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Jue, Oct

Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

Hace años que asistimos a un incremento de elementos tecnológicos en el campo del arte, la cultura en general y el teatro en particular. La tendencia digital reestructura los modelos de producción y creación teatral siendo hoy habitual producciones con menos elementos físicos y más recursos digitales. Esto, que es inevitable y corresponde a una convergencia natural de tecnología y arte del que la producción teatral saca provecho, podría servir como ejemplo a los propios creadores para abrir espacios de creación que combinen sus saberes con elementos de otras áreas; si hay convergencias en la exhibición, podría (debería) haberlas en la creación.

 

En este sentido, en septiembre de 1979 en Karpacz, Polonia, se celebró un congreso que se considera como el primer encuentro internacional centrado en los aspectos científicos del teatro, encuentro al que, entre otros, asistieron Jerzy Grotowski, Eugenio Barba, Henry Laborit y Jean-Marie Pradier. El congreso tenía como objetivo realizar una reflexión orgánica e interdisciplinaria sobre el nivel científico-biológico del acto escénico. Fue un encuentro fundamental en el desarrollo de la teoría teatral occidental de la segunda mitad del siglo XX que sirvió, entre otros, para que Eugenio Barba conociera la noción de la biología de los niveles de organización que, posteriormente, aplicaría al campo de la representación escénica como base de su pre-expresividad.

A lo largo de estos años, este correlato teatro, ciencia, biología, ha continuado su desarrollo y el rudimentario cruce de camino inicial es hoy uno en el que desembocan avenidas trazadas por distintas disciplinas, una de ellas las neurociencias cognitivas. Este concepto, relativamente nuevo, data de finales de la década de los 70 del siglo pasado y combina el estudio de cómo se organiza y cuáles son las funciones del sistema nervioso (neurociencia) con el estudio de cómo emerge el conocimiento, la percepción y la razón (cognición) Así dicho, más que una avenida que llega a este cruce de caminos multidisciplinar, las neurociencias cognitivas se presentan como un autopista de diez carriles que aportan información esencial para revisitar las artes escénicas. Buscando convergencias con el hecho escénico reconozco haberme perdido más de una vez en estudios que manejan vocabularios y conceptos de uso en campos como la biología o la filosofía, pero el esfuerzo merece la pena si queremos entender qué pasa en los organismos de espectadores e intérpretes durante una representación teatral más allá de lo podemos expresar con vocabulario artístico o estético. Estoy convencido de que esta convergencia que ya se da en otras disciplinas como el marketing o la sociología, aporta información de interés al estudioso teatral como pueden ser las funciones que realizan los cerebros del intérprete o el espectador en el surgimiento de ideas, pensamientos y creencias que se proyectan en su intangible mente para emerger una experiencia sobre la representación.

Y cuando digo cerebros, digo cuerpos. Evidente en el caso del intérprete y algo menos evidente, pero igual de cierto, en el caso del espectador. Una de las claves para entender el recorrido teórico de las neurociencias y las ciencias cognitivas y buscar su aplicación a las artes escénicas está en entender que su unión puede responder a preguntas sobre cómo funciona el cerebro y cómo puede generar pensamientos, ideas y creencias de algo intangible llamado mente. Esta aparentemente inocua afirmación podrá responder a una de las más manidas discusiones que existen en el mundo de los intérpretes y formadores ante la preparación para un papel: creación desde el cuerpo o creación desde la razón. Hasta escribirlo hace daño: por favor, entendamos que la creación escénica ha de ser integral y no limitada por simplezas voluntarias. En el siglo XVII, Descartes creyó que el cuerpo, cerebro incluido, tenía propiedades materiales y trabajaba como una máquina mientras que la mente era inmaterial y, por consiguiente, no seguía las leyes de la física; interaccionan pero han de separarse, idea que dio lugar al conocido dualismo cartesiano donde la mente aparece de algún sitio pero no es el resultado de las maquinaciones del cerebro. Por otro lado el monismo iniciado por el filósofo Tales de Mileto y posteriormente desarrollado por filósofos como Spinoza afirma que la sustancia básica no es ni física ni mental, sino que puede ser reducida a materia cuya naturaleza no es ni física ni mental, de lo que puede concluirse que el cuerpo produce los pensamientos sobre lo experimentado. Todo está muy bien. Pero con independencia del desarrollo teórico de ambas filosofías y los gustos personales, pienso que es un error limitar la creación al abordaje mental o físico, sencillamente ha de trabajarse todo. 

La confluencia entre las artes escénicas y las neurociencias cognitivas parecen plantea un abordaje creativo al personaje donde la mente consciente del intérprete es producto de la actividad física de su cerebro y por tanto el personaje que nazca no está separado de él. Dicho de otra forma, una aproximación monista, pero no necesariamente. Quizá esta disquisición sea motivo de otra columna pero algo en claro quiero dejar en esta: es absurdo y casposo tratar de construir un personaje solo desde el cuerpo o solo desde la razón, siempre faltará algo. Hay día y hay noche, el anverso tiene reverso y la razón tiene cuerpo así que ofrezcamos los dos al espectador y de las teorías de los libros, juntemos, no limitemos. Hay que crear sin limitaciones y habitar el camino, no predisponerlo.