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Mar, Sep

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

En los límites está lo que nos confronta y nos hace pensar. En los límites puede estar nuestra capacidad de superación. Rebasados los límites, en sentido positivo, está la posibilidad de reflexionar(nos), de vernos desde el otro (lado).

 

Los límites no solo son las fronteras naturales de los ecosistemas, que también fluctúan y cambian con el tiempo. Los límites, una buena parte de ellos, son conceptuales, ideológicos, morales, políticos... Los creamos con nuestra manera de organizarnos y etiquetarnos. Las propias palabras, a veces, suponen límites. Definir es, en cierto modo, limitar.

Cuando decimos danza o cuando decimos teatro, hay quien piensa que nos estamos refiriendo a algo muy concreto, a una sola cosa. Danza es eso y no puede ser eso otro. Teatro es eso y no puede ser eso otro. Sin embargo, esta cerrazón conceptual, en el caso de las artes escénicas, choca contra su naturaleza híbrida e indómita: en el teatro se danza, en la danza se interpreta o se actúa, en el teatro y en la danza hay musicalidad, incluso música directamente, hay plasticidad, incluso pintura directamente, hay palabra, incluso literatura en acción, hay arquitectura y escultura en movimiento, etc.

En Galicia tenemos de todo, como en botica, y entre esa diversidad en nuestro ecosistema escénico se encuentra Limiar Teatro (2009), en castellano vendría a ser Límite Teatro. Los nombres delimitan, pero, al mismo tiempo, también pueden ser una declaración de principios, como en este caso.

El sábado 19 de diciembre, acudí al Auditorio Municipal Lois Tobío de Gondomar (Pontevedra), para ver Se fosen turistas levarían gafas de sol, de Limiar Teatro. Un espectáculo detrás del cual hay una aventura internacional de colaboraciones y coproducciones con Montevideo (Cía. El Mura), Buenos Aires (Cía. Nacional de Fósforos), Centro Dramático Galego (CDG), Teatro Nacional D. Maria II (TNDMII) de Lisboa y Comedias do Minho (Portugal), con un elenco de diferentes nacionalidades, para reunirse sobre el escenario como si estuviesen en una fiesta familiar en Matamá (Vigo).

Matamá es una zona rural, integrada en la ciudad de Vigo. De ahí es Pacita, la abuela de Brais Iriarte y de Fran Núñez, que son primos y núcleo de la Cía. Limiar Teatro. La foto de Pacita, en los años 50, separándose de su hermana Chelo, que se marchaba en un barco para Montevideo, desde el puerto de Vigo, en una de las múltiples olas migratorias que ha sufrido Galicia, es uno de los desencadenantes de esta pieza. Un collage de historias sobre la emigración y los sentimientos e ideas asociadas, desde la idea de identidad nacional, hasta el sentimiento de arraigo o desarraigo, la morriña, la saudade, la nostalgia, el reconocimiento de una idiosincrasia y un carácter labrado en la infancia, en el lugar de nacimiento (la nación).

Teatro documental y de autoficción, dentro de las dramaturgias postdramáticas que juegan con la afirmación de lo escénico, sin camuflarlo o secundarizarlo para representar una historia de ficción primaria. De hecho, en Se fosen turistas levarían gafas de sol no hay representación de una historia y unos personajes, sino más bien el encuentro, coreografiado y estructurado dramatúrgicamente, de un grupo de actrices y actores de diferentes lugares, que nos van a relatar historias familiares de emigración. Personajes e historias evocadas e invocadas por el relato de personas de hoy, desde el aquí y ahora celebratorio y festivo de esta reunión teatral a la que, como espectadoras y espectadores somos convocados. Coralidad y horizontalidad, sin protagonistas y antagonistas, sin dramas de ficción. Más bien desde el juego de recuperación de la memoria, que es otra forma de ficción, asentada en una cierta base documental y testimonial.

Entre las historias recuperadas de familiares, al calor del hogar que supone esta reunión festiva, se cuelan otras historias reales que, con el tiempo, han adquirido un halo de leyenda, como la de la gallega Manuela Rey (Mondoñedo, Lugo, 1842 - Lisboa, 1866). Una especie de María Casares del teatro portugués del XIX, que fue primera actriz del Teatro Nacional D. Maria II de Lisboa. Manuela Rey, de origen muy humilde, era la mayor de ocho hermanos y fue dada en adopción a la familia de una compañía de teatro ambulante, que pasaba por Mondoñedo. Según el escritor Antonio Reigosa: “Manuela Rey hizo su primera representación en Lisboa, Teatro do Salitre, el 8 de diciembre de 1856, siendo parte de una compañía española lírico-dramática y de danza. Acababa de cumplir los 14 años. Repetiría función el día 14, en el mismo teatro y con la misma obra, un drama titulado El hijo del ciego, representando en castellano un papel masculino que causó admiración. Poco después de cumplir los 15 años, el 23 de noviembre de 1857, comenzaba su excelente carrera en el Teatro Nacional D. Maria II con la obra A alegría traz o susto. […] Desde esa fecha hasta finales de 1865, representó numerosas obras, siempre en el D. Maria de la Praça do Rossio, la mayoría con un éxito rotundo, hasta convertirse en la mayor de todas nuestras actrices románticas, en palabras de Camilo Castelo Branco (1825-1890), el gran escritor portugués. […]”. (La Voz de Galicia. Edición A Mariña. 30/03/2016).

