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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Estoy en la montaña palentina. Voy en busca de un menhir. Es por ahí, me dicen los chicos encargados de recibir a la gente en la Cueva de los Franceses. Por ahí, ¿por dónde? - exclamo yo ante el páramo inmenso que se extiende bajo mis pies. Más o menos por allá, en aquella dirección, - señalan los conocedores del lugar, bien repantigados en sus sillas. Yo les miro con mi desorientada cara de chica de ciudad. No te preocupes,- me dice el otro. Hay hitos. Ah, claro, hay hitos, me tranquilizo a mí misma. ¿Y cómo voy a reconocer lo que es un hito? ¿Qué es un hito?, me digo, pero no digo nada. Me da vergüenza. Pienso: Hay sol, tiempo por delante y buenas botas en los pies. Iré en busca del menhir de hito en hito y ya los reconoceré cuando me los encuentre.

El páramo palentino es un manto natural formado por verdes cojines esponjosos y crujientes salteados de piedras cubiertas de líquenes. Parece una alfombra mullida que pudiera abarcarse entera con la fuerza de la mirada. Pero cuando uno comienza a andar, la parte que apenas se ha dejado atrás, desaparece, porque hay muchos y variados desniveles que el ojo humando no alcanza a percibir a primera vista. No hay camino. Al menos no trazado por el hombre. Ahora bien: si uno se deja guiar por la gramática del lenguaje del páramo, los pies parecen saber donde pisar. Uno detrás del otro haciendo camino al andar, como dijo el poeta.

Para allá para allá...espero estar avanzando en buena dirección. Veinte minutos hasta el menhir. ¿Cómo saber? ¡Qué bien me vendría ahora una confirmación de que lo andado no ha sido en balde! ¿Cómo reconoceré la palmadita en la espalda, el hito clavado en medio del camino, diciendo a quien avanza?: Vas bien, vas bien, tu caminar tiene un sentido, una dirección correcta. Y ahí está: en cuanto lo veo, se que aquello es el hito anhelado: un poste de un metro de altura, discreto, pero contundente, con una clara flecha dibujada en su verticalidad y una piedra blanca, a modo de txapela, en el extremo superior, que de inmediato me hace pensar en las chimeneas de las hadas de la Capadocia turca: caprichosas formaciones que el viento del lugar esculpe en la piedra.

Ante nosotros, un hito que confirma la trayectoria elegida. Y de ahí, siguiendo la dirección que éste indica, hasta el siguiente hito, que a su vez nos llevará al siguiente hito y al siguiente...irán apareciendo mágicamente en el horizonte a medida que avancemos, porque están colocados en el paisaje con maestría.

"Los locos trazan nuevos caminos que después los cuerdos recorrerán con normalidad". Esta frase, que salta a mi mente mientras avanzo entre formaciones esponjosas y rocosas en busca del menhir prehistórico, me hace sonreír. Y me pregunto si acaso hay también hitos que señalen el buen recorrido cargado de sentido en nuestras vidas. Quizás, nuestros recorridos vitales estén plagados de esas confirmaciones puras y, simplemente, no sepamos reconocerlas a medida que avanzamos.

En la vida existen, por ejemplo, los acontecimientos sincrónicos que es cuando lo que uno piensa o siente en su interior encuentra un reflejo claro y nítido en el mundo físico y material. Así, el hecho de estar dándole vueltas al asunto de los hitos en paisajes transitados y en vidas por recorrer y encontrar, sin buscarlas, reflexiones de varios escritores que hacen referencia a este asunto, da razones para alegrarse de habitar este inmenso misterio que es la existencia.

Muchos de estos pensadores y escritoras coinciden en afirmar que los hitos de nuestra vida, aparecen, precisamente, cuando echamos la vista atrás: es entonces cuando vemos con claridad el camino recorrido y reconocemos los sucesos clave que nos hicieron, o bien seguir con la dirección trazada de antemano o bien desviarnos para pasar a habitar otro lugar que no parecía estar incluido al principio del viaje. Una vez recorrido, el camino vital adquiere un sentido. Esto es algo que a las personas parece tranquilizarnos muchísimo. No se por qué extraño motivo, necesita el ser humano que todo cuadre, que todo esté en su sitio, sin resquicios ni fisuras. Quizás sea esta la razón por las que nos gustan tanto las ficciones bien construidas, ya que en ellas, todos tiene su razón de ser, todo tiene un sentido. Hasta el objeto más nimio tiene su presencia justificada y eso, a los humanos, nos tranquiliza mucho.

Todos estos pensamientos van aflorando a medida que mis pies se esmeran por no pisar las crujientes esponjas del páramo palentino. Voy siguiendo hito a hito el camino trazado en pos del menhir. Estoy cansada. Hace ya tiempo que sobrepasé el tiempo estimado que duraría el paseo y, de momento, ni rastro de la gran piedra prehistórica. A pesar de haber dejado tras de mí unos cuantos hitos. Eso nadie lo puede negar. Tras una hora de arduo caminar, mi salvaje recorrido me lleva a desembocar a la orilla de una carretera de asfalto con un panel que dice: Usted está aquí. (Este panel también es un hito, aunque menos romántico que los anteriores. Más apropiado, quizá, para una chica de ciudad)

Tras descifrar el panel alcanzó una nueva verdad: Resulta que me confundí de camino. En vez de tomar el que llevaba directamente al menhir, cogí otro que te da la vuelta entera al páramo antes de dejarte ante el monolito de piedra. Esta opción exige muchas más horas de camino y una dedicación que ahora no me puedo permitir. No tengo tiempo ni fuerzas para seguir con mi excursión. Decido volver por la carretera asfaltada, que es un hito continuo en sí misma y, que, además, es más cómoda de transitar. Aunque no genere pensamientos multicolor que vayan posándose de reflexión en reflexión. Llego tarde, tengo hambre. Tanto hito, tanto hito y resulta que no señalaban el camino escogido. Pienso en Eusebio Calonge y en lo acertado del título de su libro: Más que hitos en el páramo, lo que hay a lo sumo en esta vida son orientaciones en el desierto.