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21
Mar, Ago

Y no es coña | Carlos Gil

Los gremios activos de las diferentes tareas de las Artes Escénicas, se organizan, intentan influir en el los procesos, toman relevancia, van logrando un lugar en el organigrama general para que su función específica sea considerada con la misma importancia que otras confluyentes. Estuve invitado a una mesa en MADFeria en unas jornadas organizadas por ADGAE, que es la asociación de distribuidores, para resumir. Los que antes llamábamos representantes. Algo que ha ido adquiriendo un valor añadido en todo el proceso. Los que ejercen una intermediación entre los productores y los exhibidores. Una función que aligera de trabajo a organizaciones minúsculas como son las compañías actuales.

¿Tiene alguna influencia la crítica en la distribución de los espectáculos? Sí, claro, obviamente. Son utilizadas en doble sentido. Por los vendedores y por los compradores. Existe, por lo tanto, una responsabilidad exógena, malsana, que no debería ser asumida por quienes hacen esa crítica.

¿Influye la crítica en que hayan más o menos espectadores? Depende. Muy poco. A veces, según y cómo. La crítica de ciudades donde la obra se representa un día, no tiene ninguna influencia. A no ser que creamos que existe una memoria crítica, y que si leyeron, los muy aficionados, una crítica en los periódicos de difusión estatal, la recuerden para ir o no ir. Todo puede ser. Los mitómanos creen en unicornios azules.

¿Los medios de comunicación tiene influencia en la difusión y conocimiento de los grandes públicos de las producciones de las Artes Escénicas? Claro. Pero aquí hay que hacer un tratado universal de la relatividad, de la comercialidad, de la diferencia entre propaganda, publicidad, información y crítica, que no da para esta homilía.

Fue un encuentro a contraluz, los de la mesa recibíamos de frente los rayos de sol por un gran ventanal de la sala hormigón del Matadero. Entre el público que llenaba la sala, muchas expectativas, programadores, productores, agentes de difusión. Y como siempre discrepancias sanas. Los recién llegados en los medios, los adanistas, creen que su labor es fundamental, que pueden levantar espectáculos. Y hundirlo, por lógica. Ni mucho, ni tampoco. Cada cuál influye lo que puede, según su medio y su credibilidad. 

La danza tuvo mucha presencia. La danza contemporánea se mencionaba con una ligereza arrogante. Tengo la inmensa suerte que en mis años de estancia en Bilbao acababa muchos domingos en La Fundición viendo danza contemporánea de la más extrema. Y allí aprendí muchas cosas. Por lo que desde la más orgullosa humildad, digo, bueno lo dije en público: hay una parte de la danza contemporánea española que presenta espectáculos inmaduros. Que para resumir es que en las Artes Escénicas, lo bueno, lo que tiene valor, acaba teniendo proyección. Lo otro, lo que se mueve en unos parámetros más medianos, debe buscar en la suerte o en lo ajeno excusas para aliviar su pequeña o gran frustración.

Hay una suerte de reverencia hacia los que escriben, documentados o no, con fundamentos o no, sobre Artes Escénicas y lo llaman crítica, supongo que para abreviar y darse importancia. Los exexcríticos, mantenemos una distancia cada vez más apasionada. Amamos el Teatro, amamos el Periodismo, amamos la Crítica, la Inteligencia y la Escritura. Con todo ello como bandera, vamos conquistando espacios abatidos por la inercia, la costumbre o el protocolo. Y aquí va la anécdota.

A los que informamos, criticamos, damos cobertura a eventos, festivales, estrenos, obras, se nos trata en general de una manera excelente. Es más, a veces creo, que con desmesura. Con excepción de lo que me sucedió en esta feria al ir a entrar a ver a mi admirado Daniel Abreu. Había conseguido a través de su productora, una invitación para Chía Patiño, directora del Teatro Nacional Sucre de Quito, y de su festival de artes escénicas, que estaba de paso por Madrid. Yo llevaba mi identificación y la entrada. Llegué con antelación, pero Chía estaba un poco más adelante en la fila de entrada. Se dio paso, entregué mi entrada. Y escuché unas voces. De repente, una persona me dice que no puedo pasar, que debo esperar. No entendía, entonces se repitió la voz: “primero los programadores con identificación y entrada”. Yo dije, eso, aquí mi identificación y he dado mi entrada, pero resulta que en mi tarjeta ponía Prensa. Y me impidió el paso.

Estoy convaleciente de una implantación de un marcapasos, tengo problemas por mi estatura y mi circulación, necesito estar en pasillo o en primeras filas, es decir, por eso voy pronto a los espectáculos no numerados o ya saben en los teatros y salas, que deben ponerme en “un córner”. El tono de esa persona fue muy desagradable. Mucho. Y dijo en tono justificativo: “es cosa del protocolo Carlos”. ¿Qué protocolo, dónde estaba escrito, quién había decidido que a la prensa se la dejaba entrar a lo último? ¿Por qué tiene más importancia para un creador un comprador, que alguien que puede dar una opinión para convencer a muchos compradores?

Bueno, muchas preguntas que quizás algún día debata con esta persona que debe tener un cargo importante en la organización. Como veía que iba a sufrir innecesariamente y a mi entender, injustamente, viendo la pieza, magnífica pieza por cierto de Daniel Abreu, le dije a su representante que me iba, que ya la vería en otra ocasión. Se asustó, se movilizó, apareció un ángel desde hace muchos años de Cofae, que me dijo, “anda pasa, no te preocupes”. Pasé, vi la obra, la disfruté y hoy pongo aquí encima esta reflexión.

Protocolos sobrevenidos, pueden convertirse en caprichos muy inoperantes y contraproducentes. Es el protocolo, idiota, fue lo que yo deduje.

 

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