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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Desde la teología, el Teatro, es una comunión colectiva que se recibe individualmente. Llegamos de uno en uno, formamos una asamblea, nos ungimos de las emociones y asimilamos personalmente lo que ha sido una celebración comunitaria. Así sucede en todas las manifestaciones a las que podemos denominar Teatro desde las concepciones más retóricas a las más alternativas. Desde el compromiso o desde la renuncia; desde la alienación o desde la integración.

Vaya un definición funcional, sencilla, elemental y primaria: teatro es aquello que sucede en un espacio concreto a una hora determinada de un día convenido en donde alguien (el actor) cuenta a algo a otro alguien (el espectador). De aquí en adelante caben todos los matices, casuísticas y concepciones genéricas. No menos importante es que eso que sucede sea fruto del ensayo, la voluntad de las partes, parta de una idea previa, tenga un desarrollo y una formulación artística que no reproduzca de manera mimética la obviedad de la naturaleza o de la realidad objetiva o subjetiva.

Escucho una pregunta radiofónica que me sitúa en una espiral intelectualmente desintegradora: “¿el teatro puede cambiar el mundo?” El teatro si no sirve para que cada miembro de la congregación circunstancial y voluntaria que se forma en cada representación reciba alguna noción intangible que le ayude a explicar algo más de la existencia del ser humano, entonces no es teatro. Parece teatro, pero es otra cosa, es un juguete de esparcimiento que busca precisamente mantener el mundo tal como está. Porque el mundo es eso que formamos cada uno de nosotros. La sociedad es la suma de todos los yos y los tus, en armonía o en contradicción. Y el teatro, expresión minoritaria, casi sectaria, solamente puede intervenir para que durante ese tiempo de la representación algo del interior de algunos seres humanos se mueva, se conmueva, se altere o se reafirme.

Por lo tanto el teatro no puede cambiar el mundo, y quien así lo piense es que utiliza un componente totalitario ajeno a la esencia mismo del teatro. Lo que sí hace el teatro, precisamente en estos momentos, es dirigirse desde el humanismo, con la expresión artística más real, cercana y humana, a otros seres humanos, para, a través del arte, comunicarse, explicar el mundo desde una perspectiva particular, reconstruir la convivencia, la esperanza, abrir dudas y plantear las preguntas fundamentales sin buscar las respuestas. Esta es una de las funciones actuales del teatro.

Y su compromiso mayor: mantener este espíritu del teatro no como una simple actividad económica, industrial, de repetición, sino como una experiencia artística compartida. Una comunión que se celebra con los sentimientos, las emociones, el gesto, la palabra, el movimiento, la música y la plástica. Sin dogmas, ni verdades absolutas. De tú a tú, cuerpo a cuerpo, alma a alma, sin intermediaciones, ritual laico que ayuda a comprender al ser humano en sus glorias y en sus miserias, que transmite ideas o emociones, que establece una dialéctica estética que acaba conformando un ética y desde ahí una proyección política, en el mejor sentido del término.

Llegamos a este mundo de uno en uno, en él habitamos en comunidad sumando nuestras voluntades individuales. Así es el teatro, lo único que puede tener más artificio que los sueños, que tiene toda la verdad forjada a base de un entrenamiento de la mentira que forma el rito, la convención, el arte escénico de la interpretación. Lo demás es comercio, estadísticas, egolatría o narcisismo.