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Mié, May

Y no es coña | Carlos Gil

Hablaba con un amigo sobre la situación teatral actual y convenimos en que quizás el problema básico resida en una generalizada falta de generosidad en todos los estamentos que componen el complejo mundo de las artes escénicas. Encontrada la palabra, no nos pusimos de acuerdo en determinar los detalles del diagnóstico, porque resulta que uno se refería a la falta de generosidad creativa, de entrega, de una visión excesivamente utilitaria de la profesión, mientras el otro indicaba que notaba esa falta de generosidad en una no entrega de tiempo, ni de apuesta por proyectos que superen cualquier circunstancia de producción.

Es decir, el mismo asunto, tratado desde dos puntos de vista, pero además, de una manera paralela, pero a la vez entrando en unas contradicciones demoledoras, pues parece claro que si en estos momentos existe una donación de derechos, esto sucede en la parte contratada, es decir en los actores, dramaturgos, directores, que están trabajando muy por encima de lo que reciben económicamente, en ocasiones nada. Lo hemos repetido ya varias veces, pero insistimos: se está proletarizando la profesión, se está sobreviviendo a costa de cesión, de entregarse a un mercado incansable de consumir energías, propuestas y vocaciones, sin apenas compensación.

Es más que probable que muchos individuos que hasta hace unos meses vivían a salto de mata de su profesión, hoy estén al límite y hablarles de falta de generosidad es casi insultarles. Lo cierto es que cuando nos ponemos un poco estupendos e intentamos elaborar una argumentación más allá de la coyuntura actual, es cuando esgrimimos esa falta de generosidad creativa como una de las causas de la precaria situación actual.

Evidentemente la crisis en el teatro es estructural, pero a ello contribuye de manera involuntaria una falta de rigor en la formación, una excesiva búsqueda del éxito por la banda baja de la exigencia de calidad dramática, el convertir el caso de cada cual, la profesión, para entendernos, como un tema a tratar y no como una circunstancia que se resuelve no insistiendo en lo mismo, sino en la búsqueda de otras maneras de afrontar el gravísimo problema, como es no conseguir que la sociedad nos entiendan en general como algo más que una diversión, un entretenimiento que es lo mismo que en la televisión, pero en vivo, para ver si tal actor es más bajo que lo que aparenta.

Esto no se soluciona de repente, pero algún día se deberá empezar a intentarlo. Y que quede claro, no se trata de solucionarlo solamente con generosidad, sino que cuando más aportemos cada uno, sin condiciones, a fondo perdido, que significa a beneficio de inventario, si es que lo hubiere, más fácil será que alguna generación venidera de profesionales de las artes escénicas se sienta en la capacidad de ser generoso artísticamente porque se ha educado en ese ambiente compartido con una gran parte de la sociedad y no en el de esperar la llamada telefónica salvadora del mes, el contratito a la baja, tan neurotizante. Ahora me doy cuenta, la palabra no es generosidad, sino ambición. Artística y lealtad a una idea estética.