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Jue, Feb

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

 

Las palabras las carga el Diablo, que, en ciertos aspectos, es más divertido que Dios. Y los dos empiezan por D. Quizás son distintas caras de la misma moneda.

En todo caso, como en los detalles vive el Diablo, a mí me gusta y me llama la atención, poderosamente, que al arte del teatro y de la danza se les llame “artes vivas”.

¿Quiere esto decir que las otras artes, literatura, pintura, escultura, cine… son artes muertas? ¡No! Claro que no. Pero es cierto que un lienzo, un libro, una escultura, una película, literalmente, no respiran, no se mueven, no nos miran, no nos tocan. Quizás sí lo hagan metafóricamente, pero literalmente nunca ha venido una escultura a rozarse conmigo o a susurrarme algo al oído, como, sin embargo, me ha ocurrido en el teatro.

También es cierto que, algunas veces, he acudido al teatro y al ballet y las obras permanecían encajadas y enmarcadas en el escenario, como pinturas inertes. En esos casos creo que, metafóricamente, está más viva una pintura o una escultura que algunas obras teatrales o de ballet. Lo mismo me ha ocurrido con las palabras en la escena, cuando su declamación las ha acartonado o vuelto demasiado explícitas y redundantes respecto a otras acciones escénicas. En esos casos creo que, metafóricamente, están más vivas las letras impresas en las páginas del libro que contiene la obra escenificada y que leerlo en casa, o paseando por el monte o al lado del mar, hubiese sido una experiencia mucho más reconfortante.

Ahora bien, está claro que la danza y el teatro son artes entre personas que se comprometen con una actuación en diferentes grados, unas actuando literalmente y otras actuando a través de los movimientos emocionales, sensoriales, intelectuales.

En piezas teatrales, performativas posdramáticas, se pueden incluso dar experiencias artísticas en las cuales el concepto, antes mentado, de “artes vivas” se redimensiona y amplifica. Las actrices y los actores, gracias a una fisicalidad afirmada, son bailarinas y bailarines. Las bailarinas y bailarines, gracias a una expresividad afirmada por encima de la perfección del estilo dancístico y en su disolución, en base a una autenticidad que hace brotar movimientos inéditos, son actrices y actores. Las espectadoras y espectadores, gracias a disposiciones espaciales heterodoxas, que confunden platea y escenario, gracias a juegos de improvisación en los que, sin necesidad de imponer o dictar lo que se debe hacer, pueden participar, son actuantes en una medida tal que elimina la jerarquía sujeto/objeto, quien mira/quien actúa, el sujeto que mira y el objeto observado. De este modo, actrices, actores y espectadoras, espectadores ejercen ambos roles durante la experiencia artística: todas las personas observan y actúan al mismo tiempo. Las actrices y actores nos observan con atención, situadas a nuestro lado o justo delante, quizás, incluso, en una distancia íntima, a pocos centímetros. Una espectadora, o un espectador pueden moverse y leernos algo, dentro del juego teatral en el que estamos participando, mientras las actrices y actores escuchan y observan con atención. En este caso los roles actriz, actor/espectadora, espectador se intercambian.

El arte, en estos casos, no se enmarca, no adquiere el empaque ostentoso y magnánimo, sino que aparece de repente, por sorpresa, en un momento de belleza, en un intercambio de miradas y acciones, en lo común. El arte emana de ese encuentro vivo y real que, por supuesto, ha sido anteriormente preparado y pautado. Se trata de una dramaturgia abierta en la que se determinan unas tareas y en la que se planean o proyectan espacios de intervención de la recepción.

