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04
Mar, Ago

Foro fugaz | Enrique Atonal

Falleció Piccoli, en este año de la peste, año sitiado por el desastre, murió y pocos pudieron ir a su entierro, tal vez fue mejor así. Pero ahí está presente en sus películas memorables, como un vividor sin escrúpulos, corrupto y corruptor, ambiguo y subterráneo. Ahí esta Piccoli en sus películas con Buñuel, El diario de una recamarera, y especialmente en ese prodigio que es Belle de Jour. Pero lo encontramos en varias producciones cinematográficas inolvidables, que por lo pronto dejaremos de paso, porque en este artículo me interesa el Piccoli actor de teatro. 

 

Recuerdo que lo vi por primera vez en el teatro en 1982 en la rotunda puesta en escena de Peter Brook de El jardín de los Cerezos, de Antón Chéjov, cuando Brook estaba en la potencia de su arte. Ya conocía a Piccoli gracias al cine, (La gran comilona de Ferreri, El desprecio de Godard), pero verlo en escena, en ese ambiente decadente del reencontrado foro del Bouffes du Nord, fue un prodigio inolvidable. 

El cine permanece, el teatro pasa. ¡Qué tal! acabo de descubrir el hilo negro. No obstante el cine permanece como un recuerdo vago, nostalgia brumosa, imágenes que se borran como los sueños cuando despertamos. Podemos volverlos a ver, pero la impresión de vaguedad seguirá intacta. 

En cambio el teatro es vivencia, lo recordamos como un suceso de nuestra propia vida, como algo que nos ocurrió. En esa improbable velada de 1982 conocí personalmente a Piccoli sin hablar con él, respiré el mismo aire y el sonido de su voz fue profundo y verdadero en mi cuerpo. Junto a Piccoli estaba el terrible actor Niels Arestrup, ese que hizo que Isabel Adjani se escapara del teatro en el que ambos representaban La Señorita Julia, pero esa es otra historia. Pocos actores tienen la violencia escénica de Arestrup que combinado con la elegancia de Piccoli, compartían papeles en el escenario. La memoria vacila, pero el teatro está vivo. 

La última vez que lo vi en escena fue en El Rey Lear; Piccoli encarnaba al anciano loco de poder e ineptitud, que aprende la vida en sus últimos días, prisionero de sus errores. Piccoli estaba impecable en el papel del rey enfermo y delirante. En ese momento me impresionó su memoria para proferir las largas tiradas del anciano Lear. Piccoli tenía una dicción impecable que abarcaba toda la sala sin el artificio del micrófono; su actuación modulada (¿herencia del cine?) hacía más verdadero al personaje, y su agilidad de felino viejo sorprendía; y todo por qué, por Hécuba, como nos indica Hamlet. 

Piccoli encarnaba el misterio de la actuación; no todos tienen ese ángel, ese duende; se puede mejorar la técnica, pues dones sin disciplina no fructifican, pero la actuación sigue siendo un oficio muy arduo aunque trate de suplirse con gritos y sombrerazos. La actuación es talento innato y trabajo cotidiano, como en cualquier oficio artístico. 

Cierro esta nota con un saludo fraternal para el gran actor Michel Piccoli, al que podremos encontrar atrapado en los píxeles o el celuloide, y que representa esa voluntad, esa fuerza escénica que hace vivir al teatro. ¡Salve Maestro Piccoli!

Cd de México, mayo de 2020