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Sáb, Dic

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Los días mundiales de cualquier cosa que se quiere revitalizar me parecen días placebo. Que no se me malinterprete. No quiero posicionarme en contra de este tipo propuestas. El placebo es uno de los efectos más apasionantes y desconocidos de la medicina.

Generalmente al placebo se le tiene como una sustancia inocua que no posee efecto terapéutico alguno. Así es. No obstante, en determinadas situaciones este efecto puede tener unas consecuencias tan potentes y beneficiosas como el mejor tratamiento. En estos casos el placebo muestra, como por arte de birlibirloque, un potencial tremendo, inesperado, casi mágico. Para no resbalar hacia terrenos pseudoesotéricos, pondremos un ejemplo. Cuando se investiga la utilidad de un nuevo fármaco para combatir la depresión, generalmente se escoge un grupo de pacientes deprimidos y se les divide en dos. Sin que ninguno de ellos sepa qué es lo que está tomando, unos reciben el fármaco a estudio, otros un placebo, y se comparan los resultados. Es la estrategia clásica para medir la eficacia de un nuevo fármaco. ¿Qué sucede en la depresión? Pues que un nuevo fármaco moderadamente eficaz puede curar a un 60% de los deprimidos y que el placebo, tan humilde él, suele curar a un 40% de los pacientes. Como es lógico, la lectura de este tipo de investigaciones siempre se orienta a valorar el nuevo fármaco, a decidir si es lo suficientemente bueno y seguro como para introducirlo en el mercado farmacéutico. Sin embargo, yo siempre he pensado que tal vez conviniera estudiar mejor al placebo, ya que con un coste casi cercano a cero, consigue curar un porcentaje nada despreciable de pacientes.

Sea como fuere, para obtener un efecto placebo positivo hay dos circunstancias fundamentales. Por un lado, la puesta en escena para la administración debe ser tan elaborada y verdadera que el paciente (que desconoce que la sustancia que toma es tan eficaz como el agua) ha de creer que aquello que le administran tiene un poder contrastado, difícil de superar. Y por otro lado, el paciente tiene que ser alguien predispuesto, capaz de llevar su fe más allá de la cruda y magra realidad. Son dos premisas que, como gotas mágicas, pueden convertir una sustancia inerte en un elixir extraordinario.

Cuando digo que la celebración de los días mundiales son placebos, me refiero pues a que son actos destinados a tratar ciertos aspectos que reclaman la atención de una sociedad cada vez más descuidada y olvidadiza, que están rodeados de gran parafernalia y que, aunque aparentemente inocuos, puede tener efectos beneficiosos en aquella parte de la población más crédula. Por lo demás, en aquellos que trabajan 365 días al año por la idea que revindica un anecdótico y aislado día (por muy mundial que sea), estas celebraciones tienen el mismo efecto que el agua bendita del grifo. Aparezca o no tal día en el calendario, estas personas seguirán luchando, con contrato firmado en tinta de fe, por los mismos ideales durante tiempo indefinido. Así creo que sucede, al menos, en muchos profesionales de las Artes Escénicas cuando llega el Día Mundial del Teatro y así sucedería, creo yo, con los esquimales en el Día Mundial de la Nieve, de darse el caso.

Casualidad o no, escribo esta columna entre conjeturas y en el paréntesis de dos días placebo: el Día Internacional de la Mujer y el Día Mundial del Teatro. Y puestos a conjeturar y por una simple regla de tres, imagino que a las mujeres que hacen teatro no les correspondería más que unos pocos Minutos Mundiales de reconocimiento (nótense las mayúsculas en busca de la oficialidad). Tal vez la misma cantidad de minutos que se tarda en leer esta columna. En tal caso, posiblemente en ese intervalo de tiempo se les podría dedicar un breve párrafo, sin llegar a la solemnidad de un manifiesto.

Si fuera así, y siguiendo con hipótesis imposibles, de corresponderme a mí el encargo, empezaría comentando las dificultades históricas que han padecido las mujeres para poder hacer teatro. Recordaría cómo se les ha negado desde los inicios el acceso al escenario, tanto en la Antigua Grecia como en el siempre venerado teatro tradicional de Oriente. Dedicaría las líneas centrales a las cortesanas italianas del Renacimiento. Aquellas cortesanas cultas que ante la crisis que azotaba al oficio más antiguo del mundo, supieron reconducir su formación para incorporarse a las compañías de teatro italianas. Enfatizaría el valor de aquellas mujeres que allanaron la llegada de otras que las siguieron y que resultaron fundamentales para enriquecer lo que hoy conocemos como Comedia del Arte. Hablaría del gran mérito de directoras-pedagogas del siglo XX como Joan Littlewood, que destacaron en un entorno discriminatoriamente masculino. Y finalizaría vaticinando que el siglo XXI teatral será esencialmente femenino. Que basta mirar a muchas de las mejores compañías actuales, donde cada vez más cargos de responsabilidad artística o productiva recaen en mujeres, o a las escuelas de teatro, donde son mayoría absoluta.

Afortunadamente, el futuro trabajo teatral de la mujer no dependerá de estas humildes e hipotéticas líneas. Tal evolución no necesitará de ningún efecto placebo. Su trabajo, esfuerzo y talento les bastará.