del momento de su representación.

La tradición del teatro del siglo de oro, hasta estos momentos, especialmente desde mediados del siglo pasado, es el de respeto absoluto, algo cerrado, intocable, el de un acto de reconstrucción museístico, cambiando algunos pasajes técnicos, sustituyendo vocablos en desuso por otros más cercanos y comprensibles. Y yo reclamo un punto de vista. Un cambio de su contexto, debería ir acompañada por una activación “crítica” de la dramaturgia sobre lo establecido en el siglo diecisiete en cuestiones de calado político, como es el honor, el machismo, la religión, la violencia, la monarquía, el ejército y un largo etcétera.

La pregunta central es ¿cómo se hace eso?  Probablemente esta postura que mantengo tenga sus detractores porque pueda parecer que se trata de enmendar la plana a una obra escrita hace tiempo y que, porque así se ha hecho tradición y canon, forma parte de nuestro acervo teatral más importante. No se niega nada de eso. No se pide rectificar la obra, se pide un punto de vista. Para resumir con un ejemplo: en el montaje de Blanca Potillo del Don Juan Tenorio, existía un escupitajo de doña Inés, a su supuesto abusador. Con eso me vale. Un punto de vista, una toma de postura, una relectura para los públicos y las sensibilidades de hoy. Ni añadir ni quitar nada. O quitar técnicamente lo que sea estorbo para hoy.

Acaba de liberarse el uso de la obra de Federico García Lorca. Y hemos vistos montajes con puntos de vista actuales, con los que nos sentimos cercanos o alejados, porque tenemos una idea muy formada de la estética, la ética, los mensajes. Pero nos parece algo importante, que se relean. Desde esta disposición digo, ¿por qué no se hace lo mismo con Calderón o Lope? Yo he escuchado decir a una directora, ahora con castillo para hacer sus propuestas, asegurar que Lope de Vega era feminista. Un dislate. Una propaganda nefasta para un montaje concreto. Un acto de ignorancia y de superficialidad sobre el movimiento feminista, dicho por una mujer que se confiesa feminista. Lope era lo que fuera, pero no era feminista porque ni existía ese concepto.

Desde la razón, sin apriorismos, sin prejuicios (yo soy en esto el más prejuicioso), solicito a todos quienes se interesan por el teatro clásico español que apliquen su punto de vista. Y Federico García Lorca es tan importante, o más, para el teatro español, que los mencionados curas tan venerados e intocables.

 

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