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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Escribo estas líneas con las nuevas gafas apenas puestas, después de un encuentro enriquecedor y esclarecedor con una técnica de igualdad que sacó tiempo para reunirse con tres actrices una tarde de miércoles y contarles, o más bien, iniciarles, en eso que llaman perspectiva de género. Sus explicaciones rompieron tabúes y constructos de pensamiento anclados en el cerebro desde hace siglos, pero lo sorprendente fue que lo más novedoso del discurso no trató sobre las anquilosadas estructuras androcentristas que hay que identificar y transformar, sino, precisamente, en lo que la perspectiva de género es realmente y en cómo aplicarla en prácticamente todos los ámbitos de la vida.

El mensaje principal que rescaté de toda la información que recibí fue el siguiente: No podemos ser iguales si no tenemos en cuenta las diferencias de cada cual. Esta afirmación puede parecer un contrasentido por el hecho de utilizar el concepto de "igualdad" y la palabra "diferencia" en la misma frase, pero si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que sólo teniendo en cuenta las necesidades y diferencias de cada cual, podremos crear un tejido social igualitario. En caso contrario, corremos el peligro de aplastar a muchas personas con un supuesto manto de igualdad cortado a medida de unos pocos que consideramos son el estándar sobre el que debe regirse todo lo que organicemos, hagamos, pensemos o soñemos.

A este respecto, aquí va un ejemplo que nos dio la técnica de igualdad sobre cómo o dónde aplicar la perspectiva de género: Red de autobuses urbanos de una ciudad. ¿Qué se tiene en cuenta a la hora de trazar sus frecuencias, horarios y recorridos? Pues bien. Hay estudios realizados que demuestran que los hombres de maletín y traje de corbata que utilizan el transporte público por las mañanas deben realizar recorridos largos de un lado a otro de la ciudad por motivos de trabajo. En cambio, hay multitud de mujeres que para realizar las tareas habituales de una mañana, véase, llevar a los niños al cole, hacer la compra y acompañar a un padre o madre al médico, necesitan realizar traslados más cortos dentro de una misma zona de la ciudad. Las necesidades en este caso son bien distintas para dos grupos de ciudadanos. Tener en cuenta a los dos a la hora de programar horarios, recorridos y frecuencias sería una buena manera de aplicar la perspectiva de género.

Hace algún tiempo se estrenó una nueva columnista en Artezblai. Una de las primeras columnas que escribió Maite Tarazona nos habló de una serie de sesudas e intensas conferencia sobre teatro laboratorio que tuvieron lugar en Wroclaw, Polonia, amparadas por el Instituto Grotowski. Tarazona contó cómo, después de una serie de profundas preguntas en torno al teatro-laboratorio y al entrenamiento actoral, seguidas de la conferencia de turno, una actriz alzó la mano para plantear una cuestión que dejo al auditorio sin habla. Todos aquellos sabios enmudecieron ante la pregunta. ¿Adivinan por dónde va el asunto? Pues bien: Ditte Berkeley preguntó si era posible realizar una investigación profunda y constante en teatro y tener al mismo tiempo una familia. Al silencio enmudecido le siguió una acalorada discusión no exenta de opiniones controvertidas.

Queda mucho por hacer. Escojo deliberadamente la palabra mucho y no la palabra todo. En artes escénicas queda mucho por hacer. En el sub-mundo del laboratorio teatral aún más. Aplicar la perspectiva de género en este terreno exigirá de todos nosotros estar abiertos a la creatividad y ser capaces de ver a través de la inercia en base a un profundo y constante trabajo personal. Estos tres elementos que acabo de nombrar son pilares integrales del entrenamiento actoral, así que pienso no nos será tan difícil ponerlos ahora al servicio de la perspectiva de género. Al comienzo de este artículo hablé de unas gafas nuevas. Quizás, no se trate tanto de mirar por otro cristal cómo de conseguir que caiga el velo de la desigualdad, ese que nos hace medir a todos con el mismo rasero, y, lo que es más peligroso aún, teniendo la certeza de estar siendo justos y ecuánimes al hacerlo.