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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Unos ingenieros de caminos han creado una web cuyo nombre es "Nación Rotonda" donde se visualiza el crecimiento de esos inventos del maligno que pueblan carreteras, caminos, vías circundantes, interurbanas y que simbolizan de alguna manera el legado histórico de la burbuja inmobiliaria. Rotondas con escultura incorporada es la culminación del desastre.

Yo diría que crecieron las rotondas a la misma velocidad que los espacios públicos denominados teatros o casas de cultura con salón multiusos o auditorios o toda esa nomenclatura de edificios construidos al calor de la comisión y que hoy representan un patrimonio mal utilizado. No saben si ponerlo en el activo o en el pasivo. No saben si es una inversión o un gasto. No saben, porque nunca se construyeron sabiendo nada más que debían construirse, poner grúas, hacer contratas, inaugurar y a ser posible más grande que el del pueblo de al lado a tres kilómetros. Su uso era lo de menos.

Estamos en plena campaña electoral para elegir a los responsables políticos de los municipios y algunas comunidades autonómicas, que son los propietarios de la inmensa mayoría de esos espacios que conforman las redes de espacios públicos que forman parte de los restos de unas políticas descabezadas y que a lo mejor se puede, todavía salvar los muebles, darles ahora algún sentido. Por reglamento o ley, imposible a fecha de hoy. Todo lo referente a los teatros, salas, auditorios, programaciones, actividades diversas son competencias impropias, es decir que los municipios las prestan porque les da la gana o les da votos o tiene sensibilidad cultural. No tiene obligación. Pero lo terrible es que no lo tiene ni el municipio, ni la Diputación, ni el gobierno autónomo, ni siquiera el del Estado, ni Europa, ni Google, ni mi teléfono más inteligente que yo. Es decir estamos asilvestrados, en manos del capricho, la sensibilidad, o la conciencia cultural y sobre las artes escénicas de cada individuo con cargo.

Ya sé que los que me leen con asiduidad conocen el asunto, pero hay que recordarlo porque uno siente que son asuntos que no se toman en serio, que las gentes del teatro, la danza, la música, andamos funcionando con un exceso de energía proveniente del pensamiento mágico, de intuiciones, de bohemia, y creo que es necesario que todo eso forme parte del cóctel para la creación, pero ahora nos toca hablar de lo concreto, de lo estructural, de cómo hacemos para que esas intuiciones se puedan plasmar, qué medidas son posibles y necesarias tomar ya, para empezar a sentar las pautas necesarias para un desarrollo sostenible de la actividad cultural, en general y en concreto de las Artes Escénicas, pensando, además, que es cultura de exhibición, que requiere de la presencia del otro, del público, de los públicos.

Uno no está en edad de merecer, ni tiene pretensiones de ser tomado en consideración, ni mucho menos de enredar en círculos o cuadrados de las nuevas perspectivas políticas y además la circunstancias personales me ha varado algo los últimos meses, pero sí quisiera gritar desde ese escondite que hay otras maneras de organización, que no hay que inventar mucho, sino que se deben tomar decisiones políticas para encuadrar la solución a corto, medio y, sobre todo, a largo plazo. Los políticos, en sus ayuntamientos, pueden aportar voluntad de arreglo de acuerdo con los técnicos, con los gremios, con los propios ciudadanos. Pero deben escuchar todas las posibilidades. No es cierto que la única manera es la que dice Faeteda. Ni la que no propone el INAEM, una institución a mi entender que se debe reformar, redefinir, cerrar o dotarle de funciones claras.

Hay que pensar, confrontar ideas y ver si es necesario como pienso yo que se debe cambiar el paradigma, no hay que preocuparse solamente de hoy y mañana y de nuestros ombligos, sino ser generosos, ambiciosos y asentar las bases del futuro. Desde la legislación, sí, creo que una Ley sería más que bueno, imprescindible, a los sistemas formativos tan obsoletos, caducos y rutinarios. Todo está en estado precario y hay que ir consolidando algo, no todo a la vez, pero sí algo. Yo propongo desde hace dos o tres siglos, que esos teatros diseminados por todo el estado español, deben pasar de ser exclusivamente unos almacenes para convertirse en fomentadores de la actividad de base, local, comarcal, y deben dedicarse a la formación básica y la producción y coproducción.

Y en las capitales y ciudades mayores deben existir teatros públicos con compañías estables. Veremos en qué condiciones y cómo. Y crear otra red bien distinta, diseñar un nuevo mapa teatral en unos diez años, porque es una aberración económica, cultural, artística, social, política el hacer bolo a bolo la amortización de las obras. Que cueste más el transporte que la propia representación. Redefinir todo, de principio a fin. Probablemente para dejar muchas cosas como están porque no encontremos una mejor solución, pero intentan do construir un nuevo panorama, unas nuevas ilusiones, una nueva relación de las artes escénicas con su sociedad.

En fin, amigos, entro en una fase personal muy especial. Cuando algunos lean esto, estaré en un quirófano para una intervención menor. Cuando me recupere me he propuesto ir con mis dos ideas a llamar a tosas las puertas donde me quieran escuchar. Y para yo escuchar más y aprender de los otros. Insisto, hay muchas otras maneras de organizarse. Y por lo visto históricamente, bastante más eficaces y fructíferas. Se trata de decisiones políticas. No solamente de los políticos junto a sus interesados asesores, sino de todos los concernidos para que se establezcan prioridades, planes y se doten de presupuestos. Y se puede; claro que se puede. Aunque solamente sea para sacar a la cultura de las rotondas.

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