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Mar, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Estoy escribiendo esta homilía lunática en un hotel de Miami, cuando me faltan a penas cuatro horas para tomar un avión que me llevará, después de parar en Lima, a Córdoba (Argentina) donde voy a concluir los ensayos de mi obra Flores Ácidas que se estrenará en el Teatro Real el día 5 de agosto. El sábado pasado en la casa de Norma Montenegro, la directora de Teatro del Abasto de Buenos Aires, que es la productora de un proyecto que tenemos en marcha desde hace más de un año y que pronto cuajará, Chía Patiño directora del Teatro Nacional Sucre de Quito y del festival de esa ciudad andina y un servidor nos juntamos frente al piano para completar la música de mi anteriormente obra citada.

Estamos ultimando una canción que hemos incorporado recientemente al texto que empecé a garabatear en Porto cuando su FITEI, que terminé en mi casa de Madrid, que le mandé la letra a Chía y después le enviamos una improvisación hecha en un ensayo en Córdoba con la voz de Amalia Freytes y Fernanda Álvarez grabado en un teléfono, que acabó musicándola en París, mandó una foto de la partitura, la citada Fernanda la transcribió con su arpa, le cambió alguna nota para ajustarla mejor a la cantante y que ahora la terminará de armonizar y perfilar definitivamente cuando vuelvo en unos días a su estudio de Quito, Chía.

Esto es bastante habitual. La tecnología nos permite tener estas posibilidades de ubicuidad creativa. Y en este caso todas estas emociones contadas alrededor de un caso personal son fruto de la presencia física en varios lugares de la tierra para ver, hacer, escuchar, debatir, soñar, teorizar sobre el Teatro. He nombrado a unas cuantas personas de las que formamos una especie de tribu, en donde además de nuestras diferencias horarias, de nuestras discrepancias ideológicas y por tanto estéticas, nos une un amor incondicional al teatro, un respeto al trabajo del otro, una sinceridad y unas ganas de estar juntos, para reírnos, para criticar el trabajo del compañero, y que en esta ocasión nos hemos reunido para asistir al estreno de "El puerto de los cristales rotos", un trabajo ambicioso, de denuncia de la peripecia de 937 pasajeros de un barco salido desde Hamburgo, que no fue aceptado en el año 1939 ni en La Habana ni en Miami y que debió retornar con esos pasajeros de origen germano judío que huían de la ya inminente persecución nazi y algunos acabaron en campos de concentración.

Una obra escrita a dos manos más dos manos por la argentina Patricia Suárez y el cubano Mario Ernesto Sánchez que además la dirige, como dirige el Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami que nos acoge en su trigésima primera edición. Estaban con nosotros el colombiano Daniel Mikey, actualmente con un conflicto de consecuencias imprevisibles sobre las supuestas irregularidades en el Festival Iberoamericano de Bogotá, cuya madre Fanny junto a Ramiro Osorio fue fundadora. Y además se ha reunido para la ocasión Débora Staiff, una mujer de la cultura, el teatro, que actualmente desempeña una importante labor de dirección en el Ministerio de Cultura de Argentina.

Con los aquí mencionados más otros cuantos, el contacto por whatsapp, Facebook o correos es casi constante y diario. Tenemos proyectos en común, cruzados, intereses convergentes, ideas divergentes, pero nos une el Teatro y la gran suerte y oportunidad de poder tener esta movilidad física, esta disposición para unas cuantas veces al año, todos o parte del grupo, nos podamos abrazar, desayunar frutas, beber vinos, pergeñar futuro cultural y teatral generalista y específico y hasta utópico, amar y ser amados a través de la amistad profesional, convertida en sentimientos positivos, que al menos a mí me hacen identificarme de manera más segura y clara con este grupo que con los que me pueden rodear en mis días de labor en Madrid, Bilbao u otro lugar habitual de trabajo.

Cuando ustedes lean esto yo estaré en otro sentimiento, en otro lugar, que es el mismo lugar, el mejor lugar, ese estadio cercano al paraíso: la sala de un teatro donde estrenaremos una obra mía con el Grupo Damas. Rodeado de cinco actrices que convierten mis palabras en emociones, en personajes, las situaciones se tornan espacios donde ha crecido la vida, eso que llamamos teatro y que vamos dándole capas, integrando hoy un vestuario, mañana una canción, pasado un gesto, una música, una luz, hasta tener la cebolla casi completa para ofrecerla con respeto e ilusión a los públicos que quieran acompañarnos. Esto es el teatro, algo tan simple y tan complejo.

Por eso lo amo, por eso sé dónde está mi Casa, dónde esta el lugar donde depositar mi energía. Por eso a veces me vuelvo tan sectario y contradictorio, tan violento contra esos mierdas de mercaderes teatrales que han creado una miseria general para enriquecerse ellos.

Os dejo este relato casi íntimo de mis deseos, de mis amores, de lo que me sostiene con vida frente a toda la estulticia que nos rodea.

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