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16
Lun, Dic

Y no es coña | Carlos Gil

Cada época tiene sus preocupaciones. Si nos atenemos a la insistencia, ahora hay muchos interesados en crear espectadores con conciencia crítica. Para ponernos en estados utópicos, se busca al espectador ideal. Un espectador que asiste a una supuesta Escuela en la que se forma como tal, como Espectador. Las mayúsculas son mías. Supongo que se sistematizan una serie de conocimientos, se pasan unas pruebas psicotécnicas, unos exámenes prácticos, se presenta un proyecto y al final se saca el Título con su correspondiente Carnet de Espectador. Serán, a partir de estos momentos, la elite de los espectadores, la clase alta, los que serán invitados por los teatros porque darán prestigio a los mismos, y como sabrán tanto de ser espectador, sentarán cátedra, es decir, pondrán y quitarán programaciones. Y programadores.

El problema, realmente existente, es que a lo mejor estamos ante una Escuela sin maestros. Que la idea se haya diseminado de manera casi espontánea y que crezcan en cada lugar repetidores de conceptos librescos, es decir de aquellos que se han hecho con una buena bibliografía sobre análisis de espectáculos, dos diccionarios prácticos, y se aventuren a ir reproduciendo sin excesivo bagaje académico y referencial, con criterios muy poco fundamentados y sin ninguna estrategia didáctica, unas consignas en ocasiones dogmáticas, que no crean precisamente espectadores, sino que inoculan patologías, fobias y filias a los ingenuos que se dejen seducir por las propagandas.

Parece más que obvio que se necesita formación en toda la escala del sistema productivo teatral, y buena parte de ella, debería ser para ir adquiriendo sentido crítico, al menos en cuanto a la capacidad de los programadores, por ejemplo, de discernir sobre la auténtica valía o calidad de las obras susceptibles de ser contratadas para sus programaciones. Es un hecho: resulta lamentable intentar establecer conversaciones o debates sobre las obras en un nivel medianamente ajustado a sus características culturales, artísticas, estéticas, incluso con autores, actores o directores, por lo tanto estamos a favor de que se instauren estos espacios de formación continua, hasta para que algunos que se dicen críticos, encuentren claves diferentes para el análisis y se les dote de herramientas para expresar ese análisis de manera ajustada, huyendo del uso de coletillas, tópicos y lugares comunes.

Estamos predispuestos desde siempre para proponer, participar, asistir de un lado u otro de las mesas a estos momentos que rompen la monotonía y ayudan, relativamente, a crecer. Hemos propiciado estos talleres, hemos tenido encuentros de diferentes niveles con profesionales de la crítica, del periodismo, de la distribución, la exhibición, profesores universitarios de teatro, doctorandos, por todo el mundo, pero hemos ido siempre luchando contra la corriente, porque hemos notado que seguían considerándose estas actividades como una especie de lujo, de un entretenimiento para comerse el coco entre cuatro especialistas. Es más, en otros tempos más activos, hemos estado manteniendo tertulias muy concurridas dentro de las programaciones teatrales de las semanas grandes festivas de las capitales vascas, patrocinadas por hoteles, con retransmisión en directo por radios públicas o privadas y existían unas docenas, en ocasiones cientos de espectadores, aficionados, interesados en asistir a esos coloquios, aunque a veces solamente fuera para estar cerca de un famoso. Esto ahora se intenta camuflar como Escuela de Espectadores, y encontramos en la rimbombancia una suerte de postura poco fiable, una suerte de caricatura.

Todo tiene sus antecedentes. Un libro, de cabecera, capital, troncal para el pensamiento moderno sobre el espectáculo escénico desde la semiótica de Anne Ubersfeld, editado en España por la siempre poco reconocida y alabada colección de la ADE (Asociación Directores de Escena) del que tanto hemos bebido y que tiene este nombre, es de donde parte la adopción del título, del concepto. Pero entendemos que su contenido, con ya unas cuantas décadas en sus espaldas, en manos de alguien que reproduzca sin más sus ideas, es difícil de tener viabilidad alguna más allá del estudio profundo. No crea espectadores, a los más interesados, les puede colocar en otra dimensión, en otra galaxia. Hemos visto anunciarse, propiciarse, crease con este nombre, y otros que lo parafrasean, en diferentes puntos del globo, unas cuajando, manteniéndose en el tiempo y creando una auténtica escuela, de posibles maestros de esa Escuela, pero en su gran mayoría han sido experiencias mantenidas con impulso y energía de una persona que se ha ido agotando ante el vacío general.

Pero de repente las semillas han cuajado, han florecido una, cien, mil escuelas, y nos parece milagroso que esta parte que consideramos esencial para un mejor funcionamiento de todo el conjunto encuentre ahora el apoyo, la bendición, el presupuesto para realizarse en tantos lugares. Quizás lo lógico fuera empezar a seleccionar al personal, a crear a esos maestros de esas escuelas de espectadores (no confundir con gestores, productores, actores, diseñadores, técnicos o programadores), no vaya a ser que estemos ante una auténtica falacia, ante un simple acto de oportunismo, una moda, una manera de sacarse unos euros sin muchas exigencias y detrás de ello no haya mucho más que el interés de lucro, la búsqueda de notoriedad y hasta la buena voluntad y falte el conocimiento, el proyecto didáctico, la metodología adecuada y se acabe en cuatro días con algo que debería ser estructural de los propios teatros de exhibición, una suerte de ayuda a la creación de públicos, un complemento para la fidelización, o de manera autónoma, privada, sostenida por los propios espectadores en las ciudades con más salas de exhibición o a atrvés de una cátedra móvil, como ya existe.

Por si alguien quiere saberlo, y dada la proliferación oportunista, el título, con algunos de sus contenidos y objetivos bien definidos, está registrado y no se puede utilizar así como así. Conozco al propietario del mismo, es un excelente catedrático, prologuista, articulista, investigador y mantiene desde hace décadas una Escuela de Espectadores en una de las ciudades más teatralmente significativas y con más actividad cotidiana del planeta Tierra. Se advierte a los recién llegados, a los copistas, a los que tocan de oído, de que, al menos, deben inventarse otro nombre. O pedir autorización.

Aplaudimos las iniciativas, todas, hasta las que conocemos y nos dan o risa, o rabia o nos sugieren coplillas por la falta de consistencia de quienes están al frente. Ojalá de aquí a unos pocos años se haya creado un auténtico tejido para la proliferación de espectadores, aficionados y profesionales con mayor capacidad analítica y con ello ayudemos al crecimiento en calidad de todas nuestras programaciones. Nos tendremos que peguntar ¿el espectador nace o se hace? Si no nace, no se hace. A lo mejor estas acciones sirven para la reproducción asistida de nuevos espectadores. O del Nuevo Espectador como ideal. Si tiene Carnet o diploma de asistencia a una escuela, ya es otra cosa.