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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

En las crónicas taurinas se acostumbran a dar datos objetivos como decir la respuesta del público. Así se usan conceptos muy claros. A saber: silencio; bronca; pitos; pitos y palmas; palmas; aplausos; ovación; saluda; vuelta al ruedo. En todos los rangos se pueden colocar ciertas matizaciones . La primera oreja, que es un premio más tangible y reseñable, la concede el público. Por votación popular. La segunda ya es potestad de la presidencia del festejo, a insistencia del respetable.

En el mundo taurino, que no son los públicos de aluvión que van a ver a los novios de las modelos, o a los torerillos que ocupan las portadas de las revistas, se sabe que en ciertas plazas donde prevalecen la sabiduría torera, o simplemente una contrastada tradición taurina, un silencio vale más que dos orejas y rabo en otra plaza de carros. Es una jerarquía basada en la suposición del saber. Pero como los toros son un negocio, y me parece que solamente eso, lo que interesa a los empresarios es llenar los tendidos, y para eso deben poner figurones, y los públicos cuanto menos saben más fáciles son de engañar y por eso se desesperan los entendidos, la ficha de trofeos es contestada párrafo a párrafo por la crónica crítica, ya que los públicos se han convertido en masas bullangueras propensas al aplauso fácil y a sacar el pañuelo de manera casi instantánea sin pararse en analizar mínimamente lo acontecido.

Pues esta sensación de públicos facilotes, de aplausos fuera de tiesto, de contagio celebrador lo estoy notando en los festivales de calle. También en algunas salas, y como es bien sabido, los públicos tienen comportamientos bien diferentes según que zonas geográficas, no solamente por destinos nacionales diversos, sino por regiones o por ciudades. Estaba penando ahora que las primeras veces que asistí a una representación en Brasil me sorprendía del entusiasmo con el que aplaudía a montajes a mi entender bastante mediocres y como se levantaban casi inmediatamente para aplaudir fervientemente. Poco a poco fue entendiendo que es una costumbre, que se levantan siempre, por lo que todavía hoy no soy capaz de medir con exactitud el valor dado por los públicos brasileños a las obras. Quizás la intensidad, el tiempo, los bravos. En cambio en Francia, al que considero un público muy aplaudidor, que lo haca base de palmas ritmadas, cuando se levantan, es un signo de gran valor y reconocimiento.

Mantengo la idea de que el aplauso es un signo de reconocimiento, pero sobre todo, de autoafirmación. Un espectador puede aplaudir para reconocer que le ha gustado lo presenciado, pero sobre todo, para recordar a los actores su presencia, su participación. La inmensa mayoría de las veces el aplauso se convierte en un acto de cortesía, una manera de dar las gracias, pero es la intensidad, su duración, la manera y forma la que hace que adquiera un valor mayor, que sea un acto de premio.

Los que tenemos muchos quinquenios hemos vivido épocas gloriosas con abucheos, pitos, pataleos, suspensión de actuaciones porque el público, los públicos, tenían más formas de expresarse. Mostraban su rechazo de manera activa, señalaban su militancia, su afición incondicional precisamente protestando, porque amaban el teatro y simplemente ese día, esa función, ese estreno no les había gustado. Ahora eso no existe. Alguna pitada previa a autoridades, alguna pitada final a los directores que buscan excesivo protagonismo en algún coliseo operístico. Y poco más. El resto se resuelve con aplausos u ovaciones. Es más, ahora los pitos, los silbidos son signo de aceptación, como en el rock and roll. Desaparecida la claque "profesional", muchas veces parece uno estar rodeado por una cuadrilla de amigos que vitoreando, dando bravos y silbando de manera constante crean un ambiente jocoso y eufórico.

Pero los públicos de espectáculos de calle es otro asunto. No todos son aficionados, sino que se forma en ocasiones por personas que se han encontrado con el montaje sin ir a buscarlo, que a veces preguntan y siguen su camino y otras se quedan, y se convierten en los públicos más participativos. Pero no tienen las claves teatrales, y por eso aplauden cada momento que a ellos les parece estelar de unos bailarines en Bilbao, o un error circense básico como presencié en Valladolid. ¿Están influenciados por los aplausos televisivos? No m extrañaría. Es una contaminación constante y muy nociva. Ese aplaudir a golpe de cartelón, esas risas enlatadas para contagiar las risas, son técnicas que acaban aposentándose en los televidentes que en cuanto ven un espectáculo en vivo aplican los mismos resortes.

El público, los públicos, son soberanos, pero el aplauso hay que saberlo otorgar, medir y analizar como actitud reconfortante y crítica. En las cultura anglosajonas, no se estilan las glorias. Un saludo, unos aplausos y ovaciones si corresponden y a casa. Todo es matizable. Pero eduquemos a los públicos a vivir al ritmo de los espectáculos no al ritmo de sus emociones descontroladas y los modelos diferidos de las televisiones.