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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Antes de entrar en quirófano y practicar con personas de carne y hueso, los cirujanos se entrenan en entornos no clínicos. Lo hacen con simuladores y máquinas que les permiten desarrollar capacidades propias del oficio que luego son transferidas a la mesa de operaciones reales. Hace tiempo que los cirujanos tienen una máxima clara: A aprender se aprende haciendo. Por eso, son numerosos los estudios y experimentos dedicados a determinar qué tipo de práctica de entrenamiento es más eficaz la hora de retener las capacidades adquiridas durante el entrenamiento.

Cuando uno empieza a recorrer el camino del entrenamiento de capacidades se topa con una bifurcación clara en relación al patrón cronológico que éste seguirá. Así, aparece ante nosotros un cartel con forma de agujas de reloj que apuntan en dos direcciones contrapuestas: En una puede leerse, Práctica distribuida, en la otra, Práctica masificada.

La práctica distribuida es aquella en la que las sesiones de aprendizaje y entrenamiento tienen una duración corta y están distribuidas a lo largo de un tiempo largo y sostenido. Por su parte, la práctica masiva consiste en un entrenamiento con sesiones de training más largas durante un periodo de tiempo corto y, normalmente, sin pausas sustanciales.

Los experimentos realizados en torno a estos dos tipos de prácticas de aprendizaje han demostrado que mediante la práctica distribuida, los aprendices adquieren mayor capacidad de retentiva, porque las pausas entre sesión y sesión les permiten consolidar lo aprendido. La palabra consolidar hace referencia al hecho de que el nuevo y frágil material aprendido, adquirido durante un corto periodo de tiempo, acabe por cristalizar a largo plazo.

Pero en los tiempos que corren (y este último verbo se utiliza aquí literalmente), el tiempo, en general, escasea y el poco que tenemos pasa veloz. La información llega y se va con viento fresco: lo que nos gustaba hace 5 minutos cae rápidamente en el olvido porque ya tenemos nuevo material informativo en nuestras manos, sobre el que decidirá nuestro dedo índice con un "click" de ratón, emulando al pulgar del césar en el circo romano.

Ante este nuevo paisaje de minutos que huyen despavoridos del instante presente se dibuja una tendencia clara: las personas parecen preferir dedicarse a una actividad de forma intensiva durante un breve espacio de tiempo que invertir un periodo largo con constancia y sesiones más espaciadas.

Inmediatez, intensidad, rapidez. De cero a cien. Vale. ¿Y después? ¿Quedará algo de todo lo vivido? ¿Tendremos que añadir a estas breves, aunque buenas sesiones, ciertos ejercicios para aumentar la capacidad de retención de lo experimentado? ¿Cómo trasvasar a la práctica del oficio lo aprendido en cursos de práctica masiva?

Quizás, el quid de la cuestión resida en lo que esperamos conseguir con este tipo de sesiones de aprendizaje, ya que, a veces, bastan dos horas para que el aprendiz que participa en una nueva sesión de entrenamiento advierta ciertos fuegos, ciertas luces que tililan, prometedoras, por unos breves instantes, en la oscuridad del terreno que está aún por explorar.