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Mié, Mar

Y no es coña | Carlos Gil

Acabo de escribir un titular que me llena de contradicciones. Pero no lo voy a cambiar. Me llaman en mi club de petanca "El Empecinado". Se acaba de fallar en Ciudad de México el Premio de Ensayo Teatral que convocan varias instituciones teatrales mexicanas y las editoriales Paso de Gato y Artezblai desde hace siete años donde un jurado compuesto por el argentino Andrés Gallina, la mexicana Rocío Galicia y el colombiano Henry Díaz han decido premiar un trabajo mexicano y dar dos menciones a sendos ensayos mexicano y argentino.

Año tras año se comprueba que allá donde hay universidades y centros de investigación sobre asuntos de las artes escénicas potentes, estructurados y con intención de dedicar un espacio al pensamiento teatral, se acaba produciendo obra, reflexión, se piensa sobre el teatro y sus funciones, desde lo filosófico, lo social o lo creativo y artístico y se convierte en ensayo o en trabajos de investigación de cierta entidad que ayuda al crecimiento de las artes escénicas nacionales y que influyen de alguna manera en todo su entorno geo-estratégico o al menos con un idioma común.

En este Premio que se difunde su convocatoria de manera profusa a través de los diversos medios convocantes especializados, las redes sociales y otras plataformas, tiene una mirada internacional, iberoamericana, pero es bastante limitada la presencia de trabajos realizados desde el Estado español. El porcentaje ha sido siempre bajo en relación por ejemplo a los que llegan de Argentina, México, Chile o Cuba, por señalar los países que acostumbra a aportar más optantes. En el caso de este año, ninguno ha sido presentado. Parece una situación que se puede corroborar con otro Premio, en este caso de Investigación convocado por Artezblai, donde sí existe siempre, hasta este momento, una presencia de obra proveniente de las tesis universitarias de origen español, pero que convive de manera paritaria con los procedentes de las mismas zonas señaladas anteriormente, compitiendo en buena liz y si se mira el histórico de premiados se puede comprobar esta relación.

De manera recurrente, en cada jornada del fallo del Premio de Ensayo, surge un primer debate, ¿qué es exactamente un ensayo? Viendo la multitud de formatos e intenciones de las piezas presentadas, la cuestión parece requerir un esfuerzo para delimitar a qué nos referimos. Y así se intentará hacer para la próxima convocatoria. Lo mismo que las entidades convocante hacemos esfuerzos por intentar llegar a más lugares, a dar a conocer este premio dotado con cuarenta mil pesos mexicanos y la publicación en colecciones específicas de las dos editoriales mencionadas, en los puntos de estudio, allá donde se pueden encontrar vocaciones de escritura.

La inquietud de comprobar año tras año la procedencia predominante de los trabajos nos lleva a buscar maneras de incentivar en otras zonas a que se escriba, se concrete en estudios, ensayos, investigaciones que aporten algo a nuestra realidad. Y es que sabemos que en muchas universidades del Estado español hay suficientes personas estudiando, formándose, doctorándose como para que debiera existir una mayor producción de ese pensamiento o de esa reflexión o de esa puesta al día. Incluso los propios profesores deberían aportar algo al común. Y esta sensación sucede con otras zonas donde de manera incipiente, pero de forma creciente se están diplomando, haciendo maestrías o egresando muchos alumnos, caso de Centro América, Colombia, Uruguay o Perú, por poner unos ejemplos.

Otro asunto es analizar en profundidad los objetivos de los ensayos y las investigaciones, las fuentes de referencia, la constatación de que es fundamental que en cada foco de formación exista una personalidad docente que marque unos caminos, una vías, vaya creando pensamiento propio que es utilizado como punto de arranque para los educandos y los nuevos pensadores del hecho teatral. Y además, darnos cuenta de que estamos atrapados todavía en el siglo XX, en los pensadores europeos que se citan hasta la extenuación de manera reverencial.

Y como último eslabón, una vez que existe una presencia editorial que crece y avanza, que se traducen libros que han marcado los tiempos actuales, el incremento de la lectura de estos trabajos debería entrar en los planes de estudios y para ello deberían empezar por crear bibliotecas actualizadas, sin restricciones ideológicas o estéticas, abiertas a todo lo que se piensa o se copia y se refríe, pero que están contribuyendo a ese pensamiento teatral que nos debe ayudar a la regeneración, a la confirmación de nuestras intuiciones, a la apertura hacia otras maneras de entender las artes escénicas en un contexto cultural, no solamente productivo al que nos condena las nefastas actitudes institucionales carcomidas por el virus del mercantilismo.

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