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Mié, Oct

Sangrado semanal | Juana Lor

Pippo Delbono anda sobre el filo. El filo, en italiano, es un hilo. En Italia, ciertos artistas de circo andan sobre el hilo. Aquí andamos sobre el alambre. Hilo o alambre, a fin de cuentas, qué más da. De lo que se trata finalmente es de dar un paso tras otro sobre un delgado hilo de cobre. A poder ser, sin red. Se trata de jugarse la vida, dando espectáculo, en las alturas, con una mezcla imperante de rabioso corazón tenido en puño y pasmosa concentración. Porque un paso en falso te puede llevar a las antípodas del estrellato: a estrellarte contra el suelo para siempre.

Pippo Delbono rechaza el trabajo psicológico con los actores y cree que no debemos ir a por la conmoción en nuestro trabajo. Porque ya estamos conmocionados. Si no lo estuviéramos, no seriamos artistas. La conmoción vive dentro de nosotros. Llevamos escritas en la cara y en el cuerpo las experiencias vitales, el júbilo absoluto, la ternura decadente, el sufrimiento, el suplicio, la angustia del enamoramiento no correspondido, la tortura, la desesperanza, la reclusión, el grito de rabia, el aullido. Sólo hay que mostrarlos. Abrir, mostrarlo y volver a cerrar, para no ir desangrando experiencias por las rúas, una vez salidos del teatro.

Pippo Delbono y Bobó salieron juntos, hace 18 años, de un hospital psiquiátrico: Sordomudo y microcéfalo, Bobó vivió por más de 40 años en esta institución psiquiátrica donde él y Pippo tuvieron la suerte de encontrarse. Bobó tenía 60 años cuando abandonó aquel lugar de la mano de Pippo. Ahora tiene 78 y ha pisado muchos de los escenarios de este mundo. También ha tomado muchos aviones y ha estado con gente como Arafat o la reina de Holanda. Cuando Bobó sale al escenario, el tiempo se detiene. Ya puede estar al lado la diva más diva que la opera ha parido que no podrás apartar los ojos de Bobó. Pippo dice que Bobó posee aquella característica que hace genial a un actor: hace las cosas en escena como si fueran la primera y la última vez.

Pippo Delbono ha hecho de la vida, el arte y el trabajo una misma cosa. De hecho, dice que hace teatro para buscar, a través del encuentro con los demás, la vida. Practica un teatro que se hace más profundo que las categorías sociales o culturales, porque propone un lugar de encuentro desde la rabia. Desde esa rabia enrabietada que nos vuelve de nuevo niños, como cuando llamábamos a nuestra mamá a gritos y no estaba. Sólo que él implora, exige, suplica e interpela en un crescendo salvaje: Dimi che mi ami, dime que amas, dimi che mi ami DIME QUE ME AMAAAAAAAAAAAAS. Después del esplendor de la rabia se hace un silencio denso, cargado de paz y de espanto, también, muy posiblemente, de redención. Espectador y actor entran entonces en un misterio donde todo se para. Hasta las toses de las butacas. Entonces Pippo mira a los ojos desde ese silencio de abismo, porque ha alcanzado el punto en el que la gente puede mirar y verte de veras. Luego se sobrepone para poder seguir contando, porque cómo bien dice Pippo, el actor no puede abandonarse a la nostalgia de la cosa. Eso se lo deja a otros. A los que pueden permitirse perder la concentración porque no tienen que dar otro paso en las alturas, sin red, sobre el hilo el cobre.