Por ejemplo, en una sala hay tomates y pimientos, dispuestos en el suelo como si fuese un camino. Su colocación sobre el suelo negro y la incidencia de la luz les da un halo misterioso y fantástico, pese a su real materialidad. Al lado una pala, un caldero con agua y un saco de tierra. Una actriz danza a su alrededor y, después, camina por encima de los tomates y los pimientos, estrujándolos. A continuación, coge la pala y pica las hortalizas con estruendo. Después coge el caldero y les echa agua. El olor y la salpicadura actúan en ese paisaje surreal y matérico. De entre el público que observa, encantado, se levanta un actor y coge el saco de tierra fresca y lo va vertiendo por encima de los trozos diseminados, creando una instalación, la desconstrucción, quizás, de un bodegón. En otra sala alguien golpea madera, como si fuese un leñador cortando leña. Al rematar la acción de las hortalizas, la actriz y el actor salen hacia la otra sala y el público se levanta y les sigue, porque aquí se ha acabado la acción. Entramos en la otra sala, que es como una bodega o un almacén del teatro, el suelo está lleno de maderas, ramas secas, mantas. Un actor con un mazo golpea maderas sobre un leño y, después, quema las virutas y las astillas. Otro actor coge un micrófono y nos lee un texto. Nos sentamos donde podemos. La actriz toma el micrófono y lee, a dúo, con el actor. Nos miran e invitan a alguien del público si quiere leer, le pasan el micrófono y los folios. Escuchamos mientras el fuego crepita y perfuma el ambiente, otro actor interrumpe la lectura, de manera natural, como si estuviésemos en una cocina, en una conversación, y comenta qué le produce escuchar lo que la espectadora lee en este momento.

 

Estos ejemplos están sacados de Canchales IV con Juan Loriente de Teatro Ensalle (Vigo). La actriz aludida es Raquel Hernández y los actores son Artús Rey, Pedro Fresneda y Juan Loriente.

¿Qué es eso de los Canchales?

Mi colega, la dramaturga AveLina Pérez, en las redes sociales, lo definía de una manera sintética y clara (lo versiono al castellano): “Se trata de encuentros que tienen lugar en el Teatro Ensalle, entre la compañía y otrxs artistas. Unos encuentros de poco tiempo: una semana, no sé si alguno un poco más... Hasta el momento los encuentros han sido con El Canto de la Cabra, Cambaleo y Mónica Valenciano. En esta ocasión, el IV, es con Juan Loriente.

Las poéticas de lxs artistas se mezclan y dialogan, dando lugar a "algo" que comparten con el público. Ese "algo", por lo que he visto hasta el momento (y he visto todos los Canchales), es una propuesta de gran fuerza, que atraviesa por lugares bien apartados de los comunes y que – por lo menos para mí - provocan un importante estímulo.”

Fijémonos hasta qué punto el nivel de la experiencia compartida hace que el propio teatro pierda su nombre en ese “algo” que AveLina sitúa entre comillas. Podría decirse, incluso, que se trata de “artes vivas” que transitan por los límites de las convenciones teatrales habituales, en base a una exploración que siempre opera en lo formal, en las maneras, y en lo filosófico, ya que indaga en la idea de teatro ampliándola y enriqueciéndola.

Después de asistir, el fin de semana del 15 al 17 de diciembre de 2017, al Canchal IV con Juan Loriente en el Teatro Ensalle, AveLina resume la experiencia con el siguiente testimonio (lo versiono en castellano): “IV CANCHAL en Ensalle, encuentro entre la compañía Ensalle y Juan Loriente (y luego ENCUENTRO con nosotrxs): 3 horas en el teatro entre cigarros, música (alguna para escuchar con los ojos cerrados), perros que se movían a su bola por el teatro, conversaciones sin ninguna distancia teatral, acciones físicas y vocales con una gran teatralidad, desplazamiento por todos los espacios, lecturas compartidas, Tarkovsky... la sensación de un viaje que resultaba sorprendente transitar, la sensación de estar en algún lugar (o varios), o fuera de lo cotidiano dentro de lo cotidiano, la extrañeza y lo reconocido a la vez... esa frase que resonaba de cuando en vez: te regalo un trocito de incertidumbre, puedes hacer con ella lo que quieras...

GRACIAS POR EL REGALO, COMPAÑERXS.”

Hay en la propuesta de Canchales IV con Juan Loriente, de Ensalle Teatro, en cierto sentido, una desposesión del teatro, pensado como obra ensayada y acabada, repetible. También una desposesión, claro está, de las convenciones teatrales al uso, que establecen una diáfana separación entre escenario y platea. Pero, además, también, esta pieza performativa posdramática se convierte en una alegoría sobre la posesión de los desposeídos: darse el tiempo para estar donde queremos estar, en una vivencia contemplativa y reflexiva a la vez.

