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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Leo en una revista científica que el llanto del bebé tiene una sonoridad particular capaz de activar en quién la escucha una inmediata reacción de miedo. Un miedo que a su vez dispara la alerta del oyente y lo prepara para hacer frente a cualquier peligro. Se trata de un estudio muy reciente que demuestra que el llanto de los recién nacidos tiene una cualidad acústica llamada dureza que es captada específicamente por una parte de nuestro cerebro. Es decir, que por muchos pensamientos que ocupen nuestra mente, siempre hay un hueco para percibir el aullido de un niño y poder reaccionar en consecuencia.

Leo en otro artículo científico que acaba de caer en mis manos que los bebés aprenden muy pronto a simultanear gesto y habla, y lo hacen además de forma muy precisa: siempre sincronizan la sílaba más fuerte de una palabra con el gesto de señalar (el primer gesto que el bebé aprende con clara intención comunicativa). En otras palabras, desde muy temprana edad entendemos que palabra y gesto, voz y cuerpo, van unidos.

En ambos estudios las capacidades de los bebes con su voz y sus gestos aparecen como una novedad científica. Sin embargo, cualquiera que haya convivido con bebés sabe no sólo que el llanto del bebé es capaz de ponerte en guardia por muy dormido que estés, sino que la voz del bebé atesora, desde que apenas está en el mundo, infinidad de matices que le ayudan a comunicarse con su entorno. En la voz de un bebe uno escucha, en ondulaciones agudas, la emoción de un descubrimiento; la rabia, en sonidos rasgados e hirientes, pero que nunca dañan su garganta; o la alegría en carcajadas que hinchan todo su cuerpo. Cualquiera que haya convivido con un bebé, también sabe que este pequeño ser no separa voz de cuerpo, ni palabra de gesto. El grito necesita de una articulación corporal precisa para poder llegar con mayor violencia a los tímpanos de quienes le rodean. Al mismo tiempo, una caricia delicada es acompañada con un sonido que se le corresponde en cualidad y energía. Y cuando saltan (literalmente) de alegría, emerge también un sonido que bota con ellos.

Resulta curioso que todas estas cualidades que en el bebé recién emergen y palpitan buscando un posterior desarrollo, en el adulto tiendan a permanecer apagadas. En un entorno ultratecnólogico, donde la comunicación cuerpo a cuerpo es una relación en extinción, el habla se vuelve un acto cerebral, desconectado del cuerpo y del gesto, un acto sin vida donde las palabras parecen caer directamente del cerebro abajo. El registro vocal, que tanto abarca en un bebé, aparece completamente constreñido en adulto que no ha entrenado su voz, sin apenas poder moverse de un registro de voz instalado en las cuerdas vocales, en una escala habitual que solo conoce dos colores: el habla cotidiana, y el grito.

En relación al uso de la voz en los adultos, este mes tuve la oportunidad de asistir a una clase magistral y una conferencia entorno a Roy Hart y su manera de afrontar el trabajo vocal, a cargo de Pantheatre. Volvía a revivir un trabajo vocal que durante años nos fue transmitido Juan Carlos Garaizabal, aunque desde otra perspectiva: la voz como vehículo infinito de expresión humana, llena de espacios, de recovecos sorprendentes, de matices; la voz capaz de conectar con experiencias íntimas, emocionales, donde los agudos y los graves no son sino puertas de sonido que se abren a vivencias de múltiples colores y texturas, placenteras a veces, desgarradoras otras, pero siempre desde el cuidado y la sensibilidad.

Esta investigación que llevó a cabo Roy Hart y que ampliaba de forma extraordinaria el registro vocal, se ha llamado frecuentemente "la voz de las ocho octavas". Decía Hart que esta voz de sonidos inimaginables no era propiedad exclusiva suya, sino que pertenecía a la humanidad. Lo que sucede es que la adaptación a la vida moderna, y también las clásicas técnicas de voz y canto, hacen que paulatinamente se pierda es infinita gama vocal. Hart buscó los caminos para recobrar esa capacidad vocal innata que posee el ser humano.

Ahora estoy en Kosovo, trabajando con varios artistas y con niños. Dentro del proyecto Nils Personne (gran músico sueco) y yo hemos asumido la parte musical y vocal. Nils habla de John Cage y de cómo podemos encontrar música en elementos que en apariencia no son instrumentos. En un sentido Cage invitaba a no olvidar la música que inadvertidamente nos rodea, de la misma manera que Hart invitaba a no olvidar la inmensa expresividad vocal que guardamos dentro . Mientras Nils tira de Cage, yo mantengo a Hart en mente, y trato de explorar con los niños, a través de un juego que implica voz y cuerpo, esas voces que hace tiempo no visitan. Buscamos que esta experiencia haga un hueco en su recuerdo lo suficientemente hondo para que aguante, al menos, las primeras tormentas de la desmemoria.

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