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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Como cuando te rompes un brazo y solo ves escayolas, escayolados y escayoladas por la calle, cuando te quedas embarazada no haces más que ver barrigas y barrigotas portantes de proyectos de criatura en su interior por todas partes. Es asombroso. Si además eres actriz, empiezas, sin querer, a escuchar historias sobre esa otra actriz que también está embarazada y sigue haciendo cosas como si nada o sobre aquella otra que trabajó hasta los 6 meses y medio sin problema subida a un escenario con las anchuras del vestido bien holgadas para disimular el asunto, porque la historia del personaje que encarnaba no permitía que estuviera encinta.

"Esta profesión siempre ha tenido hijos, pero ha tendido a no enseñarlos a la luz pública", me dijo hace años el director de una longeva compañía de teatro de calle. Supongo que aquello me tranquilizó en su momento y supongo, también, que emitir juicios generalistas a partir de las experiencias propias no es muy adecuado. Pero como soy más amiga de la intrahistoria que de las estadísticas, aquí les va esta vivencia en primera persona por si les sirve de algo.

Cuando empecé en esta profesión hace más de 10 años, estaba rodeada de muchos colegas argentinos, grandes artistas de corazón que militaban en la vida desde el arte y para el arte. Algo que siempre me llamó poderosísimamente la atención es que eran jóvenes, muy jóvenes y ya tenían hijos. Hijos e hijas pequeñas que venían a los ensayos y vivían el asunto del teatro con un naturalidad que a mi me dejaba pasmada. Oye: un tío haciendo el pino sobre una silla en equilibrio con una mano y los pequeñajos como si nada. Asombroso también.

Digo y repito que hablo desde mi embarazo particular, pero, de momento, todo han sido facilidades y felicitaciones: desde las costureras que han trabajado las hechuras de mi vestido para meterle una tela con goma que me permita trabajar holgada (ejem) a lo largo de los dos meses de funciones, hasta el director con el que buscamos frase que insertar para dejar constancia del estado de buena esperanza de mi personaje, pasando por mis compañeras que me han librado de realizar ciertas tareas de preparación que podrían resultar engorrosas para mi. A esto añado a las salas que han pospuesto ciertas actuaciones programadas para cuando decida incorporarme de nuevo a los escenarios después de dar a luz y a los compañeros de mi grupo que han cerrado filas en torno a este asunto y van a cubrir mi ausencia maternal con su buen hacer.

Imagino a muchas mujeres actrices o directoras que estarán comiéndose la cabeza en torno a posibles embarazos, midiendo sus fuerzas y ganas, contrapesando lo que perderían en caso de quedarse en estado, los proyectos a los que renunciarían, las oportunidades que perderían, los cambios a los que se someterían. La actuación no es un mundo fácil, porque andamos en precario a muchísimos niveles, no sólo el económico. También en el plano artístico nos movemos muchas a veces a tientas, sin saber qué va a venir o si va a venir algo siquiera. Añadir a este panorama la posibilidad de un embarazo asusta. Pero yo animo. Y solo puedo decir que, al menos en este caso que yo estoy viviendo, todo han sido facilidades y un gran respeto al asunto por parte de esta profesión. Al menos hasta el momento. Ya les contaré si después de dar a luz cambia el cuento.