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Vie, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz
Generalmente se considera que la escena es un espacio de acción, pero al otro lado del burladero hay profesiones cuya tarea principal es mirar. Decimos mirar, pero no nos referimos exclusivamente a la actividad de los ojos, sino en general a la actividad que desarrollan todos los sentidos cuando se percibe una obra artística. Si un futbolista se debe a sus pies, un catador de vinos a su lengua y un dibujante a sus dedos, estos profesionales se deben a sus especiales ojos, a su particular capacidad para apreciar la escena por medio de una visión que implica a todos los sentidos. Ver a través de los ojos, pero también "ver" a través de los oídos, de la piel, de la lengua, del olfato. Elevado a categoría de artesanía, el acto de mirar es una suerte de sinestesia, una fértil sinergia de los sentidos que convierte la percepción en materia de oficio.

Directores teatrales, programadores y críticos teatrales tienen un quehacer específico, aparentemente muy distinto los unos de los otros, pero hay algo común y esencial en todos ellos que precede su labor: mirar. El director mira a los actores, la iluminación, los objetos, "mira" la música, las texturas, los olores, y a partir de ahí compone y crea. El programador observa multitud de espectáculos, en video o en directo, antes de seleccionar aquellos que se representarán en su teatro. Y finalmente el crítico plasmará en palabra escrita lo que sus ojos han percibido.

A pesar de ser algo que se hace desde que nacemos, "mirar" nada tiene de ordinario. Lo de la mirada es más complejo y crucial de lo que parece a simple vista. Para empezar, podemos creer que se trata de un acto pasivo, algo que se produce con independencia de la voluntad. Sin embargo, frente a una obra de teatro o de danza, aunque el entramado escénico haya previsto hacia dónde debe ir la mirada del espectador, uno decide dónde mirar, decide si reposa sus ojos en tal o cual detalle o si los lleva detrás de lo más grandilocuente. Y sobre todo, uno decide cómo mira la escena, decide la actitud que guiará sus ojos: ¿Miramos predispuestos a ser sorprendidos, a ser disgustados, a aburrirnos, a pasar un buen rato o para sacar defectos que podamos utilizar en nuestro favor? La actitud es la materia prima que después se convertirá en opinión reflexionada. Aunque no pongamos atención en ello, mirar no es algo inocente o inocuo, es el arma que se carga para disparar sentencias y pareceres sobre lo acontecido.

El ojo selecciona aquello que ve, lo ordena, le da una perspectiva de la que surgirá una opinión y de esa opinión se concluirá lo que habrá que hacer. En cierta manera, mirar es la forma en que nos contamos la historia de la realidad. Y así, cada cual se cuenta su propia historia a partir de una misma realidad, de igual manera que cada espectador ve una historia particular frente a un mismo espectáculo. Ahora bien: ¿Qué sucede cuando mirar no es un deleite sino un deber impuesto? ¿Qué historias se proyectan en unos ojos que se creen condenados a mirar? ¿Qué filtro esconde la mirada de los profesionales de la escena cuyo oficio es mirar?

Como el cuerpo o la voz, la mirada que no se ejercita con sentido, a fuerza de obligarse a sí misma se cansa, coge vicios y malos hábitos. En unos ojos que se han agotado por haber contemplado demasiadas cosas, se instauran historias únicas que se repiten constantemente. Yendo a la contra del instinto de la curiosidad, donde una realidad esconde múltiples historias posibles, unos ojos erosionados por el tiempo ven las mismas historias frente a múltiples realidades. Donde había horizontes, ahora ven estanterías para clasificar, y en lugar de reflexiones ponen etiquetas. Entre el prejuicio y la prepotencia, son ojos que pretenden ver sin haber visto, que opinan instalados en una especie de ceguera. Sin haber dado tiempo a una observación meticulosa, son ojos que creen saber con pasmosa antelación que tal actor es de tal o cual forma, que un texto debe ser dicho de una manera particular o que un espectáculo es para un determinado público y no para otro. Estos ojos bien pertenezcan a directores, a programadores o a críticos, hacen de la escena un espacio más predecible, más pobre y menos atractivo, en el que sólo habitan unas pocas y simples historias.

Si el actor entrena su voz y cuerpo para mantener su sensibilidad en permanente forma, los profesionales de la mirada deberían entrenar sus ojos para resistir el desgaste de la exigencia y conservarlos siempre flexibles, polivalentes y agudos, ¿no? ¿Cómo lo veis?