Su muerte en plena juventud, en 1866, la autopsia ordenada por el gobierno en base a sospechas de envenenamiento, aunque, en realidad, había sido por el tifus y el entierro multitudinario, “solo superado en número por el del Rey don Pedro V o el del orador José Estevão”, hacen de Manuela Rey una figura de leyenda.

En Se fosen turistas levarían gafas de sol es Fran Núñez quien le pregunta por ella a Manuel Coelho, actor del TNDMII que integra el elenco de esta producción de Limiar Teatro.

Otra figura legendaria, de origen gallego, es la de Diogo Alves (Samos, Lugo, 1810 – Lisboa, 1841). Asesino en serie cuyo relato es tratado en clave de humor, narrado e incluso representando algún sketch para ilustrarlo. Apodado “Pancada” (golpe) o “el asesino del acueducto”, Alves robaba a quien pasaba por el Acueducto de Aguas Libres de Lisboa y luego tiraba a sus víctimas desde lo alto, para que pareciese un suicidio. Diogo Alves fue uno de los últimos criminales en ser ahorcados en Portugal.

La reunión, en torno a la mesa, como en las fiestas del pueblo, con vino, comida, música y baile, al calor de las historias, genera comunidad, diversión y emoción. Porque a la mesa no solo se sientan los presentes, sino que, mediante el recuerdo, se convocan y celebran a los ausentes. Hay ahí una especie de actualización de rituales ancestrales de comunión y cariño hacia los muertos.

La dramaturgia y dirección de Fran Núñez ofrece momentos de aparente improvisación al elenco, entre el cual él también actúa, y orquesta diferentes pasajes bajo diferentes premisas, que incluyen el relato de las historias familiares y recursos escénicos manejados por las propias actrices y actores: momentos de baile, de canciones emblemáticas de los lugares evocados en las historias de emigración, objetos tan icónicos como las maletas de distintos tipos y modelos, fotografías, la utilización de micromapping, la manipulación de luminarias, y la música en directo de Brais Iriarte, jugada en loops y con procesadores.

Un homenaje con conciencia de clase obrera. Una celebración de la memoria, porque la memoria nos pone tierra bajo los pies. Además, al recordar, desde segundas y terceras generaciones, tenemos esa distancia que nos permite celebrar con alegría y emoción. Comprender los miedos y valorar el coraje de aquellos tiempos duros, que hacen eco en estos y que pueden servir de espejo de las migraciones, de diferente signo, de las que hoy tenemos noticia o las que conocemos directa o indirectamente.

Incluso nos ofrecen alguna escena dramática (protagonista/antagonista), en la que representan, por ejemplo, la situación de chantaje laboral del patrón a la trabajadora emigrante, para que ésta sea delatora.

Así pues, en este espectáculo se juega, sobre todo, a contar historias e incluso, en algunas ocasiones, a hacer teatro, ese que activa la convención general de la ficción, según la cual la actriz es un personaje y el escenario un espacio ficcional, por ejemplo, la oficina del patrón en una fábrica de otro país, en otra época.

El que canta está seguro, como guardado, decía el poeta Uxío Novoneyra en un verso y en este espectáculo se canta mucho. Uno de sus clímax es un divertido número musical en el que recrean el encuentro en Montevideo de las hermanas Pacita y Chelo, ya de mayores, muchos años después de su separación.

Otro de los límites vencidos es el de las lenguas y los acentos. Aquí conviven, en armonía festiva, diferentes castellanos, el de Uruguay, el de Valladolid, el portugués de Lisboa, el gallego de Matamá.

En las lenguas y en su música va todo un mundo emocional, paradójicamente indecible. La lengua es música y la música se vincula con las emociones de una manera casi irracional. Una música es casi como un perfume, un olor, o un tipo de luz. Puede despertar recuerdos recónditos. La música, el acento, además, se pega, se impregna. Da igual que abdiques de las palabras, del léxico, la música de la lengua se te pega. En Galicia, debido a la diglosia inconsciente, la mayoría de las veces, muchas personas hablan utilizando palabras exclusivamente en castellano. Pero da igual, en su lengua sigue sonando la música del gallego, aunque piensen que nunca lo han hablado. No lo hablan, pero lo cantan y cuando van por ahí fuera, cualquier persona los reconoce como gallegos. ¿Por qué? Pues porque la lengua, su musicalidad, su acento y su estructura, deben de tener una raíz profunda en los paisajes, una razón de ser y de estar que se nos escapa, pero que, querámoslo o no, nos suele marcar e identificar. Es muy difícil ser y estar en un ecosistema como si solo fuésemos turistas, igual que es difícil bailar o elevarse sin sentir el apoyo del suelo, de la tierra.

Desde el puerto de Vigo ya no salen ni entran barcos con emigrantes, pero sí grandes trasatlánticos y cruceros con turistas que llevan gafas de sol. Aún así, la mayoría de los barcos son pesqueros y la ciudad huele a mar y a pescado fresco. Vigo, industrial y obrero, pugna por lo auténtico y destierra la pose y las apariencias, que se pueden sentir en otras pequeñas ciudades con más instituciones públicas y menos movimiento proletario. Limiar Teatro es también una compañía que opera desde esas coordenadas de autenticidad, donde las raíces nunca son un límite, sino un punto de apoyo para saltar y avanzar más allá.