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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas ha celebrado elecciones y tiene nuevo equipo directivo. Una de las personas que forman parte de ese equipo reiteró varias veces parte de su programa para llegar a esa responsabilidad: "despolitizar la Academia". No parece mucho programa, ni aporta ninguna idea, pero nos deja claro que las intenciones de los que llegan es prepararse para llevarse muy bien con la derecha política que probablemente llegará a la gobernación del Estado español , de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de Madrid.

Los que nos acordamos casi cada día de la recomendación que les hacía el dictador sanguinario Francisco Franco a sus ministros: "ustedes hagan como yo. No se metan en política", cuando escuchamos que alguna actividad humana, social, cultural debe despolitizarse, nos tentamos la ropa porque significa que se trata de tomar decisiones políticas dictadas por la superioridad, por algún dios desconocido, que acostumbra a coincidir demasiado con la derecha más extrema, defendiendo las doctrinas más retrógradas, el neoliberalismo en lo económico, que en cuestiones culturales nos lleva a lugares muy poco recomendables.

Probablemente se tiende a confundir despolitizar con apartar a entidades de esa índole de la lucha partidaria. Es decir que el bipartidismo obsesivo y asfixiante imperante en la vida política no se traslade de manera automática al mundo del asociacionismo. Esto sí que debería cuidarse, pero no solamente en academias o en federaciones de empresa, sino en todos los estamentos, ya que debería ser posible, recomendable y exigible que se diferenciase la calidad profesional de la militancia política, si la tuviera, de cualquier persona encargada de gestionar algún instrumento público de creación, gestión o exhibición. Los méritos tendrían que pesar bastante más que esa frase tan abrupta y mafiosa de "es uno de los nuestros", que parece es el ideario con el que en demasiadas ocasiones se decanta la elección de responsables de teatros, festivales, programaciones u otros lugares intermedios de libre designación.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral para los municipios, las diputaciones y los gobiernos autonómicos. La carga de la prueba de la exhibición en las artes escénicas recae en su inmensa mayoría en los municipios. Los teatros, con excepción de las grandes capitales y las salas alternativas, son de titularidad pública y en un porcentaje superior al ochenta por ciento son propiedad de los ayuntamientos y tienen a la vez la responsabilidad de su gestión. Los municipalistas indican que todo lo referente a estos edificios y sus contenidos son "competencias impropias", que significa que no existe ninguna regulación sobre su existencia, su mantenimiento y sus funciones.

Por eso sería bueno mirar en nuestros lugares de residencia si en algún programa a las elecciones existe alguna línea que nos indique qué se va a hacer con esas salas, con su programación, sus actividades. Seguramente el día 24 de mayo, al día siguiente de las elecciones se produzca el tsunami económico municipal, y los teatros y salas de exhibición entren en colapso, se queden en estado catatónico, sin presupuesto suficiente, manteniéndose en mínimos, o entregándose a la gestión privada de manera camuflada. Nadie va a poner esto, ni lo contrario, en su programa porque para desgracia nuestra estos asuntos no son considerados como asuntos que entren en almoneda electoral. El edifico, su construcción e inauguración, sí. Eso se hace, bueno se hacía en la burbuja inmobiliaria, y se inauguraba las veces que fueran necesarias. Pero sus contenidos, ¿a quién le importa?

El que importe a la ciudadanía los asuntos culturales, con las artes visuales, escénicas y musicales como expresión de lo cercano, es una cuestión que debería figurar en los programas como objetivos de mejora de la calidad de vida y sobre todo, de la configuración de ciudades, pueblos, villas, en donde sus habitantes tengan la oportunidad de un crecimiento constante en estos asuntos primordiales que conforman una identidad propia fuera de los avatares del consumismo más uniformador.