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21
Lun, Sep

Y no es coña | Carlos Gil

Confieso que tener de compañeros a tres individuos que son capaces de mirar a la situación actual de las artes escénicas desde tres perspectivas tan diferentes, hace que a la hora en que me toca pasar a la historia, es decir que me toca enfrentarme a plasmar mi posición en estos artículos ante las medidas sanitarias para paliar la pandemia, los desgarros que se están produciendo en el tejido creativo, productivo y de distribución de las mismas y las posibles soluciones, tenga tantas posibilidades de absorber lo que los demás piensan, argumentan y plasman en este mismo medio, que debo advertir de que me parece que tengo la esponja de mi cerebro saturada. No admite ni una contradicción más. 

 

La decisión supera cualquier noción epistemológica. Las cifras, las fechas, los recuentos, que a veces parecen más que nada cuentos, las declaraciones interesadas, las gremiales, hacen que uno pueda pasar en su confinamiento de la actitud más optimista, con todas las suspicacias enterradas en el buenismo y en la noción caritativa de no crear más tensión, ni empujar a nadie a caminos de desesperación de difícil retorno. La otra actitud es ver que todo va de la propaganda diaria con las estadísticas en ocasiones fantasiosas y en otras fantásticas, las miserias de los políticos que están enfangando constantemente el terreno de juego y la realidad que es tozudamente deprimente. No hay ayudas a alquileres reglamentadas, no ha devuelto Hacienda todavía ni un euro, no se han reglamentado de manera clara las ayudas a quienes nada tienen, no se cobran los ERTES, a las pequeñas empresas nos conducen al matadero del crédito como única salida y hasta el cinco de mayo, si todo va bien, no se reunirán para ver qué medidas se adoptan para resucitar a la Cultura en general y muy concretamente a la que se hace en vivo y en directo, que es la que está absolutamente paralizada, en dique seco, con sus trabajadores al borde del abismo económico. Se nota que son de letras, dijeron que en diez días decían algo y les salen veinte. 

No sé si es mejor jurar en arameo o en etrusco. Lo que vislumbro es la necesidad angustiosa de la población en acabar con la incertidumbre y que desean salir a la calle. La guerra entre el gobierno central y las autonomías por ser las primeras en desescalar, es patética. Las imágenes de ayer domingo de las familias incumpliendo de manera obvia las medidas de seguridad en la salida de niños y niñas, nos corta cualquier impulso esperanzador de que hayamos comprendido algo. Y en nuestro gremio, me refiero a las artes escénicas, una cosa es la parte mercantil, otra la parte cultural, la sanitaria y los trabajadores que están sin ninguna ayuda para continuar viviendo. Cuatro puntos de vista, con sus subdivisiones y apartados específicos en cada uno. No es fácil encontrar una solución. Es muy difícil. 

He leído un aplicado informe este fin de semana en donde se advierte de algo que yo intento explicar y es que, en términos reales, objetivos, la apertura de las salas y teatros debe hacerse con las suficientes garantías de seguridad y teniendo en cuenta, por encima de nuestras perentorias necesidades, las de los públicos, que son quienes completan la acción teatral. Abrir en setiembre, por ejemplo, con limitación de aforos, con públicos separados y que debe usar mascarillas, puede generar un desafecto al propio hecho de acudir al teatro. Y esa mala sensación instalarse de manera generalizada y provocar una recesión de públicos que nos coloque ante una situación insostenible. Por eso, cautela. 

Hay otro apartado que no soy capaz de entender de manera total. Si los presupuestos de las instituciones son cerrados, es decir, para el primer trimestre había destinado en tal localidad equis euros a la exhibición de espectáculos en vivo, si no se ejecutan, ¿dónde van esas cantidades? Si se abren teatros con limitación de aforo, ¿quién se hará cargo de la parte que no se puede vender? En las unidades de producción institucionales, es obvio: de sus presupuestos, pero en los teatros comerciales que viven de la taquilla en un gran porcentaje y que son los que más están presionando, ¿qué criterios se seguirán para determinar las butacas vacías subvencionables? 

Muchas dudas. Insisto en mis obsesiones: el Estado de las Autonomías hace más dificultoso tomar decisiones estatales sin zaherir algunos estatutos. Las Consejerías tienen que decir algo y ya, porque son de su competencias. Los teatros públicos y sus programaciones son en su inmensa mayoría municipales. El INAEM guarda silencio. No sé cómo calificarlo. 

Siempre nos quedará Portugal para mirar con envidia.