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Vie, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Modular la opinión de manera ponderada cuando se están sufriendo golpes emocionales es bastante impropio de un ser de sangre caliente, reflexión espiral y apasionamiento de forofo. Es por ello que una vez más, al estar inmerso en otra realidad teatral, cultural, económica y política, viendo como se establecen los debates, las intervenciones, el interés sobre los asuntos generales en torno al Teatro, pero muy específicamente sobre la edición, la lectura, la información, la academia y los oficiantes, uno debe contenerse porque la experiencia obliga a relativizar.

Tras muchos años de foros, debates, encuentros, locales, estatales, internacionales, algo se repite de manera irremediable. Todos se quejan de su circunstancia, añoran las de otros lugares, sin compararlas, y creen que sus respectivos gobiernos en todos sus estamentos lo hacen peor que nadie. Sucede aquí, en cualquier comunidad autónoma con actividad teatral, sucede por países europeos y sus comunidades artísticas, y en Iberoamérica es algo todavía más bullicioso porque están en ocasiones llegando a lugares nunca alcanzados de intervención de los gobiernos en la actividad teatral o de las artes escénicas.

Y lo cierto es que en muchos lugares están bastante más avanzados, no sé si en cuanto a supuestas estructuras de ayudas, subvenciones y producción, pero sí en cuanto algo previo: la formación, la enseñanza, la investigación. Pongamos que hablo de México desde donde escribo. Pero podríamos decir lo mismo de Cuba o de Argentina. Todo con sus variantes, sus matices, sus peculariedades. Al igual que si miramos al Estado español, no es lo mismo Catalunya, que Extremadura, al igual que es diferente Euskadi que Madrid. Pero en todos los lugares se quejan de casi lo mismo, y lo hacen comparándose con el vecino cercano o lejano, sin darse cuenta de que objetivamente sus circunstancias, pueden ser mejores. Incluso mucho mejores

En términos generales, en el Estado español, en los años de la bonanza económica se produjeron crecimientos manifiestos en la producción y en la construcción de edificios para la exhibición. Se crearon escuelas de manera desregulada. Incluso se crearon instancias universitarias que a base de masters, suplían ciertas deficiencias curriculares. No se cuidó la calidad de estos masters, ni de esas escuelas. Posteriormente todo se volcó en la gestión, lo mismo que ahora de manera angustiosa se gastan todas las energías en una quimera: la internacionalización. Por decreto. Por que sí, sin atender a nada más que el deseo de internacionalizarse. Todo en un círculo vicioso, antes y ahora.

No se propició la investigación, ni la edición, ni se establecieron planes de lectura, en general pero específicos para la literatura (o parlatura) dramática. Los autores se han dio haciendo a base de talleres. La vida editorial es casual, personalizada, voluntariosa. Algo parecido sucede con las revistas especializadas. Por ello el nivel de discusión queda siempre en un estadio que cuando mejor lo podríamos calificar de pragmatismo economicista, nunca en base a corrientes de alineamiento en estéticas o tendencias.

Yo sí noto que tras las quejas rituales de los miembros de algunas comunidades teatrales, existen posicionamientos teóricos que avalan una práctica. Que existe una formación generalizada en los directores de teatro mexicanos, argentinos, colombianos, chilenos, cubanos por citar algunos países comparables y no referirme a los países ricos teatralmente de centro Europa, que les lleva a indagar, a buscar nuevos caminos, a experimentar con nuevas técnicas, a tener un conocimiento de movimientos actuales, de saber mirar en la historia de todas las pragmáticas teorizadas y que elevan el debate a otros puntos que me cuesta encontrar en el Estado español.

Obviamente la generalización es injusta, pero mirémonos sin tanta condescendencia, analicemos nuestros males, no solamente con los dictados de la oligarquía teatral, con los números o con las urgencias. Intentemos darle a las artes escénicas mayor enjundia intelectual a base de una formación más profunda. Esto redundará en el futuro, ayudará a hacer mejor teatro, y a conectar con otros públicos más formados también. Entendamos que vienen a ver nuestros espectáculos ciudadanos que buscan muchas cosas diferente cada uno, incluso la luz, incluso la posibilidad de identificarse, de molestarse, de cuestionarse. No todos vienen solamente a buscar entretenimiento banal. Y pensar, lo juro es bastante divertido.

Por eso, otra vez la formación, otra vez constatar como crecen las comunidades teatrales a base de apuestas políticas, presupuestos y de establecer objetivos posibles pero ambiciosos. Y la enseñanza a de alto nivel, la investigación, apostar por la edición, el análisis, la reflexión y la lectura como método de ampliar conocimientos es una buena inversión.