Juan Loriente es un actor ya mítico del teatro más vanguardista español. Yo conservo recuerdos de algunos de sus trabajos desde los años 90, con la compañía La Carnicería Teatro de Rodrigo García.

La propuesta de Juan Loriente con Ensalle Teatro parte de una ocupación de diversos espacios de la sala viguesa, guiándose por las sugestiones y los materiales que los propios espacios generan:

 La taquilla, al inicio, cubierta con celosías de ladrillo, como la puerta de un convento o las rejillas de un confesionario. También como el marco de un cuadro para escenas surreales. Cuando te acercas para pedir tu entrada entrevés una imagen pintoresca y extraña, es Loriente, con un poncho de colores, sobrero y mitones, que te acerca la entrada sirviéndose de una mano de látex y te avisa de que dentro puedes fumar, beber, de que va a haber perros sueltos, que no son peligrosos, por si les tienes miedo… Que si te molesta el humo o los perros que puedes acercarte y decírselo y que intentará arreglarlo.

El hall y la barra del ambigú, como lugar para hacer café, servirlo, tomarlo, enjuagar los cacharros, remover en las tazas, conversar demoradamente.

El almacén, como corral, para partir leña, quemarla, leer un texto y escucharlo.

Los camerinos, con los espejos por todas partes, para desplegar la imagen y las voces en un arrebato psicodélico, en un juego de terrores y cegueras, en el que nos confundimos con la actriz, Raquel, y con el actor, Artús, que realizan una performance vocal y física desbordante, en ese espacio reducido, saltando, corriendo, yendo al suelo, por entre nosotros, en medio de una penumbra que es casi oscuridad.

Un cuarto negro para una performance en la que Raquel pisa tomates y pimientos, los parte con una pala, los riega, y Loriente les echa abundante tierra fresca.

El escenario para escenas sin personajes, para instalaciones con una Biblia, un sofá, tres actores y una actriz, que entran, salen, componen, recomponen...

La indigencia está presente en las ropas y en el aspecto de Juan Loriente, casi podría semejar un espantapájaros. Hay un inicio, en la barra del ambigú, en el que habla del precio de un café o de una botella de agua. Un momento en el que parece retratarse la clase obrera desposeída y precaria, amparada en lo más básico.

No obstante, aquí, se trata de una desposesión abierta al juego, que trasciende cualquier queja política para alimentarse en la alegría de lo común, de lo comunal y de la comunión.

Se trata, además, de una desposesión rica, en base a una atención tan real que, incluso en los momentos de transición o preparación de alguna acción, mantiene la tensión espectacular.

Artús y Raquel, actuando como posesos, son una brutal metáfora del tesoro de los desposeídos: la pasión por la vida en sí misma, en su arrebato más muscular, en su ímpetu primero, aquel que compartimos con los animales, como los dos perros que participan de la performance y deambulan por el teatro igual que nosotras/os.

Incluso hay una escena efectista y poética, transgresora y tierna, en la que uno de los perros lame la entrepierna y los pechos de una escultura de madera que Loriente abandona, tumbada, en medio del escenario. El perrito solo lame esas partes, la entrepierna y los pechos de esa especie de diosa de la fertilidad. Mientras, Raquel, Artus, Juan y Pedro realizan otras actividades, simultáneamente, para contrarrestar ese foco, dentro de un paisaje heterodoxo.

Todo el espacio se puebla de sugestiones y de olores. Aquí, a café. Allí, a pimientos, tomates y tierra fresca. Allá, a madera de roble en las llamas de una hoguera. Más adelante, al humo de cigarros de picadura.

Las cosas se van haciendo con el tiempo y con la atención que precisan, decantándolas cuando toca. Por eso esta propuesta, titulada Canchales IV con Juan Loriente, supone una vivencia del tiempo muy diferente a la habitual.

Quizás porque la posesión de los desposeídos es el tiempo. Quizás porque lo verdaderamente alternativo, por encima de beber y fumar donde te dé la gana a lo largo de la pieza, sea tener tiempo. Estar y tener tiempo. Sí. Estar y tener tiempo.

P.S. – En la sección de Crítica de Artezblai se puede leer mi artículo titulado “Canchales/El Canto de la Cabra/Ensalle Teatro”, publicado el 22 de marzo de 2016.

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