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Dom, Oct

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

A todos nos ha pasado en más de alguna ocasión, eso de ser el último en la fila esperando algo. En Chile les decimos colas porque son las que están detrás. Las paradojas de la vida son increíbles, capaces de superar a toda ficción; en los años setenta, tuvimos un desabastecimiento extremo dado por la confrontación política de siempre entre izquierda y derecha, debíamos hacer colas por horas de horas, para que, al llegar frente al vendedor, este nos dijera que ya no quedaba más azúcar, pan o arroz.

 

Hoy, debido al aforo máximo, palabra absolutamente desconocida por una gran mayoría antes de esta pandemia del covid-19, también debemos hacer colas, aunque esta vez sea por la gente desesperada en hacer sudar su tarjeta de crédito al comprar lo que no necesita.

En los setenta el papá hacía la cola para los abarrotes, la mamá para el pan y los hijos eran repartidos por otras colas de necesidades básicas. Si se tenía más suerte que dinero, la familia volvía al hogar con el 50% de lo indispensable para sobrevivir una semana más.

Hoy, en el siglo 21, la pandemia no ha sido tan negativa ya que ha mantenido a las familias unidas por una reclusión obligada al hogar y porque todas las necesidades no básicas son cubiertas con cargo al plástico. A llegar frente al vendedor, siempre habrá televisores enormes, equipos de música de ultra hiper alta fidelidad, tanta fidelidad que el equipo es capaz de superar al sonido real, autos último modelo, todos artículos disfrutados por la familia en conjunto y financiados por una deuda a largo plazo.

Enorme diferencia; antes porque no había y las tripas crujían haciendo notar la falta, ahora porque hay demasiado y el aparentar produce un estrés reinando como amo absoluto de las afecciones psicológicas.

Otra enorme diferencia era el tiempo infinito que se permanecía en las colas, tiempo que obligaba a socializar con quienes, todos, estaban en igual situación de precariedad alimentaria. Hoy en cambio, puede ser que el tiempo invertido sea menor, pero con las medidas de distanciamiento social y la mascarilla, no existe ninguna posibilidad de intercambiar palabras con alguien, salvo con el guardia armado con un termómetro digital, quien nos informa de nuestra temperatura adecuada como para autorizar la entrar al negocio. Todo muy engorroso, aunque debo reconocer que he podido realizar uno de mis grandes sueños ocultos, el de entrar al banco cubriéndome el rostro como un forajido del lejano oeste asaltando una diligencia de la west fargo.

Me parece que no pocos, no han comprendido el cómo usar la mascarilla, porque la llevan puesta en los ojos sin ver el trasfondo de esta pandemia.

Insisto, la enfermedad existe, pero tomando las debidas precauciones, la posibilidad de contagio se reduce a un mínimo.

La mayoría ha adoptado uno de los 2 extremos de postura.

El tratar de vivir como si nada pasara, unas especies de super héroes intocables dignos de Marvel, sin tomar ninguna medida de autocuidado. Negativo.

O el exagerar en demasía las medidas de autocuidado y más que distanciamiento social, optar por un aislamiento social. Negativo.

Con mesura saldremos adelante del actual pánico.

Aunque seamos el último de la fila, con paciencia llegaremos frente al vendedor y le podremos pedir más vida plena.