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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor
Correr, correr y correr. No dejar de hacer cosas, a cada rato. Terapia ocupacional, lo llama alguien a quien conozco. No tener ni un minuto para pensar e ir siempre de un lado a otro sin tiempo para transiciones. "Te vas a arrugar antes de lo debido", solemos oír los que vamos todo el día con la quinta marcha metida. Y es que no esperamos a que el tiempo vaya a nuestro encuentro, sino que corremos contra él.

Hay compañías míticas de teatro que nos animan a que busquemos lo que hay más allá del cansancio. Nos advierten de lo vaga que es la mente y de lo poderosas que son sus señales de aviso, a las que es difícil no hacer caso: "Estas cansado. Siéntate. Te falta el aliento, déjalo. Cómo vas a seguir corriendo, ¿no ves que ya no puedes más y que te duelen las piernas, te pesan los brazos, te duelen los pies?" Estas muerto de sueño. A dormir."

Los actores de los que hablo nos animan a seguir haciendo a pesar de esas señales que nos envía la cabeza. A pesar del cansancio. Nos invitan a cruzar la frontera y entrar en un mundo donde las leyes son otras, porque las defensas bajan. Caen los muros construidos para protegernos y no ir con el pecho abierto a todas partes, cae la rigidez de formas, el cuerpo se ablanda, la mente se vuelve más dúctil ¿y el alma?

Vete tú a saber todo lo que puede llegar a hacer el alma en esos estados de agotamiento.

En realidad, agotar a la persona también es una de las técnicas de tortura más antiguas y eficaces que hay, así que supongo que habrá que tener cuidado para no convertirnos en nuestros propios martirizadores. Porque, al ritmo en el que funciona la vida hoy en día, no resulta difícil caer en la propia celda de tortura donde uno es, a la vez, víctima y verdugo, caballo que corre y látigo que golpea. La presión que ejerce a varios niveles la sociedad en la que vivimos hace el resto, configurando, con ello, el escenario perfecto.

En el oficio del actor, una de las técnicas que se utiliza para que las personas digan un texto desde lo esencial, sin tapujos, excentricidades o disfraces, sin dudas e inseguridades, sin juzgarse a sí mismos ni a los que están mirando... es el cansancio. Pones a alguien a saltar como un loco con una música bien potente el tiempo suficiente y luego, poco a poco lo vas parando, dejas que su movimiento exterior e interior vaya amainando, como un péndulo que va perdiendo recorrido, hasta que queda la persona sola, en pie y con el corazón latiéndole aún con fuerza. Ese es el momento desnudo. Si el texto está lo suficientemente aprendido como para que el cerebro no tenga que concentrarse lo más mínimo en sacarlo... pueden suceder cosas increíbles. Porque no hay vallas ineficaces, no hay trincheras, no hay escudo. No hay guerra. Solo entrega.

Quizás sea equiparable al momento que se alcanza justo después de hacer el amor. Ese momento que sólo sucede si te quedas. Si te quedas, y miras a quien tienes de frente sin tapujos. Con esa mirada que uno solo tiene después de haber atravesado ciertas barreras. La del cansancio, es una de ellas.