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Mar, Nov

En el ataúd

Es de sobra conocido que cualquier texto dramático está sometido a la versión que el director de escena quiera aportar, según su gusto estético e intencionalidad. Tal es así que una obra literaria puede tener lecturas y significados distintos, a veces contrapuestos, por mor de una u otra concepción espectacular. Pero es más, la misma pieza con el mismo elenco y dirección puede mostrar resultados diferentes debido al contexto y al espacio de la representación. En ocasiones he asistido a un mismo montaje –texto, compañía y director- hasta cuatro veces en condiciones y espacios diversos; el espectáculo, sin ser divergente, sufría cierta transformación.

Con “La Casa de Bernarda alba”, al igual que con cualquier otro texto clásico, hay tantas versiones y lecturas posibles que uno pierde la noción de equidad. ¿Qué es lo justo y verdadero?, ¿dónde está lo auténtico?, ¿cuál es la mejor opción?

He asistido con interés y devoción a ver “La Casa de Bernarda Alba” en la sala Estudio2.Manuel Galiana en Madrid. Y mi sorpresa por la sala, que desconocía, me ha transportado a una poética potente y admirable de la pieza de Federico G. Lorca. Es decir, desconozco cómo funciona otro espectáculo en este espacio mínimo, pero La Bernarda, según la dirección de Óscar Olmeda me ha conturbado tanto por la emoción que me ha transmitido como por su honestidad y acierto en la exposición.

La compañía Martes Teatro ha afrontado el texto de Lorca en toda su extensión y contenido. Desde esta perspectiva, hay que decir que el espectador asiste a una lectura canónica, académica donde se respeta tanto la palabra como la psicología y caracterización de los personajes en sentido estricto. Es decir, se recita el texto en estado puro, sin andalucismos no adornos musicales en el fraseo. Cada personaje es dueño, cada mujer es dueña de su palabra con la carga poética, con el significado que le marcó el autor.

No es éste el lugar donde analizar todo el contenido político, sociológico, etnográfico y sicológico del texto de Lorca; otros doctores ya lo han hecho en profundidad. Pero aquí hay que subrayar el pudor, tanto del elenco como del director, para asumir un texto duro donde hay que templar cada frase y cada gesto a fin de no caer en los tópicos de los tópicos, ni trillar en los típicos tipismos de unos personajes un tanto costumbristas. La compañía Martes Teatro ha realizado un maravilloso ejercicio de contención.

Porque, hay que decirlo de una vez, la representación se desenvuelve en el ámbito del naturalismo, pero marcando un equilibrio perfecto entre el personaje y la actriz que actúa a un palmo del público. Es aquí donde cada una de las intérpretes demostraron su magnífica calidad artística. Todas acreditaron su fenomenal concentración para interiorizar sus respectivos personajes sin permitir la mínima distracción, aún sintiendo muy de cerca la mirada inquisitorial y la respiración del espectador.

La puesta en escena hace virtud de la necesidad. Las pequeñas dimensiones tanto de la sala –con un aforo de 47 personas- como del escenario obligan a que varias escenas se tengan que desarrollar en el proscenio y en la propia sala conformando un todo, integrando al lector con la escenificación.

El diminuto escenario conforma un cubo con planchas planas pintadas de negro; paredes, techo y suelo asemejan un patético ataúd. Solo hay una puerta en el centro de la pared del foro para acceder a las habitaciones interiores de la casa. En el lado opuesto, el espacio de la sala por donde se accede desde la calle, los personajes salen al corral donde patea el caballo garañón, y al zaguán que da al exterior. Las mujeres practican ese espacio que forma parte de la casa. Es un espacio sin salida posible porque Bernarda no lo permite. Público y personajes quedan atrapados en un ataúd mental.

La metáfora es perfecta, implementa la poética lorquiana: autoritarismo, falta de libertad, tenebrismo y fatalidad, sometimiento de voluntades, y toda la serie de atributos de Bernarda. La puesta en escena entierra en vida a unas mujeres por una voluntad enfermiza, machista, incapaz de asumir la realidad.

Como ya es conocido, Lorca solo salva de la paradójica muerte en vida a Adela; el amor la libera. Y allí quedamos público y personajes con las últimas sentencias de Bernarda: “Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla a la cara. ¡Silencio! ¡A callar he dicho! (…) Nos hundiremos todas en un mar de luto. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”.

La luz que comenzó brillando en color rojo de amor, durante la representación se fue tornando, apenas imperceptiblemente, en tonos rosáceos hasta alcanzar la frialdad de un blanco que se extingue con la tragedia. En “La Casa de Bernarda Alba” de la compañía Martes Teatro se mantiene y subraya la poética de Federico; espacio y tragedia se complementan con un gran trabajo en una espléndida pirueta existencial.

Manuel Sesma Sanz

Espectáculo: La Casa de Bernarda Alba. Autor: Federico García Lorca. Reparto: Alexia Lorrio / Majo Moreno, Pilar Ávila, Pilar Civera, Ana Feijoo / Myriam Gas, Ainhoa Tato, Susana Sanz / Carmen M. Galiana y Paloma Ligero. Dirección: Óscar Olmeda. Compañía Martes Teatro. Sala Estudio2.Manuel Galiana, hasta el día 28 de enero.