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Mar, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

El lenguaje utilizado desde las instancias de poder se va trufando de mensajes que colapsan la libre circulación de las ideas. Hay frases que encarnan el fracaso del acto informativo: “no hemos sabido comunicar a la sociedad nuestra labor”, se escucha como una letanía entre políticos en la acción de gobierno o en la oposición. Y en su contaminación, se va bajando en la escala jerárquica hasta convertirse en una obsesión y poco importa lo que se hace, lo importante es que se “venda” bien. Comunicar en estos ámbitos es hacer propaganda acrítica, inundar de palabras tipo todo para camuflar la falta de sentido de lo que se hace.

En el campo de la Cultura y de las Artes Escénicas estamos viendo este tipo de actitud estabilizándose como si fuera la única ocupación de gran parte de los aparatos burocráticos. Si la gestión cultural intentó (y en algunos casos logró) vampirizar a la propia creación cultural, es ahora la comunicación, la que hace de la gestión algo subordinado. Se trata de crear una pantalla de supuesta comunicación, diseñada justo para lograr lo contrario: incomunicar. Una suerte de cordón profiláctico creado a base de comunicados, notas de prensa,  filtraciones interesadas, exclusivas, desayunos supuestamente informativos, complicidades logradas a base de un selección de espacios publicitarios en los medios que lleva implícito un tratamiento favorable sin concesiones y que, a la vez, discrimina con el claro objetivo de crear pantallas propagandísticas que simulen actividad, logros u objetivos, cuando en la mayoría de las veces lo único que existe es rutina, oportunismo, casualidad o simplemente connivencia, amistades o colaboraciones de producción encubiertas.

El párrafo anterior se puede aplicar a la mayoría de las actividades políticas, sociales y económicas. La función de los medios de comunicación está cuestionada. La dependencia de los medios de los grupos económicos y políticos es tan nítida, tan clara, tan evidente, que parece una obviedad insistir en ello, pero es importante que no se contribuya más a la confusión actual y se intente discernir en la medida de lo posible. Y algo importante, desde las instituciones públicas, no es de recibo ejercer una segunda o tercera censura económica a base de políticas de comunicación absolutamente selectivas en cuanto a reforzar opciones específicas, por acercamientos geográficos, de partido, de intereses comunes. Deberían usarse mediciones objetivas, no solamente emocionales y de amistades. Porque no se trata de coincidir en un bar tomando el vermú, en una iglesia en la misa de doce o en los estrenos de la capital para que desde una instancia común, con cargo a los presupuestos generales del Estado, se tengan ayudas, se mantengan los compromisos o se eliminen de manera arbitraria como está sucediendo en estos momentos.

Los que miramos desde hace tiempo estos movimientos sabemos que cuanta más apariencia de grandes aparatos de comunicación, de departamentos enteros dedicados a transmitir algo, más se esconde una falta de acción real. Lo que se gastan en “vender” lo que no se hace, se podría utilizar en hacer lo que dejan de hacer, aunque intenten comunicar mucho. No nos estamos tirando piedras a nuestro tejado. Hay personas, agencias, oficinas y colectivos de un profesionalidad incuestionable, que nos facilitan nuestro trabajo diario de una manera eficaz. No hablamos de ellos, hablamos de esos personajes grises empotrados en las concejalías, consejerías, ministerios, compañías o festivales, que solamente se preocupan de que se vea y escuche a su político o política de turno, que controlan demasiado los presupuestos y que solamente venden humo, de la leña de quien les paga. Son esos comportamientos los que denunciamos. Porque serán licenciados en periodismo, pero han asumido de tal manera su función de rasputines del mensaje político, que parecen ser ellos los que diseñan las estrategias, los que escriben los discursos y los que provocan el cortocircuito.

Lo importante es la creación, los creadores, los artistas, después, si tenemos materia prima, podremos gestionarla, y una vez establecida su proyección, deberemos buscar a los públicos para que la disfrute. En este proceso, si se entiende bien, la comunicación es imprescindible y puede ser un elemento que propicie ese encuentro. Pero ejercida con profesionalidad, libertad, respeto y ética. Y si no hay noticia, no hay noticia. Y si un festival es mediocre, es mediocre. ¿Me entiendes Jorge Javier?