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Vie, Nov

Y no es coña | Carlos Gil
Dicen que por un aviso de amenaza de intervención desde el Ministerio de Cultura, en la SGAE se ha llegado a una situación de aparente consenso entre todos los sectores con el fin de realizar a partir de una asamblea general y la repetición de las elecciones, lo que denominan una refundación. Sin entrar en materia, esto puede parecer una solución de continuidad pactada y acomodado, o el preámbulo para un proceso que podríamos colocar en la disyuntiva de si es necesaria una reforma o una ruptura.

Estas mismas preguntas cabrían hacerse sobre todo el sistema de producción, distribución y exhibición actualmente imperante en el Reino de España. Las instituciones actualmente en aparente funcionamiento, las convocatorias de ayudas y subvenciones, el diseño de las redes, el concepto de productora, grupo, compañía o unidad de producción institucional, vienen de una etapa anterior, de una acumulación de pegotes a una mal diseñada estructura del Estado, y sobre todo, de una indefinición del propio concepto de Cultura y de las herramientas para su implantación, difusión y desarrollo con criterios democráticos de universalidad e igualdad de oportunidades. Por decirlo pronto y mal, la transición política, imperfecta, como ahora sabemos, lastró a la Cultura para colocarla en un nivel adecuado al que tenían nuestros vecinos europeos desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial.

El modelo que hemos ido construyendo y con el convivimos está basado, al menos en cuanto a las Artes Escénicas se refiere, en políticas de clientelismo, de supuesto prestigio, de defensa de lo local, de la producción como expresión única de la creación y de la cuota de pantalla, perdón de ocupación de las salas, como medida única. Todo ello, claro está, a partir de unos presupuestos generosos que permitían un crecimiento desequilibrado, que aumentaban los gastos superfluos, las programaciones efímeras, la potenciación de los espectáculos de mercado, absolutamente desprovistos de valor artístico y social y que no dejaban huella, ni rastro.

Ahora, cuando se ha terminado la alegría económica, descubrimos que no hay bases, no hay estructuras reales más allá que los edificios y sus mínimos funcionarios en demasiadas ocasiones ejerciendo multifunciones. Esto significa que los recortes no se pueden asimilar sin cortar líneas de vida. Si los públicos eran de aluvión, si no se han creado tejido cultural y teatral suficiente para defender otros modelos, lo que se nos avecina es la nada, o pero aún, una actitud de limosneo, de mantener el mínimo vital, como mucho, a costa de renunciar a la dignidad creativa.

Por lo tanto, es el momento de plantearse de nuevo, al menos en este campo, si es necesaria la reforma o la ruptura. Para que se me entienda, o seguimos aceptando las estructuras existentes pensando que tiene solución con dos apaños, o se empieza a pensar en la demolición controlada de estas estructuras, en la supresión de todo aquello que está demostrado que no sirve para nada más que para la ostentación y la representación y se emprende una travesía del desierto con el fin de ir construyendo desde abajo, o mejor dicho, desde donde se pueda afianzar algo de lo existente, para asegurar el futuro inmediato y sentar los fundamentos para un desarrollo sostenible, contando con los públicos, es decir con la sociedad, apostando por los creadores, desparasitando todo el sistema.

Y volviendo a la noción del Teatro como un servicio público, cargado de futuro, siempre que se coloque del lado de los que buscan cambios regeneradores en lo económico, lo social y lo político. Si se quiere, utilicemos la palabra refundación. Pero algo hay que hacer antes de ver derrumbarse el edificio entero.