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Lun, Nov

Y no es coña | Carlos Gil

La vida del ex comediante reconvertido en veedor, parlanchín y sentimental captor de una memoria selectiva se va resquebrajando y reconstruyendo a base de recuerdos y emociones. En siete días he estado en Menorca, en los actos de un premio de textos dramáticos, el Born, el de mayor dotación económica y reencontrarse con la fuerza de la sociedad civil, lo organiza el Cercle Artístic de Ciutadella, y ha conseguido convertirse en un referente ya que en su palmarés encontramos a los autores y muy pocas autoras, que con el tiempo se han convertido en fundamentales. Y tiene un valor añadido, desde hace unos años se edita en las cuatro lenguas oficiales del Estado español. Se hace desde el punto más oriental de un Estado que, en estas cuestiones de las lenguas, en la práctica, ha renunciado a tener alguna incidencia. 

Un detalle, en el Teatro Valle-Inclán, CDN, se ha representado Obabakoak, texto de Bernardo Atxaga, versionado y dirigido por Calixto Bieito y la primera función la del 25 de octubre se hizo en euskera con sobretítulos en español. Esto debería ser más habitual. Y hasta sería bueno ver teatro en gallego y en catalán, con sobretitulación. Sería una manera de normalizar la realidad de la escena estatal. 

De la ciudad más oriental a la más sureña, Cádiz, a su FIT, allá donde se encuentran las orillas teatrales, con todos los matices del español de la lejanía isleña, andina, platense y de la centralidad. Los años convierten en feliz costumbre lo que no es otra cosa que responsabilidad profesional. De año en año nos reunimos la vieja memoria del teatro iberoamericano con las nuevas generaciones. Convivencia fructífera. Síntomas de renovación de formas, de cuerpos, de estilos, de objetivos. Las renovaciones no siempre son linealmente hacia delante. Yo insisto en una paradoja que empieza a convertirse en una gangrena: la supuesta vanguardia regresiva. 

Hoy, que nos hemos despertado con la mala noticia del nuevo presidente de Brasil, entro en un bucle obsesivo, me vuelvo a los orígenes, recupero alguno de los principios con los que a la muerte del dictador español nos fuimos ordenando en las estructuras teatrales que se fueron creando, la comunicación directa entre la ciudadanía, los públicos, y los escenarios. La pertenencia a una clase, a una idea, a unas ilusiones, a unos deseos sociales, sexuales, de libertades de los que hacían el teatro y quienes lo recibían, lo sustentaban, lo sentían suyo y acompañaban a grupos, autores, directores y proyectos. Complicidad. Un día, llegó el neoliberalismo y todo se descompuso. Y se fragmentó y se engañó a unos y otras, y se crearon productoras, en vez de grupos, se premió el comercio a la cultura. Y florecieron cientos de miles de chalets adosados, donde empezó el fin de la cultura urbana progresista. Y así estamos. 

Se presentan espectáculos que se venden como modernos, experimentales, de vanguardia y son de una estética que, a finales de los setenta, los listos más tontos de la historia de la humanidad, decidimos de manera frívola que estaban obsoletos. ¿Hoy tiene valor frente a los públicos actuales? Dudo. No niego. Dudo. Sigo viendo demasiadas canas blancas en las plateas de los teatros. No hay que olvidarse de los espectadores y espectadoras jóvenes. Y dirigirse a ellos con inteligencia y con algo que les interpele. La estética de las publicidades es más arriesgada en ocasiones que la que se ve en los escenarios. Aplaudo todos los errores, todos los riesgos, todo aquello que busque, aunque sea a ciegas. No soporto el discurso barato, la mala copia. YouTube es la madre de tantas copias. Las patatas salen cuando hay mata. Y sin fundamento teórico, marco intelectual y filosófico, no hay progreso, no hay discurso, hay vocerío, silencio, incapacidad de trasladar un aliento inteligente para cambiar la realidad existente desde la poética escénica. Lo que diríamos hace unos años, un teatro complaciente con el estatus quo, es decir, reaccionario por no intentar cambiar nada.

La última etapa de la semana anterior la pasé en Badajoz, dentro de su longevo Festival Internacional, en unos encuentros de los que son siempre necesarios y que crean frustración. Dos días de jornadas para hablar de la internacionalización en las artes escénicas. Se explicaron diversas experiencias, se cuestionaron ciertos dogmas, se sintió la confusión en ciertas instituciones, se constató la desmembración de la profesión. No acudieron a descubrir alguna pista sobre lo posible y lo imposible casi nadie. Y como tengo la sensación de haberme convertido en el payaso tonto de la internacionalización, el que recibe las hostias porque no comulga con las mentiras absolutas de la propaganda, he estado en diversos lugares del planeta Tierra hablando de lo mismo, o de otras cosas, y lo cierto es que la sensación de que los asuntos no inmediatos, subvenciones, ayudas, y demás contingencias toscas, no forma parte de los intereses de grupos, compañías y profesionales. Es un síntoma más del desarme general.  

Hacía muchos años que no pasaba por Badajoz, y al bajarme del tren, tomar un taxi, ir al hotel, me entró la melancolía, atravesé un estadio emocional reconocible. Y solamente escuchaba una palabra, un nombre, Leoni. Y todo se inundó de su humanidad expansiva, de su gracia, de sus exageraciones. Un tipo con el que soñé, discutí, amanecí, bebí y comí hasta el riesgo. Un hombre de teatro al que se fue la vida de repente. Desde que se fue a seguir su juerga, no había vuelto a Badajoz. Sí a Cáceres, donde hacía años soñamos revistas y estructuras teatrales conjuntas. Pero en Badajoz, por alguna razón, se me hizo presente en mi memoria. Al abrazar a Miguel Murillo, estaba escuchando su risotada. Y solamente puedo parafrasear una canción: me cuesta mucho olvidarte Leoni. 

 

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