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Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Se escriben estas líneas en la mañana del lunes tres de mayo del año 2010, fecha en la que se celebrará la ceremonia de proclamación de ganadores de los Premios Max. No se conoce, por tanto, el resultado de las diferentes categorías que se deciden por votación popular entre los autorizados a ejercer esa posibilidad. Por lo tanto nada de lo que se diga tiene que ver ni con las personas ni las instituciones galardonadas. Se intenta insistir en una de las muchas dudas que estos premios suscitan a propios y extraños.

La postura más sencilla y común es señalar que cualquier acto, evento o circunstancia que sirva para poner en valor social y mediático las artes escénicas es positivo para las mismas. Dentro de esta corriente de opinión se escucha con cierta asiduidad que si los Premios Max no existieran, deberían inventarse. Estamos de acuerdo en lo básico: estos Max son una de las pocas ocasiones en donde la gran familia de las artes escénicas aparece de manera conjunta, aunque sea en un estado competitivo. Por lo tanto es de las pocas ocasiones en los que las artes escénicas encuentran un espacio en los medios de comunicación, aunque sea solamente por unas horas, en el que se muestra como algo conjunto, como un bien común.

Las obviedades hay que remarcarlas, por si acaso no han quedado bien fijadas. Por lo tanto los Premios Max tienen dos funciones primordiales: darle este empujón mediático global que debería interpretarse como una acción externa, y a la vez, debería tener otra función interna, que sería la de consolidar propuestas, obras, para que su vida de exhibición pudiera reforzarse con el eco de los Max. Y es aquí, en este punto, donde la cosa no funciona. Y no lo hace por el sistema de producción imperante en estos momentos, donde la vida de las obras es efímera, porque las más premiadas ya han pasado por muchos escenarios, muchas de ellas cumpliendo todo su trazado y vida activa y aunque reciba un Max, no se garantiza una posible remontada, una vuelta a los escenarios, ya que no siempre se puede lograr el mismo equipo actoral. Y porque tampoco un Max lleva a su contratación porque no tiene un valor publicitario suficiente como para que los públicos renuentes se acerquen a ver una obra por el hecho de tener uno o diez Max.

En este sentido, los Max no son útiles. O al menos no lo son en el corto plazo. Los efectos que tiene sobre las compañías, los directores, las actrices o todos los premiados en su futuro es difícil de calibrar, porque es difícil saber cómo se perciben, cuanta credibilidad generan. Y esta duda razonable coarta, colapsa, deja en entredicho algunos resultados y provoca todas las incertidumbres sobre su valor efectivo. Las dudas llegan siempre a caballo de la falta de datos sobre le número de votantes. De los sistemas de votación empleados. De que siempre acostumbran a ganar compañías, obras, profesionales que tienen por detrás un grupo de votantes suficiente por proximidad, compañerismo, pertenencia al mismo grupo de producción y otras variantes que dejan bajo una capa de sospecha los resultados finales.

La realidad es que Madrid y Barcelona concentran el número mayor de profesionales, de producciones, de compañías que giran por todo el Estado y ello conlleva que sean, por una razón u otra, las producciones de estos dos polos las que mayor número de Max recojan. ¿Es injusto o es el resultado de una realidad calcificada por la demografía, las inversiones públicas y los hábitos de la ciudadanía? ¿Se puede buscar una manera de paliar esta realidad estadística? ¿Unos Premios pueden ayudar a cambiar un sistema muy arraigado? ¿Es esa su función o simplemente con crear un espacio de reconocimiento ya tiene más que cumplida su utilidad?

También se ponen en cuestión algunos premios, apartados o categorías. En todos los casos se han creado para satisfacer demandas. Se han hecho con la mejor de las intenciones, aunque acaben siendo premios menos valorados, como una suerte de pedrea para que las producciones de las autonomías también tengan su presencia. Los concedidos por decisión directa de jurados especializados tienen otro cariz, por decirlo de alguna manera, están fuera del mercado, de la pelea diaria y son los que proporcionan, en ocasiones, un mayor valor cultural.

Quizás hay que señalar que estos Premios Max se hacen bajo el amparo, la organización y el presupuesto de la SGAE. Las colaboraciones institucionales a través de cesión de locales, de ayuda estratégica, la retransmisión por TVE, son algunos de los datos que confluyen y contextualizan. Y no es nada más que hacer constancia de una circunstancia incuestionable: es una de las marcas peor valoradas por la ciudadanía en general. No enjuiciamos, nada, certificamos algo que está en la calle. Y esto no ayuda a darle más vuelo a los Max, pero tampoco evita que sea el momento de situarse: en lo referente a las Artes Escénicas, no hay dudas, la entidad de gestión cumple con sus objetivos. Otra cosa son algunos asuntos que realiza la actual dirección ejecutiva. Sus raros movimientos son de difícil comprensión. Por lo tanto decimos sin una pizca de cinismo: larga vida a los Premiso Max. Felicidades a todos los premiados. Gracias a todos cuantos hacen teatro en estos tiempos difíciles.