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Mar, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

¿Cuántas veces no hemos sido distraídos de algo importante, por algo realmente insignificante?

Una mísera gotera puede secuestrar nuestra atención, al punto de impedirnos dormir, por muy cansados que estemos, un lunar incómodamente situado en la nariz de nuestro interlocutor, puede arruinar por completo una entrevista de trabajo y ahora, el teclado de una alarma emitiendo un débil sonido para demostrar que está haciendo su trabajo, no me deja dormir, e incluso, de manera regular, me interrumpe al momento de escribir estas líneas. Cuando teóricamente deberíamos apagar todos nuestros sentidos para caer en los brazos de Morfeo, es cuando ese casi imperceptible sonido electrónico se transforma en un destemplado chillido capaz de secuestrar mi descanso.

 

¿Y qué hago?

Estamos de visita por el fin de semana en la casa de unos amigos y no puedo llegar a una solución radical como la de destruir ese maldito teclado.

Intento silenciarlo concentrándome en escribir, con la esperanza que después de unas cuantas palabras, desaparezca de mi conciencia, devolviéndome la paz.

Aún no, pero la esperanza es lo último que se pierde.

En estos tiempos de sobre estimulación sensorial ¿cuántas veces no nos hemos distraído de aquello que nos ocupaba?

Nos es difícil lidiar con la multiplicidad de sonidos e imágenes con las cuales somos bombardeados constantemente, sobre todo para meterse en nuestros bolsillos, como para mantener una concentración relativamente razonable.

¿Qué hacer?

Lo mismo que hemos hecho siempre y que, aunque no de la mejor manera, nos ha permitido a nosotros, una de las especies más débiles, sobrevivir hasta el tiempo presente; adaptarse al medio o transformarlo.

Simplemente me levanté y desconecté el sistema de alarma, cruzando los dedos por que exactamente esta noche, ningún ladrón tenga la brillante idea de entrar por alguna ventana y robar descaradamente.

Era obvio, pero la noche anterior no se me ocurrió y dormí muy pocas horas. Por el hecho de enfocarme, aunque involuntariamente en el problema, me llevó a una simple solución.

Primero quise contar ovejas, pero entre el irritante sonido del sistema de alarma, y el balar de las ovejas repletando el recinto, no pude conciliar el sueño.

Es imposible solucionar un problema usando el mismo método que sabemos ineficiente, debemos innovar, aunque esa innovación sea de la mayor simpleza, lo que realmente importa es su efectividad y no el grado de sofisticación.

Ningún problema es tan grande que su solución sea imposible, bueno, quizás la llegada inesperada del momento en que avancemos hacia la luz, aún no ha sido resuelta, pero quien sabe si en el futuro se resolverá incluso la inmortalidad.

Como individuos estamos constantemente enfrentados a imposibles, pero como humanidad, tarde o temprano se encuentra la solución a esos imposibles.

No estamos en la cima de la cadena alimenticia por la fuerza de nuestros músculos, sino por la fuerza de nuestro razonamiento, muchas veces basado en la acumulación de pequeños aprendizajes sucesivos llamada experiencia.

Ya aprendí; mañana por la noche no le digo a nadie y simplemente desconecto la alarma.

Buenas noches.