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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Entramos en una fase de la neurosis colectiva en la que parece que nos conformamos con estar un ratito aparentemente muy indignados, colocando mensajes con mucha furia en el face y el tuit y después a pasar por el aro, como si nada sucediera, como si el arrebato hubiera sido una cuestión estética, fruto de una actitud gregaria para parecer una cosa, pero al instante, sin solución de continuidad, integrarse de manera absoluta, no cuestionarse de manera consciente nada de lo que se hace, porque el espíritu acrítico y de fusión con la mayoría, nos lleva a un estado de inercia y vagancia intelectual que desemboca irremediable en la colaboración para aumentar los motivos que hace un momento nos causaban ese simulacro de indignación.

Podríamos entender que lo anterior forma parte de una radiografía social amplia, pero cuando cerramos el gran angular y lo acercamos a los asuntos de la práctica de las artes escénicas, entonces los casos y situaciones empiezan a ser lacerantes. Es como si la crisis crónica en la que nos vamos metiendo impidiese elaborar cualquier pensamiento que no sea el de sumisión y derrota previa. El todo vale, el tener un amplio abanico de justificaciones para contratar a la baja y saltándose convenios y condiciones laborales, para actuar sin cobrar, para apuntarse a cualquier bombardeo, aunque sea como material de infantería para perpetrar invasiones neoliberales y reventadoras de todo sentido ético que van desmontando y recomponiendo muestras, ferias, festivales, programaciones al más puro estilo sátrapa.

No es suficiente motivo la necesidad de mostrarse, de trabajar, si a cambio no hay salario ni condiciones. Porque no se trata de movimientos de economía social, cooperativos, grupales, sino células cancerígenas que van invadiendo todo el cuerpo social de la producción, la distribución y la exhibición creando un caos imposible destruyendo tejido productivo, haciendo de las programaciones de teatros y salas un complejo sistema de componendas y ajustes de mercado que ha olvidado de principio a fin sus objetivos de ofrecer una cultura democrática, de calidad, y no hacer de todo un mercadillo de baratijas y outlet cultural que nos lleva al suicidio.

Por eso, escribiendo desde Belo Horizonte, en un festival internacional con mucha actividad, comprobando como la municipalidad está remodelando salas y teatros y poniéndolos al servicio de los grupos, compañías y creadores a base de convocatorias públicas, descubriendo que existen leyes que amparan a través de la financiación privada a cambio de descuentos en impuestos iniciativas culturales y teatrales lo que estabiliza unidades de producción creativas, recordando que en Sao Paulo existe una ley que ha hecho revivir la vida teatral de esa ciudad hasta niveles impensables hace diez años, propiciando el teatro y la danza de calidad a base de incentivos y selección seria, rigurosa y documentada de las propuestas donde se excluye lo comercial y se apoya la búsqueda, el riesgo, el avance, pediría a todos un poco menos de indignación estática y de pose y mucho más análisis, concreción y desarrollo de ideas y planes con los que presionar a la clase política inoperante y a sus cómplices empresariales para que se cambie el mísero y agotado sistema y paradigma actual pensando con ambición cultural y no con el ábaco de las cuentas de los miserables que dominan el negocio actualmente. Y como es algo que no se vende ni en librerías, ni en farmacias ni en las tiendas de moda vintage, pido que llueva un poco de coherencia. Menos indignados por horas y más horas para convertir esa ficticia indignación en acciones para el cambio.

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